DULCE VENENO - Capítulo 44
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44: Regalos 44: Regalos Bebe otro sorbo de café, su mano buscando de nuevo la de Christian sobre la mesa, como si el simple contacto pudiera calmar la bestia que siempre ruge bajo la superficie de su marido.
La intimidad ha vuelto, pero el precio de esa conexión es la aceptación constante de su naturaleza controladora y peligrosa.
El mesero regresa con una velocidad que delata su nerviosismo, colocando con sumo cuidado el postre frente a Milagros.
La tarta de fresas es una obra de arte culinaria.
Su forma cuadrada y perfecta muestra capas definidas de bizcocho esponjoso y crema batida blanca como la nieve, entre las que asoman rodajas de fresa jugosas.
La superficie es un espejo rojo brillante de gelatina, decorada con fresas enteras, grosellas como diminutas joyas, remolinos de crema y delicados elementos florales que la hacen parecer casi demasiado hermosa para comer.
Milagros, con los ojos iluminados por el postre, toma su cuchara con entusiasmo.
Se sirve un bocado generoso, combinando el bizcocho, la crema y una fresa.
CHRISTIAN: (Observa cada movimiento, y su voz surge, suave pero impregnada de esa vigilancia constante que lo caracteriza) “Amor, come despacio…
te puedes ahogar.” Hace una pausa, y su mirada se suaviza con una chispa de genuina adoración, capturado por la escena inocente.
CHRISTIAN: (Agrega con un tono más íntimo, casi un susurro) “Eres muy linda cuando comes.” Es un comentario que en otra pareja sería un simple halago.
En ellos, es otra capa de su dinámica.
Él no solo la posee; la observa, la estudia, la cuida con una intensidad que roza lo asfixiante.
Su belleza, incluso en el acto más simple como comer, es algo que él reclama como propio, algo que debe ser protegido y controlado.
Milagros lo mira por encima de su cuchara, una sonrisa juguetona en sus labios manchados de crema.
Parece disfrutar no solo del postre, sino de la atención absoluta y a veces abrumadora que él le prodiga.
Toma el siguiente bocado con un poco más de lentitud, deliberadamente, como si estuviera actuando para su único y más crítico espectador.
Christian y Milagros se encuentran en un momento de profunda conexión.
Sentados uno al lado del otro, muy cerca, el mundo exterior ha desaparecido.
Se están besando, un acto que va más allá del afecto casual; es un sellado de su pacto privado.
Milagros tiene una mano en el rostro de Christian, un gesto de ternura que también sujeta, que lo mantiene cerca, aceptando y devolviendo la intensidad.
CHRISTIAN: (Al separarse unos centímetros, sus labios aún rozando los de ella, susurra) “Amor…
tengo una sorpresa para ti.” MILAGROS: (Sonríe, un gesto lento y cargado de deseo.
Chupa suavemente el labio inferior de Christian antes de responder, su voz es un hilo seductor) “¿Y qué sorpresa es?…
Es suficiente con tenerte a mi lado.” Es una declaración que refleja la complejidad de su relación: su mundo realmente gira en torno a él.
Christian no responde con palabras.
En su lugar, levanta la mano con la autoridad de quien sabe que será obedecido al instante.
El mesero, que ha estado esperando a una distancia discreta, se acerca inmediatamente llevando un ramo que es imposible de ignorar.
El ramo de rosas negras es una declaración en sí mismo.
Su color negro intenso y su brillo aterciopelado las hace parecer cortadas de la noche misma.
El envoltorio de papel blanco con bordes negros acentúa su dramatismo, y la abundancia de flores grita opulencia y una devoción que no conoce límites.
CHRISTIAN: (Toma el ramo y se lo ofrece, sus ojos brillando con una mezcla de amor y posesión) “Tus flores favoritas.
Son tan hermosas y misteriosas como tú.” MILAGROS: (Toma el ramo, sus dedos acariciando los pétalos oscuros.
Su sonrisa se vuelve knowing, casi desafiante) “Sabes…
las rosas negras tienen un hermoso significado en el amor.” (Hace una pausa, clavando la mirada en él) “En el amor, la rosa negra simboliza un amor eterno y profundo que trasciende lo físico, reflejando un compromiso fuerte y una relación madura que ha superado obstáculos.
