DULCE VENENO - Capítulo 40
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40: Mujeres 40: Mujeres Las lentejuelas en tonos morados y plateados capturan cada destello, creando la ilusión de un cosmos en miniatura sobre la seda.
El escote asimétrico con su único tirante es audaz y moderno, mientras que la estructura de tul negro que se eleva sobre su hombro añade un volumen arquitectónico y dramático.
La silueta de sirena se ajusta a sus curvas antes de abrirse levemente en un fluir de tela, con una capa de tul negro que se arrastra tras ella como la estela de una diosa.
Los aretes Piara centellean junto al brillo del vestido, mientras que el bolso Charles & Keith lavanda y los zapatos Jimmy Choo plateados demuestran una elegancia moderna y cohesionada.
Juntos, Christian y Milagros forman una imagen imponente.
Él, la encarnación del poder terrenal y la oscura elegancia; ella, la personificación de un cielo nocturno mágico y etéreo.
Son la pareja perfecta y peligrosa, un dúo que domina la alfombra roja con la fuerza silenciosa de su presencia combinada y la compleja historia que vibra entre ellos.
Los flashes estallan, pero sus miradas solo se tienen el uno al otro, sellando su unión frente al mundo antes de dar el primer paso hacia el evento.
La procesión de lujo ingresa al vestíbulo del hotel.
Stefanny y Marilú avanzan primero, una explosión de rojo carmesí y naranja eléctrico que abre camino entre la élite congregada.
Justo detrás, Christian y Milagros hacen su entrada.
La mano de Christian se posiciona con firmeza en la parte baja de la cintura de Milagros, un gesto que es a la vez de guía y de marcación territorial.
Es una posesión silenciosa pero inconfundible.
Y es en ese preciso momento, cuando la atención de todos parece centrarse en ellos, que una nueva presencia irrumpe en la escena, deteniendo casi por completo el murmullo de la multitud.
Lansky.
Su entrada es una declaración de poder absoluta y audaz.
Mientras todos visten oscuros tonos de gala, él es un fantasma de blanco puro.
El traje blanco cruzado es impecable, cortado a la perfección, con sus cuatro botones oscuros como únicas concesiones al contraste.
La camisa blanca y la corbata negra con estampado abstracto son de una elegancia moderna y severa.
Pero lo que realmente lo convierte en el centro de todas las miradas es la capa blanca que lleva sobre los hombros.
No es un abrigo, es una prenda de puro teatro.
Fluye tras él con una majestuosidad regia, y el exuberante cuello de piel en tonos grisáceos enmarca su rostro pálido, acentuando la intensidad sobrenatural de sus ojos rojos.
En una mano, sostiene con despreocupación un cigarro oscuro, completando la imagen de un hombre que no sigue las reglas; las redefine.
Avanza con una calma aterradora, su mirada barriendo la sala hasta que se clava, inevitablemente, en el grupo.
No en Stefanny, quien se queda paralizada al verlo, sino directamente en Christian y Milagros.
Una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibuja en sus labios.
No es un saludo; es un reconocimiento.
La mano de Christian en la cintura de Milagros se tensa de inmediato, sus dedos presionando con más fuerza a través de la tela del vestido estrellado.
Los celos, la paranoia y el recuerdo de la escena en el balcón de la India se encienden como una llama.
El aire en el lujoso vestíbulo se vuelve eléctrico, cargado de una rivalidad silenciosa que todos perciben pero nadie comprende.
Lansky, con su traje blanco y su capa, no es solo otro invitado.
Es el heraldo del caos, y acaba de cruzar el umbral.
El salón de baile es un despliegue de opulencia: candelabros centelleantes, mesas vestidas con los más finos linens y centros de mesa con orquídeas blancas.
La élite mundial toma asiento, un murmullo de anticipación llena el aire.
El presentador, un hombre de cabello plateado y esmoquin impecable, toma el micrófono en el podio.
PRESENTADOR: (Con una voz amplia y cargada de emoción) “Queridos invitados, benefactores, amigos…
¡Bienvenidos!
Y mil gracias por venir esta noche.
Como ya saben, este no es un evento cualquiera.
Este es un evento de subastas donde las hermosas damas serán subastadas al mejor postador, y todo el dinero recaudado será entregado íntegramente a la caridad.
