DULCE VENENO - Capítulo 41
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41: Duelo 41: Duelo Es un número que pertenece a la economía de naciones enteras, no a una subasta de caridad.
El presentador se tambalea, llevándose una mano al pecho, el rostro descompuesto por el shock.
El público queda paralizado, algunas bocas literalmente abiertas.
Ni Christian, con toda su fortuna, había anticipado algo así.
PRESENTADOR: (Con la voz quebrada, casi sin aliento, mirando a Lansky como a un dios o a un demonio) “Señor…
yo…
Felicidades.
La…
la señorita Stefanny tendrá una noche con usted.” No hay aplausos.
Solo un murmullo creciente de incredulidad.
Lansky asiente levemente, como si acabara de comprar el periódico, y su mirada, cargada de una satisfacción profunda, se desvía de la atónita Stefanny para posarse, con un desafío silencioso, en Christian.
El mensaje es claro: él no solo está comprando una cena; está demostrando un poder que eclipsa a todos en la sala, incluido el celoso marido de Milagros.
La guerra acaba de comenzar, y la primera batalla ha sido ganada con una frialdad aterradora.
Bajo la atónita mirada de todos, Lansky se dirige al escenario con la elegancia despreocupada de un felino.
No ofrece el brazo.
En un movimiento fluido y posesivo, carga a Stefanny en sus brazos como si fuera una princesa de un cuento de hadas oscuro.
Su vestido rojo carmesí contrasta violentamente con el traje blanco inmaculado de él.
Sus rostros están increíblemente cerca.
Sus narices se tocan.
El mundo exterior desaparece para Stefanny.
Solo existe el frío mármol de su piel, la intensidad hipnótica de sus ojos rojos a centímetros de los suyos, y el latido furioso de su propio corazón, que retumba en sus oídos como un tambor de guerra.
Un sonrojo intenso le cubre el rostro y le quema las orejas, una reacción visceral e incontrolable.
LANSKY : (Susurra solo para ella, su voz es un hielo que quema) “Esta vez no me vas a negar nada, Stefanny.
Ahora eres mía…
aunque solo sea por una noche.” Las palabras son una afirmación, no una pregunta.
Son el cumplimiento de la amenaza velada que lanzó horas antes.
Stefanny no puede articular palabra.
Está paralizada por una mezcla de shock, fascinación y una excitación aterradora.
Asiente levemente, casi imperceptiblemente, su voluntad disuelta por la abrumadora presencia de él y la locura de la situación.
Mientras Lansky comienza a caminar de vuelta a su mesa con su premio en brazos, su mirada se desvía de reojo hacia Milagros.
Es un vistazo rápido, pero cargado de un significado profundo: un recordatorio de su poder, un mensaje silencioso para ella y, sobre todo, para Christian, quien observa la escena con una furia helada que promete venganza.
El presentador, todavía palidecido, intenta recuperar la compostura.
Aclara su garganta con fuerza, tratando de redirigir la atención.
PRESENTADOR: (Con una voz que intenta sonar jovial pero que aún tiembla) “¡Muy bien!
¡Vamos a continuar!
La siguiente…
es la señora Milagros Tantalean.
Una mujer no solo de gran belleza, como podemos todos apreciar, sino también de una inteligencia y elegancia notables.” (Christian se endereza en su asiento.
Sus ojos, llenos de una oscuridad letal, se clavan en el presentador y luego escanean la sala.
La subasta por su esposa está a punto de comenzar, y él no permitirá que nadie, mucho menos otro hombre, se lleve lo que es suyo.
La noche se ha convertido en una partida de ajedrez donde las fichas son personas y las apuestas, el orgullo y la posesión más obscena.) La tensión en el salón es tan espesa que se podría cortar con un cuchillo.
Todas las miradas están clavadas en la puja por Milagros.
PRESENTADOR: (Intentando recuperar el ritmo) “¡Vamos a continuar!
¿Cuánto dan por la señora Milagros?” Un caballero en la mesa tres levanta tímidamente su letrero.
HOMBRE MESA 3: “Yo doy 360,000,000,000.” La cifra es astronómica, pero Christian ni siquiera parpadea.
Aprieta su mano con una fuerza que duele, y abre la boca para arrasar con esa oferta.
Pero antes de que pueda pronunciar una sílaba, una voz serena y cortante lo detiene.
