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DULCE VENENO - Capítulo 63

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  4. Capítulo 63 - 63 Picnic
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63: Picnic 63: Picnic Sus ojos reflejan una mezcla de sumisión y un miedo que ya ni siquiera intenta ocultar).

Cristhian, por favor, no tengo hambre…

Cristhian: (Su sonrisa no llega a sus ojos, que permanecen fríos y fijos en ella).

No era una petición, preciosa.

Vamos.

Come.

No has tomado desayuno, y no voy a permitir que te marchites.

(Se acerca más, invadiendo su espacio).

Por mí.

(Milagros abre ligeramente la boca, cediendo.

Él coloca la cereza en su lengua.

Al morderla, un jugo rojo como sangre mancha sus labios).

Cristhian: (Su mirada se oscurece, clavada en sus labios húmedos.

La mancha roja lo hipnotiza.

Traga saliva con fuerza, su mandíbula se tensa).

¿Ves?

Sabía que te gustaría.

Milagros: (Con una voz temblorosa, intentando normalizar la situación).

Está…

deliciosa.

(Se lame los labios lentamente, limpiando el jugo.

Luego, sin apartar la vista de él, lleva el dedo de Cristhian, que sostuvo la fruta, a su boca y lo chupa suavemente).

(Cristhian la observa, y algo se rompe en su interior.

La provocación, la inocencia perversa del acto, enciende su lado más oscuro.

Una sonrisa lenta y cruel, una sonrisa que no promete nada bueno, se dibuja en su rostro).

Cristhian: (Su voz es un susurro áspero y posesivo).

Eres tú la que está deliciosa.

(De repente, su mano se enreda con fuerza en su nuca, tirando de ella sin delicadeza.

Su otra mano se clava en su cintura, acercándola con violencia contra su cuerpo.

Su boca captura la de ella en un beso que no es de amor, sino de conquista.

Es salvaje, devorador.

Su lengua invade su boca, un territorio que reclama como propio, sin piedad).

Milagros: (Emite un gemido ahogado.

Sus manos se aferran a sus hombros, no para empujarlo, sino para sostenerse.

Sus ojos se llenan de lágrimas silenciosas que comienzan a resbalar por sus mejillas.

La falta de aire la marea, ve puntos negros).

C-Cristhian…

(Suplica entre besos, sin poder separarse).

No puedo…

respirar…

Cristhian: (Aparta sus labios solo un milímetro, su aliento caliente mezclándose con el de ella.

Sus ojos, velados por la obsesión pura, devoran su rostro pálido y lloroso).

No necesitas respirar.

(Su voz es un rugido ronco).

Solo me necesitas a mí.

Ahora cállate y recibe lo que es tuyo.

(Y vuelve a descender sobre ella, sellando su boca de nuevo con un beso aún más profundo y desesperado, borrando cualquier rastro de resistencia, ahogando sus lágrimas en una demostración de posesión absoluta.

Para él, sus lágrimas no son una señal de parar, sino la prueba de que, finalmente, está llegando a lo más hondo de su ser).

Milagros: (Susurrando, con la fresa aún rozando sus labios.

Su risa es nerviosa, coqueta).

Aquí, amor…

para ti.

(Él acepta la fresa con los ojos fijos en ella, mordiéndola sin apartar la mirada.

El jugo mancha ligeramente su labio.

Milagros se inclina, su dedo pulgar acaricia ese labio con una ternura que contrasta con la intensidad de la mirada de él).

Milagros: (Su voz es un hilo de seda, juguetona pero con un deje de alarma).

Cristhian…

amor…

estamos afuera.

Recuerda, esto es un picnic.

Cualquiera podría…

Cristhian: (Interrumpe su suplica, enterrando su rostro en el cuello de ella.

Sus labios se posan sobre su piel con una devoción que estremece.

Su voz es un eco grave y persuasivo contra su garganta).

Nadie nos verá.

El mundo termina donde termina mi vista.

Y tú…

estás en el centro de él.

Milagros: (Una sacudida recorre su espina dorsal.

Arquea el cuello, una entrega involuntaria, pero su mente lucha).

Amor, no…

no podemos.

No aquí.

Es público.

(Cristhian se separa solo unos centímetros.

No hay enfado en sus ojos, solo una certeza glacial.

Una sonrisa casi imperceptible, peligrosa, se dibuja en sus labios.

Chasquea los dedos, un sonido seco que corta la brisa).

