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DULCE VENENO - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 Chófer
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59: Chófer 59: Chófer Pero la multitud es una marea implacable.

Cada turista es un muro, cada grupo una barrera.

Empuja, se abre paso, pero solo logra ver, entre cabezas y hombros, cómo la espalda de Lansky se aleja, cada vez más distante, cada vez más inalcanzable.

Y entonces, el momento crítico.

Lansky sube al carro.

La puerta se cierra con un sonido sordo que, para Stefanny, resuena como un portazo.

Ella se detiene en seco.

El mundo alrededor de ella se detiene.

El murmullo de la gente, el rumor del agua, los gritos de los vendedores…

todo se desvanece en un zumbido lejano.

Sus ojos, wide abiertos y llenos de un dolor creciente, siguen el carro negro que se aleja por el molo, mezclándose con el tráfico hasta convertirse en un punto indistinto y luego en nada.

Es entonces cuando lo siente: un dolor agudo y profundo en el pecho, como si alguien hubiera extraído algo vital de su interior.

No es metafórico; es una punzada física de pérdida y vacío.

Lleva una mano temblorosa a su pecho, apretando la tela de su vestido sobre el corazón que late con furia contra sus costillas, como si protestara por la partida.

STEFANNY: (Sus palabras son un susurro quebrado, arrastrado por el viento que viene del canal) “Es lo mejor…

seguro.

No es el destino.” Es un intento de racionalizar, de protegerse.

Pero la verdad, cruda y dolorosa, se abre paso a través de la grieta que él dejó.

STEFANNY: (Una risa amarga, casi un sollozo, se le escapa) “Seguro el destino me dice que el amor no es para mí.

Jajaja…” La risa suena falsa y hueca, y se transforma al instante en un llanto silencioso pero convulsivo.

Las lágrimas cauden por sus mejillas sin que ella intente detenerlas, salpicando la piedra milenaria del puente.

No es solo la tristeza por verlo irse; es una nostalgia profunda por algo que nunca tuvo, por la promesa de una intensidad que apenas vislumbró y que ya le fue arrebatada.

Es el duelo por un futuro posible que se esfumó en un instante, dejándola sola, en medio de la multitud, con el eco de su propia risa amarga y la certeza desgarradora de que, tal vez, tenía razón.

La escena que Stefanny encuentra al regresar es un puñalazo directo al corazón ya dolorido.

Bajo la tenue luz de la tarde veneciana, Christian está de pie, impasible como una estatua, con Milagros dormida y completamente entregada en sus brazos.

Su cabeza descansa contra su hombro, su cuerpo se mece ligeramente con su respiración.

Es una imagen de posesión absoluta, de un amor protector que raya en lo obsesivo, pero que en este momento, para los ojos de Stefanny, parece la encarnación misma de la devoción.

Ella siente ese dolor en el pecho intensificarse, transformándose en una punzada de anhelo tan agudo que casi le quita el aliento.

Quiere eso.

Quiere ser amada con esa intensidad feroz, con esa protección abrumadora, con esa sensación de ser el centro absoluto del universo de alguien, incluso con sus sombras.

Con la voz un poco temblorosa, se acerca.

STEFANNY: “Papi…

deberías llamar al carro para irnos.

Te puedes cansar.” Es una preocupación genuina, pero también un intento de racionalizar una escena que le parece a la vez hermosa y dolorosa.

Christian la mira, y por un raro instante, no hay furia en sus ojos, solo una determinación serena y profunda.

CHRISTIAN: “No te preocupes, hija.

Soy más fuerte de lo que parezco para mi edad.” (Ajusta suavemente su agarre sobre Milagros, como si temiera que fuera a desvanecerse) “Y además…

quiero tenerla así.

No quiero que nada le pase.” La declaración es simple, pero cargada de un significado que Stefanny comprende demasiado bien.

Es la esencia de su padre: el control como una forma de amor.

Luego, su tono se vuelve práctico, pero no deja de ser una orden.

CHRISTIAN: “Tú ve con Marilú a pasear un rato más si quieren.

Yo me la llevo al hotel.

Está haciendo frío y no quiero que se resfríe.” No es una sugerencia.

