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DULCE VENENO - Capítulo 68

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  4. Capítulo 68 - 68 Habitación prohibida
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68: Habitación prohibida 68: Habitación prohibida “Como ordene, jefe.

En estos momentos lo haré,” asintió el secretario, girando para ejecutar la instrucción de inmediato.

Lansky caminó hacia la ventana panorámica de la joyería, que daba a la pista de aterrizaje.

A lo lejos, podía ver el jet privado que albergaba a Stefanny.

Sacó su teléfono y, sin mirar la pantalla, deslizó el dedo sobre la foto que tenía: una imagen discreta de Stefanny, tomada la noche anterior en el restaurante, con el rubor aún en sus mejillas.

“Puedes volar, mariposa,” susurró hacia el cristal, su aliento empañando ligeramente la superficie.

“Pero no te alejarás de mí.” A bordo del Avión Stefanny se acomodó en su asiento junto a la ventanilla, sintiendo el suave rugir de los motores al encenderse.

Mientras el avión empezaba a rodar por la pista, una sensación repentina e intensa la recorrió.

No era miedo a volar.

Un escalofrío agudo, como el roce de una pluma de hielo, le recorrió la columna vertebral de arriba a abajo.

Se estremeció visiblemente, llevándose la mano al cuello, donde, oculto bajo su suéter, descansaba el collar del oso de galaxia.

Lo había puesto casi sin pensarlo, como un talismán.

“¿Tienes frío?” preguntó Milagros desde el asiento de al lado.

Stefanny negó con la cabeza, sin poder articular palabra.

Miró por la ventanilla mientras el avión ganaba velocidad.

No era frío.

Era…

una presencia.

Una certeza visceral y perturbadora de que, a pesar de que ella se elevaba miles de pies en el aire, dejando atrás la ciudad, no estaba escapando.

Algo, o alguien, la seguía.

O peor aún, tal vez, ya la estaba esperando.

(La sirvienta, María, abre la puerta con extrema delicadeza.

Contiene la respiración al ver a los amos de la casa aún durmiendo.

Cristhian yace de espaldas, mientras Milagros está de lado, vuelta hacia él, con el rostro en paz.

María se acerca sigilosa a la mesita de noche y deja una fuente de agua fresca.

El leve ruido del cristal hace que Cristhian parpadee y se despierte al instante.) Cristhian (Sus ojos se abren, alertas.

Lo primero que hace no es estirarse, sino girar la cabeza para ver a Milagros.

La observa dormir un momento, con una intensidad que roza lo fúnebre.

Al sentarse, la sábana de seda se resbala, dejando su torso desnudo al descubierto.

Con gesto automático, se pasa los dedos por su cabello plateado, alisándolo con precisión.

Es entonces cuando su mirada, fría y penetrante, capta a María en la penumbra.

Su expresión se congela.) Cristhian (En un susurro cortante, cargado de amenaza) ¿Eres ciega o es que no sabes lo que es el silencio?

Mi esposa está durmiendo.

Un sonido de más, un solo paso que la moleste, y será tu último día aquí.

(Sin esperar respuesta, su mano, que momentos antes acariciaba su propio cabello con vanidad, se desliza bajo las sábanas y se posa con fuerza en el muslo de Milagros, apretando con una posesión que es casi un acto de dominio, no de cariño.) Cristhian, Dile al chef que prepare algo suave para ella.

Nada pesado.

Y al chófer que aliste el carro.

Iré a la empresa.

(María, pálida, solo asiente con la cabeza en una rápida inclinación y sale de la habitación, cerrándola sin hacer ruido.) (Cristhian se levanta, completamente desnudo, y camina con la seguridad de un predador hacia el baño.

Su figura atlética, la musculatura marcada y la piel pálida crean una estética de estatua griega bañada en la luz del amanecer.

Al entrar a la ducha, el agua cae a raudales sobre su cuerpo, resaltando el volumen de sus abdominales y brazos.

Se peina el cabello plateado hacia atrás con una mano, y su rostro, de rasgos afilados y ojos oscuros, refleja una profunda introspección.

No es paz lo que hay en él, sino la tormenta silenciosa de sus pensamientos obsesivos.

Recuerda fragmentos de noches pasadas con Milagros: no risas o conversaciones, sino la sensación de tenerla cerca, bajo su control, de poseer cada suspiro suyo.) (Sale de la ducha, las gotas resbalando por su piel.

