DULCE VENENO - Capítulo 67
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67: Orden y tensión 67: Orden y tensión [Aunque su voz suena segura, sus dedos acarician el collar nerviosamente.¿Realmente cree sus propias palabras?
El amanecer pinta el cielo con tonos grises y anaranjados.
El rocío de la madrugada brinda sobre la hierba y sobre la manta que cubre a Cristhian y Milagros, cuyos cuerpos siguen entrelazados en un sueño profundo.
El círculo de guardias permanece inmóvil, pero sus puños se abren y cierran con rigidez, un leve temblor recorre las piernas de algunos; son estatuas humanas al borde del colapso.
(Cristhian abre los ojos.
Su despertar es instantáneo, como el de un depredador.
Su mirada, antes velada por el sueño, se clara de inmediato y se posa en Milagros, que duerme con el rostro sereno contra su pecho.
Con una lentitud casi reverente, su mano se eleva y acaricia un mechón de su cabello, luego recorre su mejilla con los nudillos.) Cristhian: (Su voz es un susurro grave, que corta la fría quietud del amanecer).
Amor…
despierta.
(Milagros se estremece, murmurando algo ininteligible, intentando hundirse más en el calor de los dos cuerpos).
Cristhian: (Su tono se vuelve un poco más firme, impregnado de una preocupación que suena a posesión).
Milagros.
Abre los ojos.
Tenemos que irnos.
(Su mano se detiene en su nuca, masajeándola suavemente).
Esta humedad te va a enfermar, y no voy a permitir que un resfriado te toque.
Ni siquiera eso es digno de ti.
(Él se mueve con decisión, sin prisa pero sin pausa, desenredando sus cuerpos bajo la manta.
La ayuda a sentarse, manteniéndola cubierta, y luego se levanta con una agilidad felina, desnudo e imponente a la luz del amanecer.
Recoge la ropa dispersa y se viste con eficacia militar.
Luego, se arrodilla ante ella, que aún está aturdida y temblorosa por el frío, y la ayuda a vestirse con una meticulosidad que es a la vez un cuidado y un acto de dominio.
Cada botón que abrocha, cada prenda que ajusta, es una reafirmación de su control sobre ella.) Cristhian: (De pie, ya completamente vestido, extiende una mano para ayudarla a levantarse.
Su voz ya no es un susurro, sino una orden serena que carga el peso de la autoridad).
Vamos.
(Sin siquiera volver la cabeza hacia el círculo de guardias exhaustos, lanza la orden, clara y cortante como un cuchillo.) Cristhian: Recogan todo.
No quiero que quede ni una miga de lo que fue nuestro.
(Los guardias, forzando sus músculos entumecidos, obedecen de inmediato, rompiendo su formación para disolver cualquier rastro de la larga y oscura noche.
Cristhian envuelve el brazo sobre los hombros de Milagros, tirando de ella contra su costado, no como un amante, sino como un custodio que reclama su posesión más valiosa, guiándola de vuelta hacia el mundo que él controla).
Los guardias, con movimientos lentos y rígidos por el frío y el entumecimiento, recogen los restos del picnic en silencio.
La tensión se rompe con un susurro.
Guardia 1 (Marcus): (Recogiendo una copa de vino vacía.
Mira de reojo hacia donde se alejó Cristhian con Milagros).
Cinco horas.
Casi se congela la sangre en las venas.
Y él…
como si el mundo entero fuera su alcoba.
Guardia 2 (Lysander): (Doblando la manta con movimientos precisos, evitando mirar la mancha de hierba aplastada donde estuvieron ellos.
Su voz es baja, sin emoción).
No es una alcoba, Marcus.
Es un altar.
Y ella es la ofrenda.
Guardia 1 (Marcus): (Sacude la cabeza, frotándose un muslo adormecido).
Ofrenda…
Lo llamo obsesión.
Toxicidad pura.
La mira como si fuera de su propiedad.
¿Viste cómo la vestía?
Como a una muñeca.
Ni un resfriado “es digno de ella”.
Eso no es amor, es…
locura.
Guardia 2 (Lysander): (Se detiene y clava una mirada gélida en Marcus).
Cuidado con esa lengua.
Aquí no pagamos por pensar, pagamos por obedecer.
¿Toxicidad?
Quizá.
Pero es su verdad.
Para él, el universo es ella, y todo lo demás…
(Hace un gesto vago con la mano, abarcando el parque, los guardias)…
es ruido.
Nosotros somos el ruido que asegura su silencio.
