Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

DULCE VENENO - Capítulo 47

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. DULCE VENENO
  4. Capítulo 47 - 47 Inquietud
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

47: Inquietud 47: Inquietud Sus brazos se elevan, su cuerpo se mueve al ritmo contagioso.

Lansky la observa desde la mesa, bebiendo lentamente mientras la mira por el borde de su vaso.

Sus ojos no se apartan de ella, capturando cada movimiento como si fuera un tesoro.] LANSKY (para sí mismo, en voz baja): —”Increíble…” Stefanny, todavía con la euforia de la noche y la extraña compañía, se deja llevar.

Su cuerpo se mueve con una sensualidad innata y exótica , sus caderas dibujando círculos y ochos en el aire que son puro fuego y gracia.

Ella gira hacia Lansky, quien ha estado observando desde la sombra con su habitual impasibilidad.

Su sonrisa es amplia, desinhibida, una invitación a unirse a su alegría.

STEFANNY: (Gritando por encima de la música) “¡Lansky!

¡Ven, baila conmigo!

No te quedes ahí parado.” LANSKY: (Permanence imperturbable, negando con la cabeza con una leve sonrisa cortés pero distante) “Gracias, pero no sé bailar.

Paso.” Pero Stefanny no es alguien que acepte un no por respuesta, especialmente esta noche.

Se acerca, le agarra la mano con determinación y, aprovechando su momentum, lo lleva al centro de la pista, o del espacio despejado en la suite.

STEFANNY: (Riéndose, tratando de guiarlo) “¡Suelta tu cuerpo!

¡Deja que la música te lleve, disfrútala!” Ella sigue moviendo sus caderas con una fluidez envidiable, un ejemplo vivo de cómo hacerlo.

Lansky , por su parte, intenta seguirla.

Pero es verdad: no sabe bailar .

Su cuerpo, usualmente tan elegante y controlado, se mueve con una rigidez torpe.

Sus movimientos son bruscos, descoordinados, como un “tronco” que intenta, sin éxito, mecerse al ritmo.

La discrepancia entre su impecable presencia y su absoluta falta de ritmo es tan vasta que resulta chocante.

Stefanny lo mira, y la sorpresa inicial se transforma en una risa genuina y sin malicia.

No se puede contener.

STEFANNY: (Señalándolo mientras se ríe a carcajadas) “¡Jajaja!

¡Es verdad, no sabes bailar!

¡Jajaja!

¡Es la primera vez que veo a alguien bailar tan feo!

¡Jajaja!” Su risa es contagiosa y abierta, pero para Lansky, cuya armadura de frialdad e impasibilidad es su escudo principal, el impacto es inmediato y visible.

Se detiene en seco.

La sonroja, un rubor inusual y profundo que sube por su pálido cuello y tiñe sus mejillas, inunda su rostro.

La vergüenza, una emoción que probablemente rara vez experimenta, lo paraliza por un segundo.

Sin decir una palabra, da media vuelta.

Abandona la pista de baile y se dirige directamente a la barra .

Con un gesto seco al bartender, pide un whisky .

Cuando el vaso llega, lo toma de un solo trago , sin inmutarse por el ardor del licor.

El gesto es elocuente: es un hombre intentando ahogar un momento de vulnerabilidad extrema, un raro y humillante instante en el que su control absoluto se quebró ante una simple risa.

La risa de Stefanny se apaga al ver la reacción de Lansky.

Su partida brusca y ese whisky bebido de un trago le dicen claramente que cruzó una línea.

Con un repentino arrepentimiento, se acerca a la barra.

STEFANNY: (Su voz pierde la burla y se vuelve conciliadora) “Lansky, vamos…

no te enojes conmigo.

Perdón, no sabía que realmente eras un…

un cero a la izquierda.

Perdóname.” La elección de palabras es torpe, pero la intención de disculparse es genuina.

Lansky gira lentamente el taburete para enfrentarla.

El rubor ha desaparecido, replacedo por su máscara habitual de calma impenetrable.

No parece enfadado, sino pensativo.

LANSKY: (Su voz es suave, pero tiene un filo filosófico) “No todos somos perfectos.

Yo no soy bueno en los deportes, la música, el baile…” (Hace una pausa, sus ojos rojos la escudriñan) “Pero sabes, siempre tenemos una fortaleza en algo.

Y dime tú…

¿cuál es tu debilidad?” Es una pregunta cargada.

No es una curiosidad casual; es un intento de equilibrar la balanza, de encontrar la grieta en su armadura de confianza.

Stefanny se endereza, recuperando parte de su actitud desafiante.