LANSKY: (Sin levantarse, desde su mesa, con Stefanny aún a su lado) “450,000,000,000,000,000.” Un nuevo gaspeo recorre la sala.
Stefanny, a su lado, palidece.
El sonrojo se convierte en confusión y luego en un agudo pinchazo de celos.
STEFANNY: (Susurrando, con voz tensa) “Joven Lansky…
ya me tiene a mí.
¿Por qué apuesta por Milagros?” Bajo la mesa, su mano aprieta la de él con fuerza, buscando una respuesta, una reassurance que no llega.
LANSKY: (La mira por un segundo, sus ojos rojos son impasibles.
Responde con una calma que la exaspera) “Ella es muy hermosa…
y joven.
Solo quiero apostar.
El dinero es para eso, ¿verdad?
Además…
es una belleza.” Su respuesta es deliberadamente frívola y provocadora.
Es un desprecio hacia Stefanny y un desafío directo a Christian.
CHRISTIAN se levanta de un golpe.
Su silla chirría contra el piso.
Su rostro es una máscara de furia pura.
CHRISTIAN: (Ruge) “600,000,000,000,000,000!” LANSKY: (No se inmuta.
Bebe un sorbo de vino) “Señor, Milagros es su esposa.
Disfruta de ella todas las noches.
¿No puede dejar que otro disfrute de una noche ?
Yo doy 710,000,000,000,000,000.” La insinuación es obscena.
Christian parece a punto de saltar sobre la mesa.
CHRISTIAN: (Con una mirada que promete muerte) “YO…
800,000,000,000,000,000!” LANSKY: (Por primera vez, una sonrisa fría y amplia se dibuja en sus labios) “Yo doy 900,000,000,000,000,000.
Vamos, date por vencido.” Es una burla.
Un juego para él.
Christian está al borde del abismo, los celos y el orgullo nublan su juicio.
El dinero ya no importa.
CHRISTIAN: (Grita, con la voz cargada de veneno) “¡1,000,000,000,000,000,000!” La cifra final es un estruendo.
El presentador, sobrecogido por la batalla entre estos dos titanes, palidece.
Sus ojos se voltean y se tambalea, cayendo pesadamente al suelo, desmayado por la tensión y las cifras inimaginables.
Un asistente se apresura a tomar el micrófono, mirando aterrado entre Christian, que respira con furia, y Lansky, que se encoge de hombros con fingida indiferencia.
ASISTENTE: (Tartamudeando) “¡Se…
señores!
Con…
con la última puja…
¡Felicidades!
El señor Christian es el ganador!” Christian no celebra.
Jadea, su mirada asesina todavía clavada en Lansky, quien sostiene su mirada con una calma diabólica.
Christian no ha ganado una cena; ha pagado una fortuna obscena para proteger lo que ya era suyo, humillado públicamente y llevado al borde de la ruina financiera por un hombre que parece jugar con fuego de diamantes.
La victoria sabe a derrota.
El salón, aún vibrando con la energía de la subasta récord, comienza a dispersarse.
El presentador, ya recuperado pero aún pálido, toma el micrófono con manos temblorosas.
PRESENTADOR: “Bueno, queridos invitados…
la subasta ya terminó.
¡Y qué finale!
Tomo aire.
Ahora, las parejas ganadoras, por favor, vayan a la recepción.
Allí les darán las invitaciones VIP para que asistan al restaurante Maido, uno de los mejores de Perú, donde el chef Mitsuharu Tsumura les tiene preparada una cena degustación absolutamente deliciosa.
¡Disfruten!” La multitud aplaude, y las parejas ganadoras se dirigen hacia la entrada, donde una fila de recepcionistas aguarda.
RECEPCIONISTA: (Con una sonrisa profesional, entregando sobres de lino grueso) “Aquí están sus tarjetas, señores.
Y como pueden ver, hay un número impreso en oro.
Ese número es el de sus mesas en el restaurante.
Que tengan una hermosa velada.” Christian y Milagros se han separado brevemente del grupo y reaparecen transformados.
Han cambiado sus opulentos atuendos de gala por un conjunto coordinado que grita elegancia moderna y discreta, con un toque de intimidad compartida.
Christian viste un traje de dos piezas en un sereno azul grisáceo.
La chaqueta, de corte clásico, presenta un detalle único: un panel decorativo en el lado derecho con el mismo estampado tradicional en azules y morados que lleva Milagros, unificado por un delicado festón.
Debajo, un
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