Envuelto solo en una toalla en la cintura, se acerca de nuevo a la cama.

Se inclina sobre Milagros, que sigue sumida en el sueño.

Su sombra la cubre.) Cristhian (En un murmullo que es una orden, no un deseo.

Su voz, suave pero inflexible, acaricia el aire como un cuchillo de seda) Descansa.

Sigue durmiendo…

hasta que yo regrese.

No te levantes.

No hagas nada.

Solo descansa para mí.

(Deja que sus palabras, cargadas de un control absoluto disfrazado de preocupación, cuelen en el sueño de ella.

Su mirada la recorre, asegurándose de que su mundo, por ahora, se reduzca a esa cama y a la espera de su vuelta.) El crujido de la puerta al cerrarse fue tan silencioso como la sombra que Cristhian proyectaba al salir.

Vestido completamente de negro, su figura esbelta y alta se recortaba con severidad contra las paredes claras del corredor.

El abrigo largo, el jersey de cuello alto y los pantalones ajustados eran más que una elección estética; eran una armadura, una declaración de autoridad.

El brillo tenue del reloj de pulsera y el anillo en su mano destellaban de forma fría, acentuando la elegancia lúgubre que lo envolvía.

Su cabello plateado, ligeramente despeinado pero perfectamente controlado, y su rostro sereno y impenetrable, transmitían una tranquilidad engañosa.

Una mano metida en el bolsillo del pantalón añadía una pizca de despreocupación calculada, pero sus ojos, oscuros y penetrantes, delataban la vigilancia absoluta que ejercía sobre su mundo.

Al llegar al vestíbulo principal, donde María lo esperaba con las manos juntas y la mirada baja, se detuvo.

Su voz no alzó el volumen, pero cada palabra cayó con el peso de un decreto irrevocable.

Cristhian: María.

Te dejo a cargo de mi esposa.

(Hizo una pausa infinitesimal, cargada de intención).

Que nadie la moleste.

(Otra pausa, más larga, mientras sus ojos escrutaban a la sirvienta, asegurándose de que captara la magnitud de su orden).

Y me refiero a…

mi hija, Stefanny.

Si alguien, quien sea, la molesta…

te las verás conmigo.

La amenaza no fue subrayada con gritos, sino con una calma aterradora.

Era un hecho, una consecuencia tan segura como la salida del sol.

María: (Inclinándose levemente, evitando su mirada) No se preocupe, amo.

Yo me encargo de ella.

(Su voz era un hilo de sumisión).

No saldrá de su habitación.

Y tampoco…

de la mansión Tantalean.

Cristhian asintió, una vez, lento.

La respuesta era la correcta.

No había lugar para la interpretación o la compasión.

Su esposa, Milagros, permanecería en su jaula de seda, y la mansión Tantalean, con todos sus sirvientes, sería el perímetro de su prisión.

Sin decir nada más, giró sobre sus talones y salió hacia el automóvil que lo esperaba, dejando atrás una casa sumida en el silencio y el miedo.

[Stefanny sale de su habitación con determinación, el sueño aún en sus ojos pero la urgencia en sus pasos.

La luz de la mañana inunda los pasillos de la mansión.

Al acercarse a la habitación de Milagros, María, una de las sirvientas de confianza de Cristhian, se interpone con nerviosismo.] STEFANNY (frotándose los ojos, con voz aún soñolienta pero directa): —”María, ¿mi papá dónde está?

¿Todavía está durmiendo?” MARÍA (bajando la mirada, incómoda): —”Buenos días, señorita.

El señor Cristhian ya se fue a la empresa.” STEFANNY (sonriendo, aliviada): —”¡En serio!

Entonces iré a ver a Milagros.” [ María se coloca rápidamente frente a la puerta, con expresión apologética pero firme.] MARÍA (tenso, cruzando los brazos): —”Señorita, lo siento, pero su papá dio la orden de que nadie debe entrar a la habitación.” STEFANNY (risa incrédula, con un dejo de irritación): —”¿Es un chiste?

Milagros es mi amiga, no le voy a hacer daño.

Así que voy a entrar.” MARÍA (manteniendo su posición, voz suplicante): —”Lo siento mucho,pero como dije, no va a entrar.

La señora está durmiendo.

No me ocasione problemas, por favor.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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