La pregunta la toma por sorpresa, pero no está dispuesta a mostrar flaqueza.

STEFANNY: (Con una sonrisa segura, casi arrogante) “Lástima.

Yo no tengo una debilidad en algo.

Soy buena en todo.” (Mira su reloj con un gesto exagerado) “Sabes, es muy tarde.

Me gustaría hablar contigo, pero tengo sueño.

¡Adiós!” Da media vuelta con un movimiento de falda y se marcha, dejando su declaración flotando en el aire como un desafío.

Es una retirada estratégica, negándose a darle la satisfacción de ver una vulnerabilidad.

Lansky no intenta detenerla.

La observa irse, y una sonrisa lenta y calculadora se dibuja en sus labios.

No es una sonrisa de diversión, sino la de un jugador que acaba de recibir una información valiosa.

LANSKY: (Susurrando para sí mismo, en un francés perfecto que rezuma una promesa silenciosa y peligrosa) “Veamos si realmente no tienes una debilidad, ma chère.

Ya verás.” La frase, “ma chère” (mi querida), suena más a una amenaza cariñosa que a un término de afecto.

La noche puede haber terminado para Stefanny, pero para Lansky, el juego acaba de comenzar.

Él ha aceptado el desafío, y está claro que no descansará hasta encontrar—y quizás explotar—esa debilidad que ella tan firmemente niega tener.

La mañana en la mansión Sterling se desgarró con el grito silencioso de una ausencia.

Christian despertó de un salto, su sistema nervioso en alerta máxima antes incluso de que su mente estuviera completamente consciente.

Su mano, acostumbrada a encontrar la curva cálida de Milagros, tanteó el espacio vacío a su lado.

No era el despertar perezoso de un domingo; era el vacío.

Sus dedos se cerraron sobre sábanas frías.

El silencio.

Ese fue el siguiente detonante.

La mansión, siempre llena del susurro discreto del servicio, estaba inquietantemente silenciosa.

Demasiado.

Se incorporó de un salto, sus pies descalzos golpeando el suelo de mármol frío.

Sus ojos, salvajes y escrutadores, escanearon el dormitorio.

Nada.

Ningún rastro de ella, ni una nota, ni el aroma de su perfume.

“Milagros.” Su voz fue un gruñido seco en la quietud.

No hubo respuesta.

La inquietud en su pecho se convirtió en un pánico ciego y furioso.

Salió corriendo al pasillo, su respiración ya entrecortada.

“¡MILAGROS!” El grito retumbó en los altos techos, un sonido primitivo de terror y rabia.

Empezó a abrir puertas de golpe, una tras otra, sus puños destrozando la madera cuando las cerraduras no cedían lo suficientemente rápido.

Cada habitación vacía era un golpe directo a su obsesión.

La frustración estalló.

Un jarrón chino antiguo fue el primero en volar, estrellándose contra el mármol en un millar de fragmentos que sonaron como campanas de locura.

Cuadros de maestros antiguos fueron arrancados de las paredes, sus marcos hechos astillas.

Las criadas, que habían acudido con el primer alboroto, se acurrucaron en un rincón, temblando, con las cabezas gachas, presas de un miedo paralizante.

Eran fantasmas en su propia casa, testigos mudos de la tormenta.

Christian apretó los puños hasta que le dolieron los nudillos, respirando con la fuerza de un toro herido.

La lógica luchaba contra el pánico paranoico.

No lo dejarías.

No podrías.

Pero los susurros en su mente eran más fuertes, más crueles: ¿Y si sí?

¿Y si por fin te has hartado de esta jaula?

¿Y si te has ido?

La idea, sola y desnuda, hizo que su visión se nublara de rojo.

“¡¿DÓNDE DEMONIOS TE FUISTE?!” rugió, y el sonido fue tan físico que hizo vibrar los cristales de las lámparas.

“¡TE CASTIGARÉ!

¡TE ENCERRARÉ EN ESTA MALDITA CASA SI NO SALES AHORA MISMO!” Agarró el pesado centro de mesa de mármol y, con un grito de rabia absoluta, lo volteó.

El estruendo fue ensordecedor, un eco de su mundo despedazándose.

Su mirada, cargada de una furia homicida, cayó sobre las criadas aterradas.

“¡BUSQUEN A MI ESPOSA!

¡¡AHORA!!” Fue una orden que no admitía demora.

El pequeño ejército de servicio salió disparado, esparciéndose por la mansión como hojas en un huracán, sus voces temblorosas llamando a Milagros.

El caos era absoluto.

Fue entonces cuando el guardia de seguridad,

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo