DULCE VENENO - Capítulo 58
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58: Desesperación 58: Desesperación · Su corazón late como un tambor de guerra, acelerándose con cada cuadro.
Su rostro se sonroja con un rubor que delata su agitación.Sus manos tiemblan al rozar el frío mármol de las columnas, buscando un apoyo que no encuentra.
STEFANNY (susurrando para sí, mirando un retrato de un joven con su misma sonrisa): —”No es él… solo son pinturas.” (Pero su pulso acelera).
“¿Por qué no puedo dejar de pensar en su tacto?
¿Por qué su mirada me quema así?” [Cierra los ojos, pero detrás de sus párpados solo ve su rostro, su dedo deslizándose en su labio, su voz susurrando:”Espero poder vernos otra vez.” ] El grupo se embarca una vez más en la lancha, dejando atrás la grandeza terrenal de Mantua para regresar al mundo acuático de Venecia.
El destino final de la tarde es uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad: el Puente de Rialto.
Al desembarcar y acercarse al Gran Canal, la vista es emblemática: el majestuoso puente de piedra blanca, arqueándose sobre las aguas verdes, flanqueado por sus característicos comercios.
La guía Isabella se coloca con el puente de fondo, lista para contar la historia de esta maravilla de la ingeniería.
GUÍA ISABELLA: (Señalando el puente) “Ahí lo tienen.
El Ponte di Rialto.
El más antiguo y famoso de los cuatro que cruzan el Gran Canal.
Pero su historia comienza con algo mucho más humilde.” GUÍA ISABELLA: “En 1181, un tal Nicolò Barattieri construyó aquí el primer cruce: un puente flotante de pontones llamado Ponte della Moneta, por la ceca que había cerca.
Imagínenselo, inestable, movedizo.” Hace un gesto con las manos, simulando el balanceo.
GUÍA ISABELLA: “Con el crecimiento del Mercado de Rialto, el tráfico aumentó.
Hacia 1250, lo reemplazaron por un puente de madera con una parte central móvil que se alzaba para dejar pasar los barcos.
Y aquí viene un detalle muy veneciano: le añadieron tiendas a los lados.
Los impuestos de esos locales ayudaban a mantener el puente.
Era un negocio…
y una necesidad, porque el puente de madera sufrió mucho.
Se incendió en 1310 durante una revuelta y, lo que es más increíble, se derrumbó en 1444 por el peso de la multitud que se agolpó para ver un desfile de barcos.” Varios en el grupo, especialmente Stefanny, miran el puente con nuevos ojos, imaginando el caos de su colapso.
GUÍA ISABELLA: “La idea de construirlo en piedra surgió en 1503.
Las autoridades pidieron propuestas y recibieron diseños de arquitectos de la talla de Miguel Ángel, Palladio y Sansovino.
Pero todos proponían múltiples arcos, un estilo clásico que se consideró inadecuado.” MARILÚ: (Asintiendo, fascinada) “¡Es verdad!
Un solo arco era un desafío mucho mayor.” GUÍA ISABELLA: “Exactamente.
El ganador fue Antonio da Ponte.
Entre 1588 y 1591, construyó este puente de un solo arco que ven hoy, inspirándose en la forma del viejo puente de madera: dos rampas con tiendas que se encuentran en el centro.
Se apoya en 600 pilotes de madera clavados en el fondo de la laguna.
El diseño fue tan audaz que el arquitecto Vincenzo Scamozzi predijo su ruina.” Una sonrisa de triunfo se dibuja en su rostro.
GUÍA ISABELLA: “Pero aquí sigue, desafiando a escépticos y al tiempo mismo.
Y una curiosidad final: parece un arco rebajado, una innovación, pero en realidad es un arco de medio punto perfecto.
Lo que pasa es que las dovelas basales están ocultas bajo la línea de agua, creando una ilusión de modernidad que ya tiene más de cuatro siglos.” El grupo observa el puente con una nueva apreciación.
No es solo una bonita postal; es un testimonio de la osadía veneciana, un equilibrio perfecto entre el comercio, la ingeniería y el arte, que se ha mantenido en pie, firme sobre sus 600 pilotes, mientras el mundo a su alrededor cambiaba.
En el Puente de Rialto se convierte en un torbellino interno de desesperación y emociones conflictivas para Stefanny.
