DULCE VENENO - Capítulo 66
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66: Collar 66: Collar Miedo a la intensidad que Lansky representa, miedo a la vulnerabilidad que él ha logrado exponer, y miedo a lo que podría pasar si ese “dudo mucho” se convierte en una posibilidad.
La carta es su intento desesperado de recuperar el control, de poner océanos de formalidad entre ella y el precipicio que Lansky le ha mostrado.
Lo está rechazando con palabras, pero cada trazo de tinta grita la profunda conmoción que su carta ha causado en su mundo.
En la penumbra acogedora del restaurante.
Los hilos de humo de un cigarrillo cercano se enroscaban hacia el techo, y el tintineo discreto de la cristalería y los murmullos bajos formaban la banda sonora de la elegancia.
Lansky, en su mesa, era una isla de quietud imponente.
El traje oscuro, impecable, absorbía la luz tenue, mientras que el reflejo de la lámpara sobre la mesa hacía brillar su cabello rubio como un casco antiguo.
Con la copa de whisky balanceándose levemente en su mano izquierda, su mirada, aguda y calculadora, se había clavado a lo largo del salón.
Allí, en una mesa lejana, estaba Stefanny.
La había visto recibir el sobre, palidecer ligeramente al reconocer el sello, y luego, con determinación temblorosa, tomar su propia pluma y comenzar a escribir.
Él no necesitaba leer las palabras.
Observaba el lenguaje de su cuerpo: la rigidez en sus hombros, la manera en que se mordía el labio inferior, y sobre todo, el rubor que teñía sus mejillas con un color carmesí que delataba una turbación intensa.
Era un espectáculo más elocuente que cualquier confesión.
Stefanny se sonroja , su corazón acelerado .
Cada trazo de la pluma sobre el papel le parecía un acto ridículo bajo su escrutinio invisible.
Sabía que leería su carta, observando, analizando, y que cada segundo que pasaba con el rostro encendido era una prueba más de su victoria.
Cuando el camarero llevó la respuesta a su mesa, Lansky la aceptó con un leve asentimiento.
Ni siquiera la abrió de inmediato.
La colocó junto a su copa, deslizándola sobre el mantel blanco con un dedo.
Luego, alzó ligeramente la vista, buscando de nuevo los ojos de Stefanny a través del espacio que los separaba.
Una sonrisa lenta, cargada de una certeza absoluta, se dibujó en sus labios.
Su voz, no demasiado alta pero perfectamente modulada para cortar la distancia lejana: —Jajaja… Tú puedes escribir lo que quieras, pero tu rostro no miente.
La frase flotó en el aire entre ellos, un veredicto inapelable.
La carta, con todas sus palabras cuidadosamente elegidas, ya era irrelevante.
Él ya había leído la verdad escrita en el fuego de sus mejillas.
El mundo a su alrededor—el murmullo de las conversaciones, el suave rasgueo de un violín distante, el aroma del café recién hecho—se desvaneció por completo para Stefanny.
Sus dedos, ahora fríos y temblorosos, sostenían la carta como si fuera un artefacto sagrado.
Cada palabra de Lansky había resonado en lo más profundo de su ser, desarmando por completo la frágil fortaleza que había intentado construir en su respuesta.
Mi querida [ Stefanny], Después de tu respuesta, podría haber optado por el camino fácil: aceptar tu aparente indiferencia y alejarme.
Pero la verdad es que no puedo hacerlo.
Algo en mí se niega a rendirse.
Sé que no soy el hombre ideal que tenías en mente, y entiendo que mis palabras puedan parecer imprudentes.
Pero mi corazón me dice que hay algo especial entre nosotros, una conexión que vale la pena explorar.
No te presionaré ni te atosigaré.
Respeto tu tiempo, tus prioridades y tus decisiones.
Pero tampoco me quedaré de brazos cruzados.
Seguiré demostrándote, con hechos y palabras, que mi admiración por ti es genuina y que mi afecto va más allá de una simple atracción.
No te prometo un cuento de hadas ni un amor perfecto.
Pero sí te ofrezco mi lealtad, mi sinceridad y mi compromiso.
Estoy dispuesto a esperar el tiempo que sea necesario para ganarme tu confianza y tu afecto.
