DULCE VENENO - Capítulo 62
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62: Beso 62: Beso Pero dentro de la habitación de Stefanny y Marilú, reina un crepúsculo artificial.
El éxtasis y la locura de la noche anterior se han convertido en una resaca palpable.
Stefanny se despierta con un gemido, agarrándose la cabeza con ambas manos como si intentara evitar que se partiera en dos.
STEFANNY: (Con la voz ronca y quejumbrosa) “Por Dios…
me duele la cabeza.” Cada palabra le retumba dentro del cráneo.
Marilú, que parece haber capeado mejor la tormenta alcohólica—o al menos es más estoica—, ya está semi-incorporada.
Con la previsión de quien conoce los excesos, le alcanza un vaso alto con un líquido turbio y verdoso.
MARILÚ: (Su voz es suave, práctica) “Toma.
Este jugo para la resaca.
Te ayudará mucho.” (Hace una pausa, escuchando el silencio del suite contiguo) “Christian y Milagros todavía no salen de la habitación.
Siguen durmiendo.” La información es un pequeño consuelo; al menos no tendrán que enfrentar la mirada escrutadora de su padre en este estado.
Stefanny toma el vaso con desconfianza, bebe un sorbo y hace una mueca de profundo disgusto.
STEFANNY: (Con gesto de asco) “Seguro están cansados…
Este jugo sabe feo.” (Empuja el vaso aside y se hunde más en las almohadas, girándose hacia la ventana) “Cierra las cortinas…
Vamos a dormir un poco más.” Es una orden débil, una súplica.
La luz es su enemiga.
Marilú, sintiendo el mismo agotamiento visceral en sus huesos, no necesita que se lo pidan dos veces.
Se levanta con movimientos lentos y cierra por completo las pesadas cortinas, sumiendo la habitación en una oscuridad profunda y acogedora.
MARILÚ: (Susurrando mientras se deja caer de nuevo en la cama) “De acuerdo…
yo también estoy cansada.” No se dicen nada más.
El silencio y la penumbra se convierten en su bálsamo.
Afuera, Venecia despierta, pero dentro de esta habitación, el tiempo se suspende.
Dos amigas, unidas por la resaca y los recuerdos de una noche que fue a la vez liberadora y dolorosa, se rinden juntas al sueño reparador, dejando atrás, por unas horas más, las complejas dinámicas familiares y los ecos de un amor esquivo.
La tarde en el lobby del San Clemente Palace se transforma en una pasarela no anunciada con la llegada de Christian y Milagros.
Su entrada es un espectáculo de poder y elegancia calculada.
Christian espera de pie, emanando una autoridad silenciosa.
Su abrigo largo negro fluye con su movimiento, un manto de seriedad sobre el traje gris impecablemente entallado.
El cuello de tortuga negro debajo añade un toque de modernidad minimalista que es a la vez sofisticado y levemente intimidante.
No necesita alzar la voz; su presencia física es suficiente.
Las chicas que caminan por el lobby, ya sean invitadas del hotel o turistas que se cuelan para echar un vistazo, no pueden evitar mirarlo.
Susurran entre ellas, se sonrojan y lanzan miradas furtivas, capturadas por la combinación de su imponente figura y su estilo severamente elegante.
Pero es la llegada de Milagros la que sella la escena.
Ella desciende con una calma glacial, su atuendo una obra maestra de alta costura estructurada.
La blusa negra de satín con sus mangas abullonadas proporciona un volumen romántico que contrasta con la severidad del chaleco gris cruzado y ceñido que lleva encima.
El broche de YSL dorado es el faro que confirma el linaje de lujo del conjunto.
Sus pantalones negros de corte ancho fluyen como ríos de tela oscura hasta el suelo, creando una silueta larga y esbelta.
Cada accesorio es una declaración: las gafas de sol YSL de ojo de gato que ocultan su mirada y añaden un aura de misterio, el icónico bolso Kelly de Hermès que descansa en su brazo como un trofeo, los botines de charol de tacón aguja que clican con autoridad sobre el mármol.
El aroma de un perfume YSL—quizás el intenso y adictivo Black Opium—la precede y la sigue, una nube invisible de lujo.
