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DULCE VENENO - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 Alcohol
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60: Alcohol 60: Alcohol Al llegar al hotel, el chófer, con el pánico aún grabado en sus ojos y la frente enrojecida, se apresura a abrir la puerta.

Su voz es un hilo tembloroso de miedo.

CHÓFER: “Perdóneme, jefe.

No volverá a pasar.” Christian se gira lentamente.

La luz del hotel ilumina su perfil, pero no puede calentar la mirada que lanza al chófer.

Es una mirada que hiela la sangre, plana y vacía de toda emoción excepto una promesa silenciosa de dolor.

No hay gritos esta vez.

Su voz es un siseo venenoso, cargado de un desprecio absoluto.

CHRISTIAN: “No me hables.

Y no quiero verte.” Las palabras son un destierro.

El chófer, humillado y aterrado, se inclina profundamente, un gesto de sumisión total.

Christian lo ignora por completo, como si hubiera dejado de existir.

Al salir del coche, la transformación es inmediata.

Su cuerpo se ajusta, y carga a Milagros en sus brazos con una ternura renovada.

Es el guardián, el esposo devoto.

Entra al hotel, atravesando el lobby silencioso bajo la luz tenue de las lámparas de pared.

Milagros descansa plácidamente en sus brazos, su cuerpo moldeándose contra el de él.

La postura es nítidamente nupcial, la novia siendo llevada en brazos a través del umbral de su nuevo hogar.

En su sueño, un instinto de profunda confianza la hace rodear suavemente el cuello de Christian con sus brazos, un abrazo inconsciente pero lleno de cariño.

Él, por su parte, sostiene sus piernas con firmeza, un ancla en la noche.

Y en su mano libre, cuelgan los tacones de Milagros.

No son solo zapatos.

En este contexto, son un símbolo potentísimo: la fragilidad y la belleza que él ha decidido proteger con su vida, con su furia, con toda la oscuridad que habita en él.

Es la imagen perfecta de su amor: un idilio gótico donde la devoción y la posesión son dos caras de la misma moneda, y donde cualquier amenaza, por mínima que sea, es aplastada con la frialdad de un verdugo.

La habitación del hotel está sumida en un silencio sagrado, solo roto por la respiración profunda y pareja de Milagros.

La furia del coche ha quedado atrás, disipada en la quietud de la noche, replaceda por una devoción profunda y serena.

Christian, con movimientos que son un susurro en sí mismos, abre la puerta de la habitación con suavidad.

Avanza hacia la cama grande y, con la fuerza controlada de quien maneja el bien más preciado, deposita a Milagros con sumo cuidado sobre las sábanas de algodón egipcio.

Se inclina, asegurándose de que esté cómoda, arropándola levemente con la manta antes de dar el siguiente paso.

Se dirige al armario empotrado y abre las puertas de madera pulida.

De dentro, saca no cualquier pijama, sino un conjunto clásico de dos piezas.

La camisa de manga larga con botones de nácar y el pantalón largo están confeccionados en una seda burdeos rica y vibrante.

El color no es casual; es la encarnación de su pasión y de la elegancia lujosa que exige para ella.

Con una delicadeza que raya en lo reverencial, se acerca a Milagros y, con manos sorprendentemente hábiles y suaves, comienza a quitarle la ropa.

Cada botón es desabrochado con paciencia infinita, cada prenda es deslizada con una lentitud calculada para no despertarla.

Es un ritual de intimidad y cuidado absoluto.

Luego, toma el camisón corto de tirantes delgados que acompaña al pijama, de la misma seda burdeos brillante, con un sutil fruncido en el bajo que añade un toque de gracia.

Se lo coloca con la misma ternura, vistiéndola para la noche como si fuera una dama de la más alta alcurnia.

Una vez que Milagros está vestida con su pijama elegante, Christian se sube a la cama con cuidado.

No se acuesta frente a ella, sino que se acurruca detrás, moldeando su cuerpo al contorno del suyo.

La abraza por la espalda, su brazo fuerte pero gentil rodeando su cintura, y entrelaza sus piernas con las de ella en un gesto íntimo y profundamente protector.

El agotamiento físico y emocional de la noche lo vence rápidamente.