Una noche de generosidad, elegancia y…
¿por qué no decirlo?
De sana competencia.” (Una ola de aplausos corteses recorre el salón.
Christian se sienta tieso, su brazo sobre el respaldo de la silla de Milagros.
Su sonrisa es forzada.
Stefanny mira a su alrededor con una mezcla de nerviosismo y emoción.
Marilú, no siendo parte de la subasta, observa todo con ojos analíticos.) PRESENTADOR: “¡Así que, sin más preámbulos, comenzaré a anunciar los nombres de las mujeres afortunadas que han aceptado ser las musas de nuestra causa esta noche!” (Un representante le pasa una tarjeta de oro.
El presentador la lee.) PRESENTADOR: “¡La primera mujer es…
Stefanny Tantalean!” (Stefanny se endereza, sonriendo coquetamente hacia las mesas mientras los aplausos estallan.
Su vestido rojo parece arder bajo las luces.) PRESENTADOR: “¡La segunda mujer es…
Milagros Tantalean!” (El nombre resuena en el salón.
Milagros mantiene una sonrisa serena, pero siente cómo el brazo de Christian a su espalda se tensa como el acero.
Su posesividad, siempre latente, ahora se ve confrontada públicamente.
Los aplausos para ella son fuertes, mezclados con susurros de admiración por su vestido estrellado.) PRESENTADOR: “¡La tercera mujer es…
Angélica Lazos!
¡Y la cuarta y última…
Mikaela Santos!” (Cada nombre es recibido con aplausos.
Las mujeres mencionadas sonriendo o saludando con la mano.) PRESENTADOR: (Extendiendo los brazos) “¡Esas son las hermosas mujeres seleccionadas para la subasta!
Caballeros, preparen sus pujas.
Que comience la diversión…
y la generosidad.” (La sonrisa de Christian es ahora un rictus.
Sus ojos, fríos como el hielo, escrutan la sala, midiendo a cada hombre, evaluando a cada potencial postor.
La “noche de generosidad” se ha convertido, para él, en un campo de batalla donde su posesión más preciada está en juego.
Y en una mesa no muy lejana, Lansky, con su traje blanco inmaculado, toma un sorbo de su champán, sus ojos rojos fijos en Christian con una expresión de puro desafío.) La atmósfera en el lujoso salón se electriza.
Cuatro sillas doradas ornamentadas son colocadas en el centro del escenario, como tronos para las musas de la noche.
El presentador, con una sonrisa de showman, guía a Stefanny, Milagros, Angélica y Mikaela hacia ellas.
Se sientan bajo los focos, un espectáculo de belleza y alta costura.
PRESENTADOR: (Frotándose las manos) “¡Muy bien, hermosas mujeres, ya están en su lugar!
Y ahora, caballeros…
preparen sus billeteras y chequeras!
¡Que la generosidad—y la competencia—den inicio!” La mirada de Christian es un iceberg.
Su brazo ya no está sobre la silla de Milagros; ambas manos están agarrando el borde de la mesa, los nudillos blancos.
PRESENTADOR: “¡Muy bien, vamos a comenzar!
¡La primera es la señorita Stefanny Tantalean!
¿Quién da una puja inicial por una velada con esta joya?” La subasta despega rápidamente.
Un caballero de la mesa cuatro levanta su letrero.
HOMBRE MESA 4: “¡Yo!
1,000,000 de dólares!” Es una suma respetable.
Pero inmediatamente, desde la mesa dos, un magnate petrolero responde con una sonrisa confiada.
HOMBRE MESA 2: “13,000,000,000 de dólares!” La cifra hace que el público susurre con asombro.
Es una cantidad obscena, incluso para esta multitud.
Stefanny, en su trono rojo, sonríe con incredulidad y un poco de triunfo.
Es entonces cuando Lansky se mueve.
No se levanta.
No alza un letrero.
Con la calma de quien ordena un café, toma un sorbo de su copa de vino tinto, se acerca unos pasos hacia el frente y simplemente señala al presentador con dos dedos, atrayendo toda la atención hacia sí.
LANSKY: (Su voz es clara, serena, y corta el aire como un cuchillo) “Yo doy 200,000,000,000,000,000 de dólares.” El silencio es absoluto, instantáneo.
La cifra no es solo alta; es impensable.
Es un número que pertenece a la economía de nacion
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