DULCE VENENO - Capítulo 218
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Capítulo 218: El Final
El sol comenzaba a descender sobre Santorini, tiñendo el cielo de un naranja intenso y el mar de un púrpura profundo. Pero el grupo, reunido en la terraza de la cafetería ‘Aegean Blue’, no veía la belleza. Solo veía el abismo que los unía.
La revelación de la carta los había dejado en un silencio cargado de paranoia. ¿Quién era el “aliado inesperado”? ¿Luzmila, desde la tumba, tenía un último plan? ¿O había otra araña en la sombra, tejiendo una telaraña aún más grande? Esa incertidumbre, en lugar de separarlos, los soldó más juntos. Porque ahora, el enemigo ya no estaba solo entre ellos. Podía estar en cualquier lugar. Y contra un enemigo desconocido, solo tenían sus demonios familiares para confiar.
Stefanny y Lansky no se soltaron. Sus manos permanecieron entrelazadas, una unión forjada en la traición y cementada por la conspiracia. Él era su veneno, su debilidad, la grieta por donde había entrado todo el dolor. Pero también era el único que conocía la textura de ese dolor. Ella era su redención imposible, la chispa de humanidad que lo mantenía de pie en medio de la carnicería que habían cometido. Se miraron, y en sus ojos no había promesas de un futuro feliz. Había un pacto: “Hasta el final, sea cual sea. Juntos.”
Milagros y Cristhian estaban frente a frente, el espacio entre ellos vibrando con la energía de su beso violento y las palabras de posesión demente. El anillo de bodas en el dedo de ella ya no era un símbolo de amor, sino un grillete reconocido por ambos. Él no la perdonaría. Nunca. Pero el perdón ya no era el punto. El punto era la pertenencia. Ella había intentado volar, había mostrado sus garras más oscuras, y aun así, allí estaba, atrapada en la órbita de su gravedad obsesiva. Él era su jaula, su castigo y su único terreno conocido en un mundo que había dejado de tener sentido. Un amor que había mutado en una simbiosis tóxica: dos organismos envenenados que solo podían metabolizar el veneno del otro.
Cristhian extendió una mano, no en un gesto de paz, sino de reclamo. Milagros miró su mano, luego su rostro. No puso la suya en ella. En su lugar, dio un paso adelante, cerrándola distancia, desafiándolo. No se iría. Pero no se rendiría. Sería su esposa, su posesión, su igual en la oscuridad. Una reina a su lado en el trono hecho de ruinas.
Lansky, con los ojos todavía en el horizonte como si buscara respuestas en el mar, habló con voz baja.
Lansky: El “aliado” nos reunió aquí por una razón. No fue por bondad. Alguien nos quiere juntos. O nos quiere ver caer juntos.
Cristhian, sin apartar su mirada de Milagros, respondió, su voz era el sonido del hielo raspando piedra.
Cristhian: Entonces que vengan. Que vean lo que hemos construido. (Su mano bajó para agarrar la de Milagros, no con dulzura, con la firmeza de un candado que se cierra). Nadie toca lo que es mío. Y ahora… (su mirada barrió a Stefanny y Lansky, aceptando a regañadientes la nueva y retorcida lealtad que lo unía incluso a ellos) lo mío incluye esta… disfuncionalidad que hemos creado.
No hubo abrazos de reconciliación. No hubo promesas de cambio. Solo hubo un reconocimiento mutuo y brutal de los lazos que los unían: obsesión, culpa, sangre compartida y ahora, una amenaza común.
Bajaron juntos por las empinadas calles de Santorini, dos parejas destrozadas y rehechas de la peor manera posible. Stefanny y Lansky, caminando un paso por delante, sus siluetas fundiéndose contra el crepúsculo, un futuro incierto e intoxicante por delante. Cristhian y Milagros, justo detrás, su andar era un duelo silencioso y un baile de posesión, dos fuerzas negras orbitándose para siempre, incapaces de escapar, incapaces de querer hacerlo.
