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DULCE VENENO - Capítulo 49

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49: Tóxico 49: Tóxico Cada zancada era pesada, resonante, impulsada por el latido furioso de un corazón intoxicado por los celos más oscuros.

Siguió el camino visual que había memorizado de la pantalla, un misil guiado por el rencor.

Al girar la esquina hacia la sección de lencería, el panorama se desplegó ante él como la escena de un crimen.

Allí estabas.

De espaldas a él.

Tu figura, tan familiar, estaba inclinada ligeramente hacia un hombre alto, bien vestido.

Él se reía, una sonrisa amplia y confiada en su rostro.

Y entonces, el detalle que actuó como detonante final: el hombre colocó una mano en tu brazo, un gesto de confianza, de intimidad.

Christian vio rojo.

Literalmente.

El mundo perdió sus contornos, su color, todo excepto la silueta de ese hombre tocando lo que era suyo.

Ya no había razón, ni lógica, ni preguntas.

Solo la necesidad absoluta, visceral, de reclamar, de castigar, de destruir.

Se desarrolló ante los ojos de Christian con la claridad brutal de una pesadilla.

No era solo que estuvieran juntos; era la naturalidad con la que lo hacían.

Milagros seguía los pasos del hombre, que empujaba el carrito con una mano mientras gesticulaba con la otra.

Se reían, sus cabezas inclinadas la una hacia la otra en un gesto de complicidad.

Conversaban con una fluidez que no parecía de un encuentro casual, sino como si se conocieran de muchos años.

Era una imagen de domesticidad, de felicidad compartida, y para Christian, fue como ver su peor temor materializado: una vida en la que él no era el centro.

La cordura se quebró.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia adelante.

Su movimiento fue tan rápido y agresivo que el aire pareció vibrar a su paso.

Su mano grande y fuerte se cerró como una tenaza alrededor del brazo del hombre, y con una fuerza brutal, lo giró para enfrentarlo.

CHRISTIAN: (Rugió, su voz era un trueno cargado de odio, su rostro a centímetros del del desconocido) “¿Quién demonios eres tú?” El hombre, sorprendido y desequilibrado, retrocedió de un salto, tropezando torpemente con el carrito que había estado empujando.

HOMBRE: (Tartamudeando, sus ojos abiertos por el miedo) “Eh…

yo…

nosotros solo estábamos…” Pero Christian ya no lo escuchaba.

El hombre había dejado de existir como individuo; era solo un obstáculo, una mancha en su territorio.

Su mirada, cargada de un dolor y una furia indescriptibles, se despegó del hombre y se clavó en Milagros.

CHRISTIAN: (Su voz, ahora un susurro roto y peligroso, solo para ella) “¿Qué significa esto?” La pregunta no era una solicitud de información.

Era una acusación, una demanda de rendición de cuentas por la traición que se estaba desarrollando ante sus ojos.

En su mirada ardía la necesidad de una explicación que calmara la tormenta, pero también la certeza de que ninguna explicación sería suficiente para borrar la imagen de ella riendo con otro hombre.

En el supermercado escaló de lo público a lo privado con una violencia abrupta.

Ignorando por completo los gritos de Milagros y las miradas atónitas de los demás clientes, Christian la agarró del brazo con una fuerza brutal.

“¡Suéltame, Christian!

¡Me estás haciendo daño!”, gritó Milagros, sus pies forcejeando contra el suelo pulido, intentando plantar resistencia.

Pero él era demasiado fuerte, su determinación una fuerza de la naturaleza.

La siguió jalando sin miramientos, arrastrándola a través del pasillo hasta la puerta de los baños.

Con un empujón, abrió la puerta del baño de mujeres y la arrojó dentro.

El sonido de la puerta cerrándose de golpe y el picaporte que se accionaba resonaron como un disparo en el espacio reducido.

De repente, el mundo exterior, con sus murmullos y su música ambiental, se desvaneció, replacedo por el zumbido de la luz fluorescente y la opresiva cercanía de su furia.

Una vez dentro, Christian la empujó contra la pared fría de los azulejos, su cuerpo tembloroso pero implacable presionándola contra la superficie, inmovilizándola.

Temblaba de rabia, una vibración sorda que parecía emanar de su núcleo mismo.

