DULCE VENENO - Capítulo 38
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38: La posesión consumada 38: La posesión consumada Las manos aferradas a la tela del sherwani como a un salvavidas en medio de una tormenta.
Sus jadeos son profundos y entrecortados, y en un arrebato de sensación abrumadora, saca la lengua en un gesto involuntario de placer y agotamiento extremo.
Su rostro está completamente sonrojado , no solo por la excitación, sino por la mezcla de intensidad física y la turbia energía emocional que satura el aire.
CHRISTIAN: (Al ver su expresión, susurra con una voz ronca y cargada de una posesión triunfante) “Me encanta esa expresión…
Te amo, mi amor.” Las palabras de “amor” suenan grotescas en este contexto, un eufemismo para la obsesión que está exhibiendo.
MILAGROS: (Jadea, casi sin aliento, su voz es un quejido sumiso) “Ahhh…
Por favor…
no te detengas…” Es una súplica que alimenta el fuego de Christian, confirmando su dominio en el acto.
Él obedece, movimiento sus caderas aún más profundo y fuerte, perdiéndose en el ritmo brutal de su posesión.
Es en ese momento de intimidad violenta que la cortina del balcón se corre ligeramente.
Un joven curioso, atraído por los sonidos o simplemente buscando un lugar tranquilo, asoma la cabeza.
Sus ojos se abren de par en par al ver la escena explícita.
Christian no se detiene.
Ni siquiera por un segundo.
Pero sus ojos, que estaban cerrados o clavados en Milagros, se elevan y se clavan en el intruso.
La mirada que le lanza es asesina .
Es un destello de puro odio y advertencia.
No hay vergüenza, solo una furia por haber sido interrumpido en su ritual de posesión.
CHRISTIAN: (Susurra con una voz tan baja y fría que apenas se oye, pero cada palabra llega al joven como un latigazo) “Lárgate…
antes de que te saque los ojos.” No es una exageración.
Es una promesa.
El joven, pálido y aterrorizado, no dice una palabra.
Con manos temblorosas, cierra la cortina de golpe y su ruidosos pasos apresurados se alejan escaleras abajo.
Christian vuelve su atención a Milagros, como si el interrupto no hubiera sido más que una mosca molesta.
Su ritmo no decayó.
La reclamación, para él, debe continuar hasta que quede absolutamente claro, para sí mismo más que para nadie, quién es el dueño de cada jadeo, cada gemido y cada latido del corazón de la mujer en sus brazos.
Se bifurca en dos realidades diametralmente opuestas, bajo la misma luna y la misma música lejana del Holi.
El forcejeo ha cesado, replacedo por una colusión física intensa y cargada.
Milagros, en un acto de rendición o de encuentro con la propia intensidad del momento, cruza sus piernas con fuerza alrededor de la cintura de Christian, atrayéndolo aún más cerca, profundizando la conexión.
Sus manos ya no se aferran para sostenerse, sino que arañan la espalda de su sherwani de seda, buscando un anclaje en la tormenta sensorial.
Su cuerpo se arquea contra la pared, una línea tensa y elegante de placer y sumisión.
Christian responde al movimiento.
Su mano agarra su trasero con firmeza, un agarre que es a la vez de sostén y de guía posesiva.
Sus caderas se mueven ahora más profundo y brusco, abandonando cualquier pretensión de ritmo por una cadencia primal y urgente.
Su rostro está enterrado en el cuello de Milagros, donde la piel ya está marcada por sus besos y mordiscos.
El sudor une sus cuerpos, pegando las telas finas a la piel.
Sus jadeos son sonoros, mezclados con los de ella, creando un sonido húmedo y privado que contrasta con la fiesta lejana.
Es la culminación física de su obsesión, un acto donde los celos se transforman en una posesión sexual brutal y consumada.
Mientras tanto, en el corazón de la celebración, la realidad es diferente.
Marilú y Stefanny están inmersas en los festejos.
Marilú, con su vestido aún impoluto a pesar de los colores en el aire, se ríe mientras prueba un bhelpuri lleno de sabores, compartiendo un momento ligero con un grupo de invitados.