El sol se hundió en el mar Egeo, pero su noche particular, la noche de su amor tóxico y posesivo, era eterna. Y en esa oscuridad, encontraron su horrible, inolvidable y definitivo final: condenados a amarse y destruirse, para siempre, porque en el mundo que habían creado, esa era la única forma de existir.
(Un mes después, en un mirador solitario al borde de los acantilados de Santorini, lejos de las multitudes. El viento agitaba el cabello de Stefanny y la bufanda de Lansky. La luna, llena y plateada, los bañaba en una luz fantasmal. La paz era una ilusión frágil, pero era suya.)
Lansky: (No la mira a los ojos al principio. Observa el mar, sus manos en los bolsillos del abrigo, que ahora estaba arrugado y menos impecable). No tengo nada limpio que ofrecerte. (Su voz es ronca por el viento y la emoción). Mi pasado es sangre y traición. Mi lealtad ha sido una moneda que cambié de manos. Mi futuro… es una niebla llena de sombras de lo que hicimos.
Stefanny: (Ella lo observa de perfil, su rostro sereno. Lleva un simple vestido blanco que ondea. No es un vestido de novia, pero en la luz de la luna, podría serlo). Nunca te pedí limpieza, Lansky. Te pedí verdad. Y por horrible que fuera, finalmente la tuviste conmigo.
Lansky: (Finalmente gira hacia ella. Sus ojos, siempre tan controlados, están llenos de una tormenta de sentimientos). La verdad es que te amo con una locura que me asusta. Te amo a pesar de haberte lastimado. Te amo por haberme perdonado cosas imperdonables. Te amo con el mismo instinto feroz con el que protegía a tu padre, pero ahora… ahora es solo para ti. Es un amor egoísta, tóxico, obsesivo. (Da un paso adelante). Y no puedo, ni quiero, amarte de otra manera.
Stefanny: (Una sonrisa triste y comprensiva toca sus labios). Yo también te amo con locura. Te amo por ser el único que vio mi dolor y no huyó, aunque fuera su causa. Te amo por el deseo que me enciende incluso cuando me recuerda todo lo que perdimos. Es un amor que duele, que no es sano… pero es real. Es lo más real que tengo.
Lansky: (Se hinca en la tierra seca del acantilado, sin importarle el polvo en la tela fina de sus pantalones. Saca una cajita pequeña y sencilla. No es un anillo de diamantes. Es una banda de plata lisa, casi austera). Por eso… con toda mi porquería, con toda mi locura, con este amor destrozado que es todo lo que soy… (su voz se quiebra) Stefanny Tantalean… ¿aceptarías ser mi esposa? ¿Aceptarías caminar conmigo en esta niebla, en esta oscuridad que hemos creado, para siempre?
Stefanny no llora. Su rostro se ilumina con una aceptación profunda y tranquila. Extiende su mano, los dedos ligeramente temblorosos.
Stefanny: No hay “para siempre” para gente como nosotros, Lansky. Solo hay “hasta que el último aliento”. (Lo mira a los ojos, desafiando al destino, al pasado, a todo). Y sí. Acepto. Hasta ese último aliento.
Lansky desliza el anillo de plata en su dedo. Se ajusta perfectamente. Luego, se levanta y la atrae hacia un beso. No es un beso de pasión desenfrenada como en la cafetería. Es un beso de pacto, lento, profundo, cargado de todas las promesas rotas y las nuevas que están haciendo, construidas sobre las ruinas. Un beso que sabe a lágrimas saladas, a futuro incierto y a una devoción absoluta y enfermiza.
Cuando se separan, Lansky entrelaza sus dedos con los de ella. El anillo de plata brilla débilmente. No miran atrás, hacia donde estarán sus padres, atrapados en su propio ciclo de posesión. Miran hacia adelante, al acantilado y al mar infinito.
Y así, cogidos de la mano, Stefanny y Lansky se alejan caminando, no hacia un amanecer, sino más profundo en su noche compartida, convirtiendo su amor loco, tóxico y posesivo en el único vínculo que los mantendría vivos en el mundo oscuro que habían elegido habitar.