La multitud de turistas, los vendedores y la majestuosidad del Gran Canal se desdibujan hasta convertirse en un simple fondo borroso.
Stefanny está paralizada en su lugar, sus dedos aferrados con fuerza a la barandilla de piedra del puente.
A lo lejos, entre el flujo constante de personas, está Lansky.
Él no la ha visto aún; está absorto, su perfil pálido y elegante vuelto hacia el cielo veneciano, como si buscara algo entre las nubes.
Su simple presencia actúa como un imán, tirando de un hilo invisible atado directamente al centro de su pecho.
Entonces, sucede.
Lansky gira la cabeza lentamente.
Sus ojos rojos, tan intensos incluso a la distancia, barren la multitud y, por un azar del destino o por una conexión palpable, se clavan en los de ella.
Y entonces, sonríe.
No es una sonrisa amplia y abierta, sino esa sonrisa lenta, knowing y ligeramente burlona que la desarma por completo.
Stefanny siente que el suelo cede bajo sus pies.
Un sonrojo abrasador le inunda el rostro, tan intenso que casi le duele.
Su corazón no late, sino que se convulsiona en su pecho, un tambor frenético y desordenado que parece gritar su nombre.
Lansky.
Lansky.
Lansky.
Él da media vuelta y comienza a alejarse, mezclándose con la corriente de gente.
Y es entonces cuando su cuerpo traiciona a su mente.
“¿Qué le pasa a mi cuerpo?”, piensa, con un pánico creciente.
“No me responde.” Sus pies se mueven por mente propia.
Sin que ella lo decida conscientemente, da un paso adelante.
Luego otro.
Es una fuerza autónoma, un instinto primal más fuerte que su orgullo, más fuerte que su miedo.
Sus piernas, que sentía pesadas como plomo segundos antes, ahora se mueven con una determinación nerviosa.
Lansky se aleja, y la distancia entre ellos aumenta.
Una desesperación aguda se apodera de ella, afilada y fría.
STEFANNY: (En su mente, su voz interior es un grito silencioso y desgarrado) “¡No te vayas!
Por favor, no te vayas.
Quédate aquí…
conmigo.” La súplica es visceral, nacida de una confusión de emociones que no puede—o no quiere—nombrar.
Atracción, curiosidad mórbida, el desafío que representa, la peligrosa promesa de su presencia.
Sus pies comienzan a moverse más rápido, casi trotando, esquivando turistas distraídos.
Ya no es un movimiento autónomo; es una carrera contra el tiempo, contra su propia resistencia.
Lansky sigue caminando, con su paso tranquilo y seguro, como si no sintiera la tormenta que está causando a sus espaldas.
No acelera, no mira atrás.
Es la calma que alimenta el caos de ella.
La desesperación se mezcla con la frustración.
Cada paso que él da es una puerta que se cierra.
Cada latido de su corazón es un recordatorio de su propia vulnerabilidad.
Quiere gritar su nombre, pero la dignidad, o el miedo al rechazo, mantienen su boca cerrada.
Sólo sus pies, movidos por una voluntad que no es la suya, hablan por ella, persiguiendo al fantasma de ojos rojos que ha logrado fracturar su mundo con una sola sonrisa y el roce de un dedo.
Es una escena de pura y conflictiva agonía, donde el deseo y el orgullo libran una guerra silenciosa en el corazón del puente más famoso de Venecia.
En el Puente de Rialto adquiere la textura de un sueño lento y doloroso.
La desesperación de Stefanny se convierte en algo tangible, un peso frío en el estómago que se extiende hasta sus extremidades.
El carro negro y elegante se detiene al final del puente, junto al canal.
Es la materialización de lo inevitable.
Lansky camina hacia él con su paso seguro y despreocupado, sin una mirada atrás, como si ya supiera que ella estaría allí, observando, paralizada.
Stefanny lo ve alejarse y algo se rompe dentro de ella.
La fuerza autónoma que movía sus pies se transforma en un impulso desesperado.
Comienza a correr más rápido, esquivando cuerpos, murmurando “permiso” con una voz quebrada que nadie escucha.
Su respiración es un jadeo entrecortado, sus ojos, vidriosos, están fijos en la espalda impecable de ese traje oscuro.
P
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