DULCE VENENO - Capítulo 36
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36: Furia 36: Furia Stefanny, ahora que vio a ese chico, estará toda tontada.
No la pierdas de vista.” (Antes de que Christian pueda protestar, Milagros se da la vuelta y se desliza entre la multitud, dirigiéndose no hacia los baños, sino hacia una escalera lateral que conduce a los balcones privados que overlook los jardines.
Christian la sigue con la mirada, su ceño fruncido de preocupación.) Milagros empuja una pesada cortina de terciopelo para salir al balcón,buscando un momento de aire.
Pero de la penumbra, una mano emerge.
Lansky la jala con fuerza hacia la oscuridad del balcón y cierra rápidamente la cortina, aislándolos del bullicio de la fiesta.
LANSKY: (Su voz es un susurro cargado de una emoción contenida y algo herida) “No sabía que te habías casado.
No me llegó la invitación.
Me sentí…
traicionado.
Saber que mi ***** se casó y no lo supe.” (Milagros se libera de su agarre, frotándose el brazo.
Su expresión es de fastidio y exasperación, no de miedo.) MILAGROS: “¿Eres idiota o qué?
¿Cómo te iba a invitar?
¿Querías que supieran nuestro secreto?
¿Que supieran que el famoso Lansky, el fantasma de medio mundo, es mi ******* ?” LANSKY: (Su expresión se suaviza.
Sus ojos rojos pierden parte de su intensidad fantasmal y muestran una genuina preocupación.
Se acerca un paso y acaricia su rostro con una ternura que contrasta brutalmente con su fría apariencia.) “Es verdad.
Y dime…
¿cómo estás?
¿Eres feliz?
Solo dime eso.
Y yo…” (Su voz se vuelve más suave) “…
sabes que haría lo que fuera por ti.” Christian,incapaz de quedarse quieto, deja a una Stefanny aún aturdida y comienza a buscar a Milagros.
Su mirada recorre la multitud hasta que se clava en el balcón superior.
La cortina está corrida, pero la luz de la luna y las antorchas below proyectan dos siluetas cercanas.
Desde su ángulo, la escena es dantesca: ve la silueta de Lansky de pie, muy cerca de Milagros.
Ve cómo levanta la mano y parece acariciar su rostro.
Ve cómo Milagros no se aleja.
Luego, la silueta de Lansky se inclina ligeramente hacia adelante.
Para Christian, no hay duda.
El hombre está besando a su esposa.
Una ola de ira ciega, celosa y violenta lo engulfle.
Su rostro se oscurece.
Todos sus temores, su paranoia posesiva y su naturaleza obsesiva convergen en este único momento, confirmando su peor pesadilla.
El mundo se reduce a esa silueta en el balcón.
Sin pensarlo, empieza a abrirse paso a empujones hacia la escalera, su mente ya planeando una venganza brutal.
Desde el Balcón (Realidad): Lansky, lejos de la interpretación de Christian, mantiene su gesto de preocupación fraternal.
La mano que desliza hacia la nuca de Milagros no es un acto de seducción, sino un gesto de consuelo, un intento de calmar la exasperación que muestra su ***** .
La otra mano en su cintura es para asegurarse de que ella escuche bien sus palabras, en un susurro que solo ella puede oír.
LANSKY: (Susurrando al oído, con voz seria) “Escúchame, Milli.
Ese hombre…
Christian.
He oído cosas.
Tiene una oscuridad que no le conviene a nadie, y menos a mi hermana.
Solo…
ten cuidado.
Por favor.
Si alguna vez necesitas escapar, sabes cómo encontrarme.
Siempre.” Milagros cierra los ojos por un segundo, la frustración inicial se mezcla con la inquietud que las palabras de su ***** siembran en ella.
Asiente levemente, comprendiendo la advertencia.
Desde el Jardín (La Distorsión Tóxica de Christian): Christian, cegado por una furia possessiva que nubla su razón, ve una escena completamente diferente.
Para él, cada movimiento de Lansky es una afrenta.
· La mano en la nuca es un acto de dominio.
· La mano en la cintura es una posesión obscena.
· El acercamiento para susurrar es un beso.
Justo cuando se abalanza hacia la escalera, decidido a confrontarlos, un grupo de tres amigos—socios de negocios con los que había estado bebiendo antes—lo intercepta.
AMIGO 1: (Ebrio y efusivo) “¡Christian, viejo amigo!