(La escena no es un lugar hermoso. Es la terraza privada de una villa en Santorini, pero la noche es fría y el viento sopla con fuerza, arrastrando el sonido del mar como un susurro amenazante. Cristhian y Milagros están de pie cerca del borde, no abrazados, pero magnetizados, como dos polos opuestos de una misma tormenta.)
Cristhian: (No la mira. Observa la oscuridad del mar, sus manos en los bolsillos de su saco negro. Su voz es tan fría como el viento). Mataron a Luzmila. Eliminaron el problema. Pero el hueco que dejó… lo llenaste tú. Con tu traición. Con tu mentira perfecta. (Finalmente gira la cabeza hacia ella). Y ahora, ese hueco es parte de ti. Parte de lo que eres para mí.
Milagros: (Viste un vestido negro largo que se agita violentamente. No trata de sujetarlo). ¿Y qué soy para ti, Cristhian? Ahora que ya no soy tu joya frágil. ¿Tu monstruo? ¿Tu igual?
Cristhian: (Una sonrisa lenta, desprovista de calor, se dibuja en sus labios). Eres mi posesión más valiosa. Porque ahora sé lo que eres capaz de hacer para sobrevivir. Para pertenecerte a ti misma. (Se acerca un paso). Y eso… eso te hace infinitamente más interesante. Y peligrosa. Y mía de una manera que la esposa dócil nunca podría serlo.
Milagros: (Echa la cabeza hacia atrás, riendo, un sonido que el viento se lleva). ¡Mía! Siempre “mía”. ¿Y tú, Cristhian? ¿De quién eres? ¿De las corporaciones? ¿Del poder? ¿O eres mío también? Atrapado en la misma jaula que construiste para mí.
Cristhian: (En un movimiento rápido, cierra la distancia y la agarra por la nuca, no con ternura, con dominación). No hay “mío” o “tuyo”. (Su voz es un susurro áspero contra sus labios). Hay nosotros. Una celda de dos. Sin barrotes visibles, pero con paredes hechas de cada secreto, cada beso robado, cada gota de sangre que hemos derramado o causado. (Su pulgar acaricia su mandíbula, una amenaza y una caricia). Tú no sales. Yo no salgo. Nos consumimos el uno al otro aquí dentro.
Milagros: (No se resiste al agarre. Sus ojos brillan con una chispa de la misma locura). ¿Y si quiero consumirte primero?
Cristhian: (Su sonrisa se ensancha, una expresión de orgullo retorcido). Adelante. Inténtalo. (La acerca más, hasta que sus cuerpos se tocan a través de la tela, un contacto eléctrico y lleno de odio). Porque si lo logras, significará que te habrás vuelto lo suficientemente fuerte como para merecer haberme tenido. Y si no… (su mano en su nuca se aprieta) seguiré aquí, dueño de la ruina en la que te convertiré, y dueño de la mujer feroz que surgió de ella. Es una victoria para mí de cualquier manera.
Milagros: (Sus labios se curvan en una sonrisa que es el espejo de la suya). Eso es lo que amé de ti. Tu lógica perfectamente enferma. Tu amor que es un agujero negro del que nada, ni siquiera la decencia, puede escapar.
Cristhian: (La besa. No es un beso de amor, ni de deseo puro. Es un sello. Un ritual. Una forma de respirar el mismo aire envenenado). Y eso es lo que soy de ti. Tu enfermedad. Tu castigo. Y tu único hogar.
Se separan, jadeantes, pero no por pasión, sino por la intensidad del reconocimiento mutuo. No hay anillo nuevo, ni promesas de un nuevo comienzo. Solo hay la aceptación del final al que llegaron: un matrimonio que ya no es una unión, sino una fusión tóxica. Dos almas obsesivas, posesivas y rotas, que han encontrado en la mutua destrucción la única forma de existencia que les queda. Se dan la vuelta juntos, no cogidos de la mano, sino caminando en paralelo hacia la villa, a compartir la misma cama, la misma condena, el mismo y oscuro para siempre.
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