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DULCE VENENO - Capítulo 42

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42: Cena 42: Cena Debajo, una camisa de cuello alto del mismo color y pantalones rectos completan el look, junto con zapatos de cordones en un azul más oscuro.

Es poderío refinado.

Milagros es su contraparte perfecta.

Lleva una blusa de manga larga en el mismo tono azul grisáceo, con volumen en los hombros y puños ajustados.

Un cuello con una lazada y, crucialmente, el mismo panel estampado que Christian, con su ribete de pequeños agujeros, crea un vínculo visual inmediato.

Los pantalones de corte ancho fluyen elegantemente hasta el suelo, donde unos zapatos de tacón a juego asoman.

Es una elegancia relajada pero impecable.

Al tomar su sobre de la recepcionista, Christian desliza su mano en la de Milagros.

Su agarre es firme, pero ahora parece más un recordatorio de su victoria pírrica y su unión que un gesto de pura fuerza.

Sus atuendos a juego son un mensaje silencioso para todos, y especialmente para cualquier observador no visto: son una unidad, una fortaleza.

Pero la mirada en los ojos de Christian, mientras guía a Milagros hacia la salida, sigue siendo profunda y turbulenta, prometiendo que la noche, a pesar de haber “ganado”, está lejos de haber terminado.

La fachada discreta del Maido oculta un interior de serena sofisticación.

Madera cálida, iluminación tenue y un ambiente íntimo caracterizan el espacio, famoso por su fusión Nikkei.

Un guardia de seguridad impecable revisa las invitaciones VIP en la entrada antes de dar un paso al costado con una respetuosa inclinación.

Un mesero, con la precisión de un coreógrafo, conduce a las parejas a través del restaurante.

Christian y Milagros son guiados hacia una mesa semi-privada con una vista discreta del resto del salón.

Christian sostiene la silla para Milagros con una caballerosidad automática antes de sentarse frente a ella.

El gesto es formal, pero la intensidad en sus ojos no se ha disipado.

Sin necesidad de menús, el mesero principal se acerca.

MESERO: “Bienvenidos a Maido.

El chef Tsumura ha preparado una experiencia degustación para esta velada especial.

¿Podemos comenzar sirviéndoles nuestro cóctel de bienvenida, una infusión de Pisco con cítricos amazónicos?” Christian asiente con la cabeza, un gesto cortante.

Su mirada no abandona a Milagros, como si el menú, el restaurante, todo, fuera un mero decorado para el diálogo no dicho que palpita entre ellos.

Otras parejas—el magnate petrolero con su acompañante, otros ganadores de la subasta—conversan en voz baja, las tensiones de la puja dando paso a la anticipación culinaria.

El silencio en la mesa de Christian y Milagros es elocuente.

El sonido de la copa de bienvenida siendo colocada suavemente frente a ellos parece ensordecedor.

La cena, prometida como un premio, se siente más como la antesala de una confrontación largamente esperada.

La entrada de Stefanny y Lansky al Maido causa un silencio momentáneo, seguido de un susurro de admiración.

Forman una pareja visualmente impactante, una combinación de fantasía helada y elegancia oscura.

Stefanny es una visión etérea.

Su vestido corto en tonos azul celeste y blanco parece sacado de un cuento de hadas invernal.

El corte ajustado y la falda corta son audaces y modernos, pero la colita de tul vaporoso que cae desde su cintura y las mangas abullonadas transparentes le añaden un toque de ensueño.

Los bordados de copos de nieve plateados centellean bajo la luz tenue del restaurante, y los zapatos plateados completan el look de una princesa de hielo contemporánea.

Es fresca, juguetona y deslumbrante.

Lansky, en cambio, es la personificación de la elegancia gótica y severa.

Su traje negro a rayas finas es impecable, de un corte entallado que enfatiza su figura esbelta.

El chaleco a juego y la corbata delgada negra añaden capas de formalidad sofisticada.

Los detalles son cruciales: el broche decorativo en la solapa de la chaqueta es un toque sutil de personalidad, y el anillo con una piedra verde en su mano brilla con la misma intensidad sobrenatural que sus ojos.