También representa la complejidad del amor, aceptando tanto las fortalezas como las vulnerabilidades de la pareja, y se asocia con la pasión más allá de lo convencional.” Luego, su voz baja aún más, hasta convertirse en un susurro que solo él puede escuchar, cargado de una verdad oscura y compartida: MILAGROS: “Es obsesión.
Tóxico.
Manipulador.” No lo dice con rechazo.
Lo dice como una confirmación, nombrando la esencia misma de su vínculo.
Christian no se inmuta.
Por el contrario, una sonrisa de profunda satisfacción cruza su rostro.
Agarra una de las rosas del ramo y, con una delicadeza que contrasta con la amenaza latente en el aire, la coloca en el cabello de Milagros, justo encima de su oreja.
CHRISTIAN: (Su voz es un susurro posesivo y triunfal) “Ese es lo que representa mi amor.
Así.
A ti.” La rosa negra en su cabello no es solo un adorno; es una corona, una marca.
Es la aceptación mutua de que su amor no es luz y alegría convencionales.
Es un lazo eterno, complejo, oscuro y profundamente tóxico, donde la obsesión es el lenguaje y la posesión es la prueba final de devoción.
Bajo la tenue luz del restaurante, son la pareja perfecta, unidos por un amor que es tan hermoso y elaborado como una rosa negra, y tan peligroso como sus espinas.
La noche en Maido se convierte en una sucesión de regalos que son más que objetos; son símbolos de la compleja y obsesiva devoción de Christian.
Tras el dramático gesto de la rosa negra, él revela su segunda sorpresa.
Christian saca de debajo de la mesa un cuaderno que parece extraído de un sueño.
La cubierta blanca está adornada con flores azules esculpidas y cristales centelleantes, rodeadas por un borde plateado intrincado.
Las cadenas doradas y las escamas con balanza que cuelgan sugieren un tema de destino y equilibrio, mientras que las mariposas azules congeladas en el tiempo añaden un toque de magia etérea.
Es un objeto de una artesanía exquisita, diseñado para contener los pensamientos más íntimos.
CHRISTIAN: (Extendiéndole el diario, su mirada suave pero intensa) “Amor, también tengo dos sorpresas más para ti.
La primera…
un cuaderno para que escribas tus sueños.
Esos que siempre quisiste tener.” Es un regalo profundamente personal.
Demuestra que la conoce, que recuerda sus deseos, pero también refuerza su papel como el custodio de su mundo interior, el archivero de su alma.
MILAGROS: (Toma el cuaderno con asombro, corriendo los dedos sobre los relieves de las flores y los cristales.
Su voz es un susurro de genuino deleite) “Amor…
es hermoso.
Me encanta.
Gracias.
Podré usarlo como mi diario y escribir…
muchas cosas.” En sus palabras hay una promesa de confidencia, de entregarle sus pensamientos más privados, consolidando aún más su intimidad simbiótica.
CHRISTIAN: (Una sonrisa de satisfacción se dibuja en sus labios.
No ha terminado).
“También tengo otra sorpresa.” De la misma manera discreta, presenta un cofre del tesoro que emana una belleza iridiscente.
La base blanca y nacarada refleja la luz en tonos arcoíris, enmarcada por adornos dorados de una filigrana exquisita y pequeñas joyas incrustadas.
Parece un relicario de una fábula.
Al abrirlo, la sorpresa final se revela.
Sobre un lecho de algodón, descansa una esfera de cristal facetada.
En su corazón, un copo de nieve perfectamente detallado parece capturado para la eternidad, irradiando una luz iridiscente suave.
Es un objeto de pura fantasía, un trozo de invierno mágico preservado.
No hace falta que Christian diga las palabras.
El regalo lo hace por él.
La esfera de cristal, como su amor, es un microcosmos perfecto, aislado, bello y eternamente congelado en un momento de compleja y frágil belleza.
Es la representación última de su deseo de encerrar su mundo, de poseer no solo su presente y sus sueños escritos, sino también de capturar la esencia misma de su ser en un artefacto de lujo y rareza.
Milagros lo mira, y en sus
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