Su respiración era pesada y agitada, un fuelle roto que llenaba el pequeño espacio.

CHRISTIAN: (Gruñó, su rostro a centímetros del de ella, sus ojos inyectados en sangre) “¿Cómo pudiste?

¿Cómo pudiste hacerme esto?

¿Después de todo lo que he hecho por ti?” Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que los nudillos crujieron, golpeando la pared a cada lado de su cabeza.

Era un hombre luchando visiblemente por no descargar toda su fuerza sobre ella.

CHRISTIAN: (Su voz era un látigo, cargada de celos y traición) “¿Quién era ese hombre?

¿Qué significaba eso?

¿Qué significaba verlo reírse contigo, tocarte…?” De repente, la furia se quebró por un instante.

Su voz se quebró ligeramente, y por un destello, el dolor crudo y desgarrador que había debajo de la ira quedó al descubierto.

CHRISTIAN: (Casi un susurro quebrado) “Pensé que me amabas.

Pensé que éramos felices juntos.” La miró fijamente, sus ojos escarbando los de ella, buscando desesperadamente una verdad, una grieta, cualquier cosa que explicara la escena que había destrozado su frágil realidad.

CHRISTIAN: (Su voz recuperó un tono bajo y peligroso, una orden final) “Dime la verdad.” La tensión en el baño era tan espesa que se podía cortar.

La respiración agitada de Christian llenaba el pequeño espacio, sus ojos, oscuros y tormentosos, no se separaban de los de Milagros.

La repentina gentileza de sus manos en su rostro, después de la violencia inicial, era desconcertante y llena de una desesperación palpable.

MILAGROS: (Su voz era un hilo de sonido, temblorosa pero clara) “Amor…

te amo.

Y soy tu esposa.

Pero no es lo que piensas.” Christian se congeló.

El fuego en sus ojos no se apagó, pero se mezcló con un destello de confusión, de frágil esperanza.

Sus manos, que acunaban su rostro, se tensaron levemente.

CHRISTIAN: (Repitió lentamente, midiendo cada palabra, su voz era baja y peligrosamente cuidadosa) “¿No es lo que pienso?” Sus manos se deslizaron de su rostro a sus hombros, y ahora la sujetaba con firmeza, no con la intención de herir, sino con el pánico de quien siente que se le escapa algo precioso.

CHRISTIAN: (Exigió, su tono era suave pero implacable, como el acero forrado en terciopelo) “Entonces dime qué es.

Explícame por qué estabas con ese hombre.

Por qué parecías tan…

feliz.” La palabra “feliz” salió de sus labios como una acusación.

Para él, esa felicidad compartida con otro era la mayor de las traiciones.

Se inclinó más cerca, hasta que su frente descansó contra la de ella.

El gesto era íntimo, pero su cuerpo seguía siendo una barrera tensa.

En la penumbra del baño, su voz se redujo a un susurro quebrado que revelaba toda su vulnerabilidad.

CHRISTIAN: (Susurró, la emoción gruesa en su garganta) “Porque desde donde yo estaba, parecía que estabas considerando reemplazarme.” Era el miedo central, el núcleo de toda su paranoia.

No era solo celos; era el terror existencial a ser desplazado, a convertirse en prescindible.

Sus dedos se clavaron ligeramente en sus hombros, una presión que no era dolorosa, sino una necesidad física de afirmar su presencia, de asegurarse de que ella aún estaba allí, sólida y real.

CHRISTIAN: (Su voz se suavizó hasta convertirse en una súplica, un ruego cargado de todo su ser) “Dime que no es así.

Dime que eres mía y solo mía.” En ese momento, ya no era el tirano iracundo que irrumpió en el supermercado.

Era un hombre asustado, rogando por la confirmación de que su mundo, construido alrededor de la posesión de ella, no se estaba desmoronando.

En el baño del supermercado descendió a un abismo de violencia y posesión coercitiva.

La pregunta de Christian, cargada de dolor y paranoia, no obtuvo la respuesta inmediata que su obsesión demandaba, y ese silencio o respuesta insuficiente fue el detonante final.

Christian, movido por una furia ciega que borró cualquier rastro de la vulnerabilidad de momentos antes, la inmovilizó contra el borde frío y duro del lavabo.

Su cuerpo grande y musculos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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