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DULCE VENENO - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Supermercado
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48: Supermercado 48: Supermercado Fue entonces cuando el guardia de seguridad, pálido y sudoroso, se acercó con precaución.

GUARDIA: “J-Jefe…

su esposa…

está en el supermercado del centro.

¿Q-Qué desea que hagamos, jefe?” Christian se detuvo en seco.

La confusión lo paralizó por un microsegundo.

¿El…

supermercado?

“¿Qué dijiste?” gruñó, dando un paso amenazante hacia el guardia.

Su voz goteaba veneno.

“¿Mi esposa está…

fuera?

¿Sola?

¿Sin mi permiso?” El guardia retrocedió, tragando saliva.

“S-Sí, jefe.

Ella…

dijo que necesitaba provisiones.

No…

no pensamos que fuera un problema…” Christian lo interrumpió con una carcajada despectiva y cortante.

“¿Un problema?

Claro que lo es.” Se pasó una mano por el cabello, un gesto de frustración violenta.

“¿Cómo se atreve a salir sin mí?

¿No sabe el peligro que corre?

¿No sabe que el mundo ahí fuera es una cloaca llena de alimañas que quieren arrebatármela?” Se volvió, su espalda tensa, hacia las sirvientas aterrorizadas.

“¡Traigan el auto!

¡EL MAYBACH!

¡AHORA MISMO!

¡VOY A BUSCAR A MI ESPOSA!” Mientras esperaba, caminaba de un lado a otro como un tigre enjaulado, su mente un torbellino de pensamientos oscuros.

No se trataba de leche o pan.

Se trataba de un desafío.

Un acto de independencia.

Y él no lo permitiría.

No hoy.

No nunca.

Cada segundo que ella pasaba fuera de su vista era una eternidad de tortura y una afrenta que exigiría una explicación…

y una penitencia.

CHOFER: “Jefe, ¿desea que lo lleve o se irá solo?” Christian apenas esperó a que el chofer terminara la pregunta.

Abrió la puerta y se deslizó en el asiento trasero como una sombra furiosa.

CHRISTIAN: (Con un gruñido brusco) “¡Conduzca!

¡Lléveme al supermercado, ahora mismo!” Durante el trayecto, su mente era un torbellino de reproches tóxicos.

¿Cómo se atreve?

¿Cómo es tan ingenua?

El mundo está lleno de peligros, de miradas sucias, de amenazas.

¿No entiende que fuera de mis brazos, de mi vista, es vulnerable?

Su preocupación estaba tan enredada con su necesidad de control que era imposible distinguir una de la otra.

Al llegar, salió del auto antes de que se detuviera por completo, ignorando el chirrido de los neumáticos.

Sus ojos escanearon frenéticamente el estacionamiento, buscando esa figura familiar entre los coches.

Al no verla, entró al supermercado a toda velocidad, empujando las puertas automáticas con tal fuerza que casi se traban.

Ignoró por completo las miradas sorprendidas de clientes y empleados.

Su objetivo era claro.

Se abalanzó sobre el primer empleado que vio, un joven que reposicionaba latas.

CHRISTIAN: (Su voz era un susurro cargado de peligro) “¿Dónde está mi esposa?” EMPLEADO: (Nervioso, retrocediendo un paso) “Señor, ¿quién es su esposa?

Como puede ver, este es un supermercado, el más grande de todos, y hay muchas mujeres aquí.

No sabría decirle dónde está su esposa.” La respuesta, lógica y neutral, fue como gasolina en el fuego de su ira.

La incompetencia del mundo era un insulto personal.

Christian agarró al empleado por la camisa, tirando de él hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia.

El joven dio un grito ahogado.

CHRISTIAN: (Siseando, cada palabra era un dardo envenenado) “Escúchame bien.

Mi esposa es única.

Cabello rojo fuego, ojos del color de la sangre, piel pálida como la porcelana.

No puede pasar desapercibida.

Encuéntrala.

Ahora.” Soltó al empleado con un empujón despreciable, enviándolo a tropezar contra una góndola de cereales que se derramaron por el suelo con un ruido absurdamente mundano.

Luego, Christian se volvió hacia la multitud.

Ya no le importaba causar una escena; la escena era necesaria.

Tomó aire y gritó, con una voz que cortó el murmullo general como un cuchillo: CHRISTIAN: “¡MILAGROS!

¡MILAGROS, ¿DÓNDE ESTÁS?!” El nombre retumbó bajo las luces fluorescentes.

Los clientes se quedaron paralizados, algunos con productos a medio camino de sus carritos.

Los niños se aferraron a las piernas de sus padres.