Quizás algún día, cuando menos lo esperes, veas en mí algo más que una simple distracción.
Quizás descubras que detrás de mi persistencia se esconde un amor verdadero y una admiración profunda.
Hasta entonces, seguiré luchando por ti, con la esperanza de que un día me permitas entrar en tu mundo.
Con amor inquebrantable, [ Lansky ] “Mi querida Stefanny…” La elección de las palabras no era la de un hombre jugando.
Era directa, personal, posesiva en el modo más inquietantemente deseable.
Leyó sobre su “admiración genuina”, su “compromiso”, y la promesa de no rendirse.
No eran las florituras vacías de un pretendiente cualquiera; eran las declaraciones calculadas de un hombre que estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, pero que, inexplicablemente, elegía esperar por ella.
Eso era lo que más la conmovía: la paradoja de su poder y su paciencia.
Su corazón martillaba contra sus costillas con un ritmo frenético que sentía en sus oídos.
Un calor, intenso y vergonzoso, le subía por el cuello y le teñía las mejillas, un rubor que sabía que solo el le podía ocasionar , con solo unas palabras .
Sus manos, al dejar la carta sobre el mantel, estaban visiblemente nerviosas.
Entonces, su mirada cayó sobre el cofre.
Pequeño, forrado en terciopelo suave, prometía un misterio más.
Con un clic suave, la tapa se abrió.
El aire escapó de sus pulmones en un susurro ahogado.
Allí, descansando sobre un almohadón de seda negra, estaba el collar más extraordinario que había visto.
No era una joya fría y tradicional.
Era una pieza de fantasía.
Un pequeño oso de peluche, esculpido en lo que parecía ser un cristal de otro mundo, irradiaba una luz interior de suaves morados y azules profundos, como una galaxia en miniatura capturada en su forma.
Los delicados detalles dorados en sus orejas, brazos y pies añadían un toque de lujo puro, y la gema central, grande y perfectamente facetada, capturó la luz de la vela de su mesa y la descompuso en un centelleo de mil colores.
La cadena, de eslabones dorados gruesos, era a la vez moderna y clásica.
Era tierno.
Era lujoso.
Era único.
Era… ella.
Era como si Lansky hubiera mirado dentro de su alma y hubiera encontrado el punto exacto donde su niña interior que amaba los peluches se encontraba con la mujer que apreciaba la belleza exquisita.
Era un regalo que demostraba una observación profunda, una inversión de atención que era más intimidante que cualquier gasto extravagante.
Sus dedos, todavía temblorosos, se alzaron para tocar la gema central.
La piedra estaba fría al tacto, pero una oleada de calor la recorrió a ella.
Ya no podía negarlo, ni con palabras escritas ni con una expresión fingida.
Su rostro sonrojado, sus manos nerviosas y el latido desbocado de su corazón eran la verdadera respuesta.
La carta de Lansky, y ahora este collar imposiblemente perfecto, habían demolido todas sus defensas.
Él tenía razón.
Su rostro, y ahora todo su ser, no mentían.
[La suite del hotel en Venecia está bañada por la luz del atardecer que se filtra a través de los vitrales.
Stefanny, de pie frente al espejo, sostiene un collar delicado mientras Marilú la ayuda a cerrarlo.
La atmósfera es tranquila, pero una inquietud sutil flota en el aire.] STEFANNY (levantándose el cabello para exponer su nuca): —”¿Me ayudas a ponerlo, por favor?” MARILÚ (cerrando el broche con cuidado): —”De verdad vas a usarlo.
No sabía que usaras ese tipo de collares.” STEFANNY (mirando su reflejo con una sonrisa): —”¿Qué más da?
Me encanta.
Puede que no sea de Chanel o Dior, pero hay buenas intenciones en este collar.
Y lo voy a usar.” MARILÚ (suspirando, resignada): —”De acuerdo, no diré más.” (Pausa incómoda).
“Pero hablando de eso… ¿dónde están tu papá y Milagros?
No los he visto.
Ya pasaron cuatro horas y nada de ellos.” STEFANNY (encogiéndose de hombros, pero con los ojos fijos en la puerta): —”Seguro se fueron de paseo.
Cálmate.
Y además están con los guardias.” [Aunqu
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