(De la nada, varios guardias de negro emergen del entorno, formando un muro vivo e impasible alrededor de la manta, dándoles la espalda, creando una fortaleza privada e instantánea).

Cristhian: (Su voz es ahora una caricia oscura, cargada de triunfo y posesión).

Ya no estamos afuera, preciosa.

Ahora…

esto es solo nuestro.

(Sin darle tiempo a reaccionar, su boca captura la de ella en un beso que no pide, sino que toma.

Sus manos, que antes acariciaban, ahora trabajan con determinación en los botones de su blusa, desvelando la piel que anhela.

El “picnic” ha terminado.

Lo que comienza ahora es el banquete de su obsesión).

Milagros: (Un gemido ahogado se escapa entre el beso.

Sus manos se aferran a sus hombros, no para detenerlo, sino para anclarse en el torbellino de una pasión que no conoce límites, ni siquiera los de la decencia pública.

En sus ojos, una lágrima se mezcla con la rendición.

Él ha vuelto a redefinir su realidad).

Cristhian bajó el sostén con un movimiento brusco, el broche metálico chasqueó y la tela cedió, liberando los senos de Milagros ante su mirada.

El aire frío de la noche les acarició, erizando sus pezones.

Un grito entrecortado escapó de sus labios cuando Cristhian se aferró a uno de ellos, su boca húmeda y caliente succionando con una fuerza voraz.

Un mordisco suave, casi imperceptible, envió sacudidas de placer y dolor directamente a su núcleo.

“Ahh…

para…

Por favor…” Milagros gimió, pero sus manos ya se enredaban en el cabello plateado de Cristhian, atrayéndolo más cerca, su propio cuerpo traicionándola.

Milagros arqueó la espalda sobre la manta, un gemido ahogado escapando de su garganta mientras el dedo de Cristhian se deslizaba en su cálida humedad.

Sus paredes internas se apretaron alrededor del intruso, su cuerpo reaccionando con una intensidad que su mente luchaba por negar.

“No…

No podemos…

esto está mal…” Milagros jadeó, sus palabras vacías de convicción, apenas un susurro.

Sus caderas se movieron instintivamente contra la mano de Cristhian, buscando más fricción, más de esa estimulación prohibida.

“Por favor…

No puedo…

se siente demasiado bien…” Los guardias que los rodeaban, formando un precario muro de privacidad, se sonrojaron visiblemente, sus ojos fijos en un punto lejano en el horizonte, negándose a mirar la escena que se desarrollaba.

Milagros se mordió el labio inferior con tal fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre, un intento desesperado por anclarse a la realidad, por recordar por qué todo esto era una idea terrible.

Pero cada segundo se hacía más difícil pensar con claridad, con la boca de Cristhian en su pecho y el dedo bombeando dentro y fuera de su canal resbaladizo, shlick, shlick, el sonido húmedo llenando el silencio.

Un gemido fuerte y desesperado brotó de la garganta de Milagros cuando Cristhian añadió otro dedo, estirándola, llenándola aún más.

Sus caderas se movían salvajemente, cabalgando su mano como si estuviera poseída por una fuerza ajena.

Sintió la espiral dentro de ella apretarse, el placer acumulándose en un crescendo insoportable.

“Ahh…

joder…” jadeó, su cabeza agitándose de un lado a otro sobre la manta.

Cuando los labios de Cristhian se cerraron alrededor de su cuello, succionando con la fuerza suficiente para dejar una marca purpúrea, algo dentro de ella se rompió.

“Sí…

Sí…

más…” Sus manos se aferraron a la espalda de Cristhian, las uñas clavándose en su piel mientras ella lo atraía con una necesidad primitiva.

Milagros se restregó contra él descaradamente, cada pensamiento de resistencia olvidado ante la abrumadora sensación.

“Hazme correr…” Los ojos de Milagros se pusieron en blanco, su boca se abrió en un grito silencioso cuando Cristhian añadió un tercer dedo, empujando con fuerza y rapidez.

El placer se volvió casi dolor, sus dedos estirándola, llenándola hasta el borde.

El sonido húmedo de la carne chocando y el aire siendo empujado fuera de su interior se mezclaba con sus gemidos.

Sus labios se separaron, un hilo de saliva brillando en la comisura.

“Sí…

Sí…

joder…

Ya voy…” cantó sin pensar, su cuerpo se convulsionó mientras el orgasmo se estrellaba contra ella.

Sus paredes internas se aferraron a sus dedos, pulsando rítmicamente, apretando, succionando, mientras e

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