Todos los ojos estaban clavados en la figura alta, desencajada y peligrosamente intensa que había irrumpido en su realidad doméstica.

Christian ignoró todas las miradas, los murmullos de preocupación y los pasos cautelosos de los guardias de seguridad que empezaban a acercarse.

Su universo se había reducido a una misión singular: encontrar a Milagros, reclamarla y sacarla de ese lugar común que había osado profanar con su presencia sin su custodia.

La lógica, por fría que fuera, logró filtrarse a través de la niebla roja de su ira.

El guardia, más experimentado y menos aterrado que el joven empleado, se acercó con precaución, manteniendo una distancia segura.

GUARDIA: “Jefe, con todo respeto…

gritar en un espacio tan grande puede no funcionar.

Hay muchas personas y ruido.

Vayamos a la cabina de seguridad.

Podrá encontrarla por las cámaras.

Es más rápido.” Christian soltó un gruñido bajo, una mezcla de frustración y aquiescencia.

La idea era sensata, y en ese momento, la eficacia superaba su necesidad de descargar su furia de manera indiscriminada.

Soltó al empleado, que cayó al suelo jadeando.

CHRISTIAN: (Con la voz aún áspera, pero ahora centrada) “Bien.

Muéstrame las cámaras.” Siguió al guardia a través de los pasillos, su presencia causando que la multitud se abriera como el Mar Rojo.

Ignoró las miradas curiosas y los susurros que surgían a su paso, su objetivo único fijado en la cabina.

Al llegar, empujó al guardia de seguridad fuera del camino sin ceremonias y se apoderó de la consola, sus ojos, febriles, recorriendo las múltiples pantallas.

CHRISTIAN: (Exigió, su voz tensa como un cable de acero) “¿Dónde está?” El guardia, recuperándose del empujón, señaló una de las pantallas con un dedo tembloroso.

GUARDIA: “Ahí, jefe.

Sección de productos enlatados.

En el pasillo siete.” Christian se inclinó más cerca de la pantalla, su respiración conteniéndose.

Y allí estabas.

Milagros.

Tu cabello rojo era un faro incluso en la granulación en blanco y negro del monitor.

Estabas de pie, leyendo la etiqueta de una lata, aparentemente inconsciente del caos y la furia que tu simple acto había desatado.

Verte allí, tan vulnerable y normal, hizo que su corazón latiera con una fuerza brutal, una mezcla de alivio abrumador y de rabia renovada por la ansiedad que había sufrido.

Sin apartar los ojos de la pantalla, como si temiera que fueras a desaparecer, le lanzó una orden al guardia.

CHRISTIAN: (Su tono era glacial, definitivo) “Quédese aquí.” No era una sugerencia.

Era una instrucción para un subordinado.

Y entonces, salió corriendo de la cabina de seguridad, su silueta una flecha negra disparada directamente hacia el pasillo siete, hacia su esposa.

La cacería había terminado.

Ahora comenzaba la reclamación.

La voz del guardia, ahora cargada de una urgencia completamente diferente, cortó como un cuchillo la concentración de Christian.

GUARDIA: (Desde la cabina, su voz se quiebra) “¡Jefe!

Su esposa…

se movió a la sección de ropa, lencería.

Y…

¡está con un hombre!” El mundo de Christian se detuvo.

El aire se solidificó en sus pulmones.

¿Un hombre?

¿Con SU esposa?

La información no se procesó de forma racional; fue un impacto directo en el sistema límbico, desatando una furia ciega y primitiva que le nubló la vista con un velo escarlata.

CHRISTIAN: (Se giró hacia el guardia, su voz no era un grito, sino un rugido gutural y desgarrado) “¿¡QUÉ!?

¿Un hombre?” El guardia, ahora pálido como la muerte, asintió con la cabeza con violencia, señalando una pantalla diferente.

GUARDIA: “¡Sí, jefe!

¡Acaban de entrar juntos en la sección de lencería!” Christian apenas podía respirar.

Su pecho se oprimió con una fuerza brutal, una mezcla de ira incandescente y un dolor tan profundo que era físico.

Sus pensamientos eran cuchillos que se clavaban: ¿Cómo pudiste?

¿Después de jurarme eternidad?

¿Después de cada noche en mis brazos?

¿Esto es tu gratitud?

Sin decir una palabra más, porque las palabras ya no existían, solo el impulso animal, salió corriendo de la cabina.

Sus pasos no eran los de un hombre, sino los de un depredador que ha olido la sangre.

Cada zancada era pesada, resonante, impulsada por el latido furioso de un corazón intoxicado por los celos m

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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