Y en sus muñecas y dedos, el destello frío del diamante grande y el brillo del oro de su reloj y pulsera hablan de un valor que trasciende lo monetario; es el valor de ser la elegida, la posesión más preciada del hombre más poderoso de la habitación.
Juntos, forman una imagen abrumadora.
Él, la fuerza oscura y protectora; ella, la joya exquisitamente tallada y exhibida.
No es solo que estén bien vestidos; es que encarnan una dinámica de poder y belleza que es imposible de ignorar, turning el lujoso lobby en su propio escenario privado donde todos los demás son meros espectadores.
En el lobby, la mano de Christian no descansa sobre la cintura de Milagros; se posa en la parte baja de su espalda con una firmeza que es a la vez un gesto de posesión y un recordatorio silencioso de su control.
Su voz es suave, pero lleva un filo de acero.
CHRISTIAN: “Amor, vamos de paseo.
Tengo una sorpresa para ti que te va a gustar.” MILAGROS: (Su voz es un poco vacilante, consciente de las expectativas) “Pero…
Stefanny y Marilú todavía no bajan.” La objeción es débil, y Christian la aplasta al instante.
Su mano aprieta ligeramente su cintura, no con dolor, sino con una presión que transmite impaciencia y autoridad.
CHRISTIAN: (Su tono se oscurece, perdiendo su falsa dulzura) “Ellas están dormidas.
Y además, no son niñas.” (Su mirada se intensifica, fija en ella) “Vamos.
No me gusta que me den un ‘no’.” La frase final no es una petición; es una advertencia.
Un recordatorio de las consecuencias de desafiar su voluntad.
Después de un largo viaje en silencio, el coche se detiene.
No es un parque cualquiera, sino un claro privado y aislado, donde la naturaleza parece contener la respiración.
El picnic que Christian ha montado es una obra de arte de romance gótico.
La manta de color crema se extiende como un island pálido en la oscuridad del césped.
Las ramas del gran árbol no solo dan sombra; se enredan sobre ellos como brazos protectores y atrapantes, adornadas con luces cálidas que parpadean como luciérnagas cautivas, creando una atmósfera a la vez acogedora y mágica, pero también un tanto claustrofóbica.
Las cestas de mimbre, los cojines blancos, la fruta perfecta (cerezas rojas y jugosas como gotas de sangre) y las velas dentro de faroles son meticulosos, controlados.
No hay lugar para el desorden o la espontaneidad.
Es la belleza perfecta y un tanto inquietante de una jaula decorada con exquisito gusto.
Christian realiza cada gesto con una devoción ritualística.
Ayuda a Milagros a quitarse los zapatos, no como un acto de servilismo, sino como un amo cuidando de su posesión más valiosa.
La sienta con cuidado sobre los cojines, como si fuera una porcelana fina, y se sienta a su lado, su presencia física una barrera entre ella y el mundo exterior.
MILAGROS: (Su voz es un susurro, genuinamente conmovida por la belleza siniestra del lugar) “Está hermoso…
y relajante.
Me encanta.” Es en este momento de vulnerabilidad y belleza que Christian ejecuta su movimiento más calculadora .
Toma su mano y la besa, pero no es un beso casual.
Sus labios se posan sobre su piel con una lentitud deliberada, y su mirada se clava en la de ella con una intensidad que es casi violenta.
CHRISTIAN: (Su voz es un zumbido bajo y cargado) “Me alegra que te guste.
Lo hice para ti.” La frase suena a amor, pero en el contexto de su dinámica, es una afirmación de propiedad.
Todo esto, esta perfección oscura y romántica, existe porque tú eres mía.
Y porque eres mía, mereces esta belleza, pero también estás atrapada en ella.
Es la esencia del dark romance: un amor que es a la vez un refugio y una prisión, tan hermoso y elaborado como peligroso de abandonar.
Cristhian: (Con una voz suave, pero cargada de una autoridad inquietante.
Sostiene una cereza roja y sanguinolenta entre sus dedos).
La boca, Milagros.
Ábrela.
Milagros: (Lo mira, titubeante.
Sus ojos reflejan una mezcla de sumisión y un
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