Se queda dormido casi de inmediato, su respiración sincronizándose con la de Milagros.

En su último pensamiento consciente, no hay rastro de celos o ira, solo la calidez y la suavidad de Milagros contra su cuerpo, y la certeza primordial de que ella está a salvo, protegida, y es profundamente amada dentro del círculo de sus brazos.

Es la escena culminante de un amor posesivo, donde la protección no es una opción, sino una ley natural de su universo.

En el Piccolo Mondo Disco es un estallido de luces estroboscópicas y ritmo pulsante, un contraste violento con la serenidad del hotel.

Stefanny y Marilú están en una mesa alta cerca de la pista, un oasis de relativa calma en medio del caos danzante.

Sobre la mesa, varios vasos vacíos y un par de cócteles coloridos dan testimonio de la noche.

Stefanny sostiene un nuevo trago con determinación, sus ojos un poco vidriosos.

Marilú la observa con creciente preocupación.

MARILÚ: (Alzando la voz para superar la música) “¡Amiga, llevas tomando mucho!

¡No es bueno!” Su tono es de genuina alarma.

Ella, siempre analítica, ve el patrón autodestructivo.

STEFANNY: (Con un gesto de desdén, bebe un largo sorbo) “¡¿Qué más da?!

¡Soy joven!

¡Quiero disfrutar de mi juventud!” (Golpea la mesa con la base del vaso) “¡Vamos, sigue!

¡Pidamos más tragos!

¡Quiero tomar y tomar!” Su voz es una mezcla de euforia forzada y desesperación.

No está bebiendo por diversión; está intentando ahogar algo.

El recuerdo de la sonrisa de Lansky, la sensación de su dedo en su labio, la imagen de su padre cargando a Milagros…

todo se mezcla en un cóctel tóxico que busca diluir con alcohol.

Marilú no responde de inmediato.

Sigue la mirada de Stefanny, que se ha clavado en la pista de baile.

Allí, varias parejas se mueven juntas, sonriendo, encerradas en su propio mundo de felicidad.

Esa imagen, que para la mayoría es un símbolo de diversión, para Stefanny en este momento es un recordatorio de lo que anhela y no tiene, de lo que perdió en el puente.

Al ver la expresión de su amiga, Marilú chasquea los dientes con frustración.

Es un gesto raro en ella, de impotencia.

Sabe que las palabras no llegan.

Con un suspiro resignado y un intento de solidaridad tal vez poco sabio, agarra su propio trago y lo toma de un solo trago, como diciendo ‘si no puedo detenerte, al menos no estarás sola en esto’.

Es una escena cargada de tristeza juvenil.

La música alta y las luces brillantes no pueden ocultar el vacío que Stefanny intenta llenar a golpes de alcohol, con Marilú como testigo preocupado y cómplice a la fuerza, ambas atrapadas en una noche que prometía diversión pero que se está tornando amarga.

Piccolo Mondo Disco da un giro violento y bochornoso.

La música techno retumba, pero para Stefanny, el mundo se ha reducido a un túnel borroso.

El alcohol ha nublado su juicio y exacerbado su dolor hasta un punto de ruptura.

De repente, entre el mar de caras anónimas, ve a alguien entrar.

La silueta, la estatura, algo en la forma de moverse…

En su mente intoxicada, ve el rostro de Lansky.

Un fogonazo de rabia, anhelo y desesperación la recorre.

Sin pensarlo, se aleja tambaleándose de la mesa, cruzando la pista con determinación torpe.

Marilú intenta agarrarla del brazo.

“¡Stefa, no!”, grita, pero es demasiado tarde.

Stefanny se abalanza sobre el desconocido.

Agarra al chico por el cuello de su camisa con una fuerza sorprendente, arrinconándolo contra la pared.

El joven, completamente desconcertado y asustado, levanta las manos en señal de paz.

STEFANNY: (Su voz es un grito ronco, entrecortado por el llanto y la furia) “¡Oye, tú!

¡Idiota!

Te llamaba y no me hacías caso…

¡Sabes que soy una mujer orgullosa y arrogante!” Las lágrimas comienzan a caer por sus mejillas, mezclándose con el rímel.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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