DULCE VENENO - Capítulo 57
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57: El eco de una mirada 57: El eco de una mirada subiendo desde su cuello hasta las puntas de sus orejas.
Puede sentir el aliento frío de él, ver cada detalle de sus ojos rojos, que la observan con una calma desconcertante.
Lansky no retrocede.
Una sonrisa casi imperceptible juega en sus labios.
LANSKY: (Su voz es un susurro sedoso, diseñado para vibrar justo en su espina dorsal) “Si deseas, yo te la compro.
Me gusta mucho ver una sonrisa en tu hermoso rostro.” El ofrecimiento es directo, cargado de una intención que va más allá de la mera cartera.
Es un regalo, un reclamo, un intento de comprar algo más que un accesorio.
El corazón de Stefanny late con fuerza desbocada, un tamborileo frenético que siente en sus oídos.
Un temblor leve e incontrolable recorre sus manos.
La combinación de la sorpresa, la proximidad física y la audacia de su oferta la deja sin aliento.
STEFANNY: (Logra articular, su voz un poco más alta de lo normal, forzando una independencia que no siente del todo) “Gracias, pero…
yo tengo dinero.
Puedo comprarme mis propias cosas.” Es una declaración de autonomía, un intento de establecer un límite.
Pero dicho con las mejillas encendidas y la voz temblorosa, suena más a un desafío nervioso que a una negativa firme.
Se queda paralizada, la cartera aún en la mano, atrapada en el campo gravitacional de Lansky, preguntándose cuándo volverá Marilú del baño y cómo diablos él siempre parece aparecer justo cuando está más vulnerable.
La tensión en el aire de la tienda es palpable.
La declaración de independencia de Stefanny no ha disuadido a Lansky; por el contrario, parece haberlo divertido.
LANSKY: (Su sonrisa se ensancha ligeramente, un gesto que no llega a sus ojos rojos, que permanecen fijos y analíticos) “Sé que eres una mujer poderosa, orgullosa…
pero sabes, a veces esa arrogancia no es buena.” Es una observación, no una crítica.
Como si estuviera estudiando un mecanismo fascinante y un poco defectuoso.
STEFANNY: (Forzando una risa que suena falsa y nerviosa, cruzando los brazos en un gesto defensivo) “Jajaja, si no te gusta cómo soy, te puedes ir.” Es un intento de recuperar el control, de expulsarlo de su espacio.
Pero suena a desafío infantil.
LANSKY: (Emite un “ahhh” exagerado, llevándose una mano dramáticamente al pecho, pero su tono es burlón) “¡Ah, cómo me duelen tus palabras!
Jajaja.” (Su expresión se suaviza en algo más intrigante, más prometedor) “Espero poder vernos otra vez.” No es una despedida.
Es una profecía.
Y entonces, actúa.
Antes de que Stefanny pueda reaccionar o responder, Lansky se acerca.
El movimiento es rápido y fluido.
Desliza la yema de su dedo pulgar con una lentitud deliberada por el labio inferior de Stefanny.
El contacto es breve, apenas un roce, pero es eléctrico.
Su piel es sorprendentemente fría contra el calor de su sonrojo.
No es una caricia de afecto; es una marca, un recordatorio físico de su intrusión.
Y luego, se da la vuelta y se va.
Sin más palabras, desapareciendo entre los pasillos de la tienda con la misma facilidad con la que apareció.
Stefanny se queda paralizada.
El mundo parece recuperar su ritmo normal de golpe, pero ella está anclada en el spot.
Cuando la puerta de la tienda se cierra tras él, se desmorona contra el estante de carteras, el cuerpo súbitamente débil.
Lleva una mano temblorosa a su pecho, donde siente su corazón latir con una fuerza salvaje y desordenada, como un pájaro aterrorizado en una jaula.
Su rostro está completamente sonrojado, ardiendo.
Y en su labio inferior, donde su dedo la tocó, persiste una leve picazón, una sensación fantasma que parece extenderse, recordándole cada milímetro de ese contacto prohibido y profundamente perturbador.
No es dolor.
Es algo mucho más peligroso: es la semilla de una obsesión.
STEFANNY (para sí misma, voz quebrada por la confusión): —”¿Qué… qué fue eso?
Solo un toque… solo un dedo…” (Aprieta el puño contra su pecho).
“¿Por qué mi corazón late así?