Es el patriarca decidiendo el curso de la noche.

Él se retira a la fortaleza de su hotel con su tesoro, priorizando su bienestar—o su posesión—sobre cualquier otro plan.

Mientras Christian se aleja cargando a la dormida Milagros, Stefanny se queda mirándolos.

La imagen del hombre poderoso protegiendo a su amada se graba a fuego en su mente, contrastando brutalmente con la desgarradora imagen de Lansky subiendo a ese carro y desapareciendo de su vida.

El eco de sus propias palabras—”seguro el destino me dice que el amor no es para mí”—resuena con una amarga verdad.

Ve el amor que anhela, tangible y cercano, pero irrevocablemente dirigido hacia otra persona, mientras el suyo se escapa entre la multitud de un puente, dejándola con las manos vacías y un frío que nada tiene que ver con el aire veneciano.

El chófer abre la puerta con una deferencia casi reverencial.

Christian, con una concentración de cirujano, entra con cuidado, moviéndose con una lentitud inusual para no alterar el sueño de Milagros, quien yace plácidamente dormida en sus brazos, ajena al mundo.

Se sienta, acomodándola como si fuera de cristal, y su voz es un susurro grave y sereno.

CHRISTIAN: “Llévame al hotel, por favor.

Y con cuidado.

No quiero lastimar a mi esposa.” La orden es clara.

La prioridad absoluta es la comodidad y seguridad de Milagros.

CHÓFER: (Asintiendo, encendiendo el motor con suavidad) “No se preocupe, jefe.

Los llevaré a salvo.” El viaje comienza con la suavidad de un deslizamiento.

Pero Venecia, incluso para los ricos, tiene sus imprevistos.

Un semáforo cambia a rojo más rápido de lo esperado.

El chófer, quizás distraído por la presión, frena abruptamente.

El cuerpo inerte de Milagros se mueve por inercia, golpeándose levemente la frente contra el respaldo del asiento delantero.

Es un impacto suave, pero suficiente.

La reacción de Christian es instantánea y visceral.

Un grito ahogado se le escapa.

“Cariño…” Agarra el rostro de Milagros con ambas manos, con una ternura desesperada, revisando si hay algún daño.

Ella murmura algo ininteligible en su sueño, pero no despierta.

Esa ternura se transforma en nanosegundos.

La furia se apodera de él, una ola roja que borra toda racionalidad.

Golpea el sillón delantero con una fuerza bestial, haciendo que todo el vehículo vibre.

CHRISTIAN: (Exclama, su voz ya no es un susurro, sino un estruendo cargado de ira pura) “¡TE DIJE QUE TIVIERAS CUIDADO, IDIOTA!

¡MANEJA BIEN!” El chófer, que ya se sentía mortificado, se golpea la frente con el volante por la fuerza del impacto.

El dolor físico se mezcla con el terror en sus ojos al mirar por el espejo retrovisor y ver la mirada asesina de Christian.

CHÓFER: (Con la voz quebrada y apresurada, frotándose la frente) “¡Sí, lo haré!

¡Perdóneme, jefe!” El resto del viaje transcurre en un silencio tenso y mortal.

El chófer conduce como si manejara sobre cáscaras de huevo, cada cambio de marcha es una disculpa, cada frenada una plegaria.

Christian, en la parte trasera, mantiene a Milagros abrazada con ferocidad, sus ojos clavados en la nuca del chófer, prometiendo un castigo futuro con su silencio.

La paz de Milagros, ahora protegida por un abrazo que es a la vez un escudo y una cadena, contrasta brutalmente con la tormenta de violencia que acaba de desatarse por su bienestar.

La escena es un estudio de contrastes brutales, una danza entre la devoción más extrema y la crueldad más fría.

Dentro del coche, con la luz de los faros pintando rayas sobre sus rostros, Christian realiza un acto de minucioso cuidado.

Con sumo cuidado, como si desactivara una bomba, le quita los tacones a Milagros.

Cada movimiento es calculado, lento, procurando no despertarla.

Es un gesto de una intimidad profunda, el amante o el sirviente, borrando cualquier rastro de incomodidad de su sueño.

Al llegar al hotel, el chófer, con el pánico aún grabado en sus ojos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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