Sus zapatos Oxford negros son tan brillantes que parecen espejos.

Es una figura de autoridad oscura y misterio, un contraste perfecto y deliberado con la luminosidad de Stefanny.

Mientras el maître los guía a su mesa, todas las miradas los siguen.

Stefanny camina con una mezcla de nerviosismo y emoción, consciente de la impresión que causan.

Lansky, por su parte, lo hace con una tranquilidad absoluta, como si fuera el dueño de todo lo que mira.

Su entrada no pasa desapercibida para Christian y Milagros, quienes los observan desde su mesa.

Christian bebe un sorbo de agua, su expresión impasible, pero su mirada sigue cada movimiento de la pareja, especialmente el de Lansky, con una vigilancia intensa y cargada de animosidad.

La cena, para todos, acaba de volverse mucho más interesante.

Maido se divide en dos atmósferas contrastantes, separadas solo por unos metros de distancia.

En la mesa de Christian y Milagros: Un Frágil Edén Bajo la tenue luz de una vela que proyecta sombras danzantes, Christian observa a Milagros.

Por un momento, la tormenta de celos, la obsesión y la tensión de la subasta parecen disiparse.

Su mirada se suaviza, y en sus ojos hay un reflejo de amor genuino y profundo, quizás el mismo que la llevó al altar.

Al sentir su mirada, Milagros alza la vista.

Sus ojos se encuentran con los de él, y una sonrisa tímida y cálida se dibuja en sus labios.

Un suave sonrojo tiñe sus mejillas, visible incluso en la penumbra.

Es un gesto de complicidad, de recuerdo, de un vínculo que trasciende la turbulencia actual.

Sobre el mantel impecable, sus manos se encuentran.

No es un agarre posesivo o forzado, sino un gesto suave y delicado.

Sus dedos se entrelazan ligeramente, y una mano descansa sobre la otra en un gesto de cercanía y confort.

Es un momento de paz robado, un recordatorio silencioso de por qué están juntos, creando un pequeño edén de intimidad en medio del restaurante.

En la mesa de Stefanny y Lansky: Un Juego de Fuego y Hielo A pocas mesas de distancia, la dinámica es completamente diferente.

Stefanny y Lansky están inmersos en una conversación.

Ella habla con animación, gesticulando ocasionalmente con las manos, tratando de llenar el vacío con palabras, de “conocerse” como sugiere la cita forzada.

Su postura es un poco rígida, una mezcla de fascinación y nerviosismo ante el enigma que tiene frente a ella.

Lansky, en cambio, es la imagen de la calma controlada.

Escucha, inclinado ligeramente hacia adelante, sus ojos rojos fijos en ella con una intensidad que es a la vez fascinante y desconcertante.

No sonríe abiertamente, pero hay una leve curva en sus labios, una expresión de interés calculado.

Responde con parquedad, sus palabras medidas, como si cada sílaba fuera una pieza en un juego de ajedrez que solo él conoce las reglas.

No está tratando de impresionarla con charlas triviales; parece estar evaluándola, estudiando cada una de sus reacciones.

Es una conversación, pero se siente como un duelo.

La fantasía helada de su vestuario contrasta con el fuego de la curiosidad de Stefanny y el hielo de la reserva de Lansky.

Mientras una pareja reconforta su unión en el silencio de sus manos entrelazadas, la otra navega por las aguas desconocidas de una atracción peligrosa y un primer “encuentro” que nada tiene de casual.

Christian lleva la mano de Milagros a sus labios.

El beso no es un roce cortés, sino un acto lento y deliberado, un sello de propiedad sobre su piel.

Sus palabras, sin embargo, no son de amor sano, sino un poema tóxico que revela la profundidad de su obsesión.

Cada verso es una cadena: “Eres mi sol, mi luna, mi noche y día, / y sin mi permiso, no puedes brillar.” (Control absoluto).

“Cada sonrisa que das, si no es para mí, / es una daga que mi alma va a sangrar.”(Celos patológicos).

“No te permito ser libre, ni volar, / tus alas las cortaré, si intentas huir.”(Amenaza velada).

“Y si piensas siquiera en marcharte, / recuerda que sin m

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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