¿Por qué no puedo dejar de pensar en él?” [ Cierra los ojos, intentando calmarse, pero solo logra ver su sonrisa burlona, su mirada intensa.
¿Era un juego para él?
¿O algo más?
] El grupo se reúne en la Piazza San Marco, el punto de encuentro, después del descanso.
Stefanny llega con las mejillas aún ligeramente sonrojadas y una energía distraída, aunque intenta disimularlo con su entusiasmo habitual.
Marilú la mira con curiosidad, pero no dice nada.
Christian y Milagros se reintegran, él con la serena autoridad de quien ha resuelto un asunto de billones, ella con su silencio habitual.
La guía Isabella los conduce hacia el muelle donde su lancha privada los espera para un corto viaje hasta su próximo destino: Mantua.
Al llegar, se encuentran frente a una estructura que no es un simple palacio, sino una vasta fortaleza urbana.
GUÍA ISABELLA: (Extendiendo los brazos hacia la imponente fachada) “Bienvenidos al Palazzo Ducale di Mantova.
Pero no lo llamen simplemente ‘palacio’.
Esto es una ciudad-palacio.” (Su tono es enfático) “Un complejo de edificios, corredores, patios y jardines unidos, que fue el corazón del poder de la familia Gonzaga desde el siglo XIV.” Mientras caminan por los vastos patios, Isabella teje la historia con maestría.
GUÍA ISABELLA: “Su historia es la de los Gonzaga.
Aquí, en el Castillo de San Jorge—esa fortaleza del siglo XIV—, se guardaban tesoros que harían palidecer a cualquier museo.
En el siglo XVI, albergaba una colección de pinturas tan soberbia que, cuando su núcleo más valioso fue vendido al rey Carlos I de Inglaterra en 1627, el mismísimo Rubens se asombró.” Hace una pausa dramática.
GUÍA ISABELLA: “Fue una pérdida para Italia, pero esa venta salvó esas obras del saqueo que sufrió Mantua en 1630.
Lamentablemente, la colección del rey inglés se dispersó tras su ejecución.
Hoy, los famosos Triunfos del César de Andrea Mantegna están en la Colección Real británica, y obras como La muerte de la Virgen de Mantegna y La Perla de Rafael terminaron en España, en el Museo del Prado.” La grupo cruza un umbral hacia una sala que parece contener la esencia misma del Renacimiento.
GUÍA ISABELLA: (Bajando la voz a un tono reverencial) “Y esto…
esto es la Camera degli Sposi, o Camera Picta.” (Señala los frescos que cubren paredes y techo) “Obra maestra de Mantegna, dedicada a Ludovico Gonzaga y su esposa.
Fíjense en la ilusión óptica del techo, el ‘oculus’ abierto al cielo…
es puro genio.
Y más allá, frescos de Pisanello sobre leyendas artúricas y un retrato de la familia ducal pintado por el propio Rubens.” Mientras Isabella habla de los arquitectos Bertani y Facciotto, Christian observa los frescos con una mirada calculadora, tal vez valorando el poder y el legado que representan.
Milagros, por un momento, parece genuinamente conmovida por la belleza atemporal, su mirada perdida en los detalles pintados hace siglos.
Stefanny intenta concentrarse, pero su mente revolotea entre los caballeros artúricos de Pisanello y el recuerdo de un dedo frío en su labio.
Marilú, en cambio, absorbe cada dato, conectando mentalmente cada obra maestra mencionada con su ubicación actual y su destino final, construyendo su propio mapa de este tesoro disperso.
El palacio no es solo piedra y pintura; es un espejo que refleja las obsesiones, los sueños y las distracciones de quienes lo recorren.
[Stefanny recorre las galerías del Palacio Ducal de Mantua.
Los frescos en los techos altos, los cuadros barrocos en las paredes de mármol… y en cada uno, él aparece.
En el rostro de un ángel rebelde, en la sonrisa de un noble retratado, en la mirada burlona de un faun esculpido.
Lansky está en todas partes, como un fantasma que se burla de su tranquilidad.] · En “El Triunfo de Baco”, su sonrisa coqueta se esconde entre las hojas de parra.
· En “Retrato de un Joven Noble”, sus ojos parecen seguirla por la sala.
· Hasta en “La Caída de Ícaro”, su mirada irónica la observa desde las nubes.
· Su corazón late como un tambor de
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