Stefanny, sin embargo, no está completamente presente.
Aunque sostiene un vaso de lassi y sonríe cortésmente, su mirada se pierde una y otra vez hacia la escalera que conduce a los balcones, hacia la dirección donde Lansky desapareció.
La interacción breve y enigmática la ha dejada perturbada y curiosa.
Disfruta de la fiesta, pero su mente está en otra parte, atrapada por la misteriosa presencia del hombre de ojos rojos.
La inocencia de la celebración se ha teñido para ella de una intriga peligrosa.
Dos mundos separados por una cortina de terciopelo: uno de pasión oscura y posesión en la intimidad forzada del balcón, y otro de alegría superficial y curiosidad inquietante en la multitud colorida.
La noche del Holi ha dejado de ser una fiesta para convertirse en el telón de fondo de dramas personales que se profundizan con cada latido.
El forcejeo inicial, la furia posesiva, se ha transmutado en una tormenta sensual de una intensidad abrasadora.
Ya no hay resistencia, solo una colisión de deseos entrelazados en la oscuridad.
Milagros suelta su agarre desesperado en la ropa de Christian.
En su lugar, sus brazos, fuertes y decididos, se enroscan alrededor de su cuello, entrelazando los dedos en su cabello.
Es un gesto de entrega activa, de atracción mutua que se impone a la dinámica de dominio.
Ya no es un objeto pasivo; es un participante igualmente hambriento.
Y entonces, ella lo besa.
Pero no es el beso devorador y punitivo de Christian.
Es salvaje, sí, pero desde un lugar de pura pasión exótica y liberación.
Es un beso que sabe a sudor, a la noche de la India, a un secreto compartido en la penumbra.
Su lengua se entrelaza con la de él con una urgencia que iguala la suya, pero despojada de ira.
Es el beso de quien ha sido arrastrada al borde y ha decidido saltar.
En el éxtasis del beso, mientras sus cuerpos se mueven con una sincronía ahora ferozmente consensuada, Milagros se corre.
Es una ola poderosa e incontrolable que la sacude por completo.
Un gemido ahogado se escapa de su boca contra la de él, y una humedad cálida empapa la fina seda de los pantalones de Christian donde sus cuerpos se unen.
Es la señal física, íntima e innegable, de su clímax, de su rendición total no a la fuerza, sino a la abrumadora ola de sensación que han creado juntos.
Para Christian, la sensación es un detonante.
La confirmación de su placer, la humedad que traspasa la tela, actúa como la validación última de su posesión.
Su propio ritmo se acelera, impulsado por este nuevo estímulo.
El acto ya no es solo sobre dominio; se ha convertido en una espiral compartida de sensación cruda donde la pasión y la obsesión se han fusionado en algo indistinguible, exótico en su intensidad y profundamente sensual en su entrega mutua.
La luna es testigo de cómo la oscuridad inicial da paso a un clímax complejo, cargado de una belleza peligrosa y perturbadora.
El fuego de la pasión y la posesión se apaga, dejando cenizas de sudor y respiraciones entrecortadas.
Christian, en un cambio drástico, besa suavemente a Milagros, un contraste brutal con la ferocidad de momentos antes.
Con una meticulosidad casi obsesiva, le arregla la ropa, alisando el sari arrugado, y peina su cabello enredado con sus dedos, como intentando restaurar un orden que él mismo quebrantó.
CHRISTIAN: (Su voz es baja, pero ha perdido el tono de furia, replacedo por una posesividad satisfecha y calmada) “Vamos al hotel.” Al llegar al lujoso lobby del hotel, la burbuja de intensidad se rompe.
Stefanny y Marilú están esperando, listas y con semblantes que mezclan la diversión residual del festival con un toque de preocupación.
STEFANNY: (Al verlos, cruza los brazos con un gesto de fastidio fingido) “¿Dónde estaban?
Los estaba buscando.
¡Se perdieron la mejor parte de la fiesta!” Su tono es ligero, pero hay una curiosidad real en sus ojos al notar el aspecto ligeramente desaliñado y la energía diferente que emana la….
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