¡Qué fiesta!
¿Viste a esas bailarinas?
¡Increíbles!” AMIGO 2: (Dándole una palmada en la espalda) “¡Tu esposa estuvo sensacional!
¡Eres un hombre de suerte!” Ellos solo ven a un conocido.
Christian ve a obstáculos que le impiden llegar a lo que es suyo.
Su sonrisa es forzada, un rictus tenso que no llega a sus ojos, que no se despegan del balcón.
CHRISTIAN: (Voz ronca, apurada) “Sí, sí…
un momento, debo…” Es en ese instante de distracción forzada cuando ve la imagen que termina de enloquecerlo.
Desde su perspectiva, Lansky apunala simbólicamente a Christian al apretar a Milagros contra su cuerpo.
La silueta de su esposa parece fundirse con la del extraño.
Para Christian, no hay duda.
Es la confirmación visual de su peor pesadilla.
La toxicidad de sus celos convierte un gesto fraternal en una traición íntima.
CHRISTIAN: (Para sí mismo, con un susurro venenoso que sus amigos no alcanzan a oír) “Quítame las manos de encima…
Antes de arrancártelas de cuajo.” Su cuerpo vibra de rabia contenida.
Empuja bruscamente a sus amigos, sin importarle su reacción de sorpresa.
CHRISTIAN: (Gritando, ya sin filtro) “¡Déjenme pasar!” Su destino ya no es preguntar.
Es reclamar.
Y castigar.
La escena, inocente en la realidad, se ha convertido en el detonante perfecto para la tormenta de obsesión tóxica que se avecina.
El balcón es un cóctel explosivo de tensión malinterpretada y posesión tóxica.
El sonido de los pasos de Christian resonando con fuerza en los escalones de piedra anuncia su llegada mucho antes de que aparezca.
No son pasos, son martillazos de ira que eclipsan la música y los murmullos de la fiesta.
La cortina de terciopelo es arrojada a un lado con violencia.
Christian irrumpe en el balcón, su silueta recortada contra la luz tenue.
Su respiración es entrecortada, sus puños están apretados con tanta fuerza que los nudillos brillan, blancos como la muerte.
Su mirada no es humana ; es la de un depredador que ha acorralado a su presa, cargada de celos, traición imaginaria y una furia asesina.
Pero la escena que encuentra no es la que su mente enferma había pintado.
No hay rastro de Lansky.
Sólo está Milagros , de pie junto a la barandilla, mirando la luna .
Su perfil está tranquilo, bañado por la luz plateada, una imagen de serenidad que choca brutalmente con la tormenta que acaba de entrar.
La desconexión entre su fantasía paranoica y la realidad enfria su rabia por una fracción de segundo, solo para transformarla en una confusión aún más peligrosa.
Sin mediar palabra, se abalanza sobre ella.
Su mano agarra el brazo de Milagros con una fuerza brutal , casi levantándola del suelo.
CHRISTIAN: (Su voz es un rugido gutural, cargado de acusación) “No dijiste que estarías en el baño.” Milagros se sobresalta, girando hacia él.
Un gesto de dolor cruza su rostro por la presión en su brazo, seguido de incredulidad ante su intensidad.
MILAGROS: (Forzando una risa nerviosa, tratando de restar importancia) “Jajaja, sí fui.
Pero me vine a ver la luna.
Quería un poco de aire.” La risa, en ese contexto, es la chispa que prende la mecha.
Para Christian, suena a burla, a mentira descarada.
La confusión y los celos se solidifican en una certeza oscura: ella lo está engañando y se está riendo de él.
Ya no hay espacio para las palabras.
La racionalidad ha sido completamente aniquilada.
Con un movimiento brusco, Christian agarra su rostro con la mano libre , los dedos hundiéndose en sus mejillas con fuerza, forzándola a mirarlo.
No es un gesto de cariño; es una inmovilización.
Y entonces, besa .
Pero no es un beso de amor.
Es salvaje , devorador, punitivo.
Es un beso que no busca placer, sino marcar, poseer, castigar.
Su boca se aplasta contra la de ella con una fuerza que hiere.
Su otra mano agarra su cintura y la empuja contra la pared fría de piedra del balcón, atrapándola.
La sigue besando con una furia implacable, un acto de dominación pura donde el beso es un arma y la pared, una celda.
Milagros,
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