Guardia 1 (Marcus): (Susurra con amargura, recogiendo un zapato de tacón de Milagros que quedó bajo el árbol).
A veces…
a veces la he visto llorar.
Y él solo besa esas lágrimas.
No las detiene.
Parece que…
le gusta saborear su dolor.
Guardia 2 (Lysander): (Se acerca a Marcus, su presencia se vuelve intimidante).
Escúchame bien.
Esas lágrimas son parte del trato.
Él no quiere una reina de porcelana feliz.
Quiere poseerla toda, la luz y la oscuridad.
La sonrisa y el llanto.
Eso es lo que significa ser todo para alguien como él.
Y nosotros…
(Aprieta la manta contra su pecho)…
somos los guardianes de esa prisión dorada.
Así que recoge.
Y olvida lo que crees entender.
Porque si él sospecha que juzgas lo que siente por ella, no serás más que otro desecho que recoger en su nombre.
(Lysander se da la vuelta y sigue recogiendo.
Marcus mira el zapato en su mano un segundo más, antes de guardarlo con brusquedad, un escalofrío recorriéndole la espalda.
Comprende que no solo custodian a Milagros, sino también el secreto de la devoción enfermiza de Cristhian, una verdad demasiado peligrosa para nombrar).
[La puerta de la suite se abre bruscamente.
Cristhian entra primero, con Milagros detrás de él, luciendo cansada y sombría.
Stefanny, que estaba esperando en el sillón, se levanta de inmediato, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.] STEFANNY (con voz cargada de preocupación y enojo): —”¿Dónde estuvieron todo el medio día?
Ya es de noche.” CRISTHIAN (frío, sin inmutarse): —”Lo que haga no es de tu inconveniencia.
Alista tus maletas; regresamos a Francia.” STEFANNY (sorprendida, dando un paso al frente): —”¿Qué, papá?
¡Vamos, llevamos solo dos semanas aquí!” CRISTHIAN (con una mirada gélida que silencia la habitación): —”Quédate aquí si quieres, pero Milagros se va conmigo.” STEFANNY (con un tono desesperado, casi suplicante): —”¡Eso no es justo, papá!…
¡Papá, deja a Milagros!” CRISTHIAN (cortante, sin espacio para réplica): —”Milagros es mi esposa.Adonde vaya ella, irá conmigo.
Y punto.
Si no te gusta, lástima.” MARILÚ (colocándose entre ellos, con voz calmada pero firme): —”Vamos a hacer las maletas.
No te enojes.” (Luego, mirando a Cristhian con respeto forzado).
“No se preocupe, señor Cristhian, haremos las maletas.” Aeropuerto – Terminal Privada El sol de la mañana se reflejaba en el fuselaje impoluto del jet privado.
Stefanny, Marilu, Milagros y Cristhian subían por la escalerilla, riendo por alguna broma que Cristhian acababa de hacer.
Por un momento, Stefanny logró distraerse de la tormenta de sentimientos que Lansky había sembrado en ella.
El chófer, con eficiencia muda, terminaba de cargar las maletas en la bodega.
“¿Lista para volver a la rutina, Stef?” preguntó Marilu, acomodándose en el lujoso asiento de cuero.
“Claro,” mintió Stefanny, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Su mente estaba a mil leguas de allí, en un restaurante elegante, sosteniendo una carta y un collar con un oso de galaxia.
En ese mismo momento El suave clic de la puerta de la joyería de lujo anunció la entrada del secretario de Lansky.
El propio Lansky examinaba un diamante solitario bajo la luz de una lámpara, su expresión era de pura evaluación.
“Jefe,” dijo el secretario, con una leve inclinación de cabeza.
“La señorita Stefanny y sus acompañantes acaban de llegar a la terminal privada.
El avión despegará en dirección a Francia dentro de media hora.” Lansky no apartó inmediatamente la vista del diamante.
Una sonrisa lenta, cargada de presagio, se dibujó en sus labios.
Dejó la piedra preciosa con suavidad sobre el terciopelo negro.
“Parece que mi mariposita está alzando vuelo,” murmuró, como para sí mismo.
La metáfora era perfecta: frágil, bella y, hasta ahora, esquiva.
Giró sobre sus talones, enfrentando por completo a su secretario.
Su mirada ya no era la de un coleccionista de joyas, sino la de un estratega.
“Prepara mis maletas.
Regresamos a Francia también.” “Como ordene, jefe.
En estos momentos lo
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