DULCE VENENO - Capítulo 69
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69: Trofeo 69: Trofeo [ Mientras Stefanny mira la puerta cerrada, una determinación peligrosa brilla en sus ojos.
María puede seguir órdenes, pero ella sigue siendo una Tantalean, y los Tantalean no se rinden fácilmente.
] 💪✨ La puerta del dormitorio de Stefanny se abrió con un leve crujido.
Allí estaba ella, una silueta que parecía haber salido de las páginas de una revista de alta costura con un toque rebelde.
La camisa blanca oversize le daba un aire despreocupado, pero el corsé negro ceñido a su cintura transformaba por completo esa relajación en una declaración de poder y estilo.
Las botas de cuero negro que le llegaban por encima de la rodilla rechinaban ligeramente contra el piso de madera con cada paso, marcando un ritmo decidido y nervioso a la vez.
Su mano, con los nudillos ligeramente pálidos, agarraba el teléfono.
Los collares plateados tintineaban suavemente contra el cuello de la camisa, un soniquete que parecía marcar la aceleración de su propio corazón.
Presionó el contacto de Marilu con el pulgar, llevando el dispositivo al oído.
El tono sonó una, dos veces, antes de que la voz al otro lado se escuchara.
¿Stef?
¿Todo bien?
“Marilu,” dijo Stefanny, y su voz, a pesar de su intento por sonar calmada, tenía un filo de urgencia.
“¿Puedes venir un momento?
Es urgente.” No dio más explicaciones.
No hacían falta.
La tensión en su tono era explicación suficiente.
Al otro lado de la línea, Marilu no dudó ni un segundo.
“De acuerdo, ya voy para allá.” La llamada se cortó.
Stefanny bajó el brazo, dejando el teléfono colgando a su lado.
Su otra mano se alzó inconscientemente, buscando el contorno del collar de cristal iridiscente que llevaba escondido bajo la tela de la camisa.
El oso de galaxia, su talismán, su recordatorio.
Mientras esperaba, de pie en el centro de la habitación como una modelo en una pasarela de ansiedad, su mirada se perdió por la ventana.
París estaba allá afuera, la ciudad de la luz, pero en ese momento, todo lo que podía sentir era la sombra alargada de un hombre que, parecía, había decidido que ella no podía escapar.
La puerta se abrió y Marilu hizo su entrada.
Su elegancia era una brisa fresca y costosa en la habitación.
La falda midi de Gucci, con su patrón icónico, se movía con gracia, mientras los tacones bajos de Chanel hacían un clic sutil y decidido contra el piso.
Su reloj Rolex dorado captó la luz, un destello discreto de lujo que contrastaba con la urgencia en el ambiente.
Sus ojos, bien delineados, barrieron la estancia y se clavaron de inmediato en Stefanny.
No pasó por alto la rigidez en sus hombros, la manera en que sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde del corsé, ni la sombra de ansiedad que nublaba su mirada a pesar del atuendo audaz que vestía.
“Stef, ¿qué pasa?” preguntó Marilu, cerrando la puerta a sus espaldas.
Su voz era calmada, pero su postura estaba alerta.
Stefanny se cruzó de brazos, una pose defensiva que chocaba con la confianza que pretendía proyectar su ropa.
“Gracias por venir,” comenzó, con un hilo de voz que intentaba dominar.
“Tenemos que hablar de Milagros.
Mi papá…
la tiene encerrada.
En la suite del ala este.
Y la sirvienta María , esa mujer nueva que me juro lealtad ahora está con mi papá , no me deja entrar.
Dice que son ‘órdenes estrictas’.” La revelación cayó como una losa en la habitación elegante.
El problema ya no era un asunto del corazón o un juego de seducción a distancia.
Esto era algo tangible, familiar y peligroso.
La elegancia de Marilu y el estilo rebelde de Stefanny parecían, de pronto, armaduras frágiles contra una autoridad doméstica implacable.
El ambiente en la habitación se espesó, cargado ahora con una urgencia mucho más oscura.
La elegancia de Marilu y el estilo desafiante de Stefanny parecían frágiles armaduras contra la verdad que se revelaba.
Stefanny: (Su voz era un susurro áspero, cargado de rabia contenida) No es la primera vez, Marilu.
La llama su “posesión más preciada”.
En público, es el esposo devoto, pero en privado…
tiene llaves de todas las habitaciones.
Hasta le revisa el teléfono.
Dice que si ella se va, su mundo se acaba…
y que se asegurará de que el de ella también.
Marilu: (Una fría sonrisa se dibujó en sus labios.
Su mirada, usualmente serena, se tornó gélida) Ah, el clásico “si no puedes ser mía, no serás de nadie”.
Tu padre no es un hombre enamorado, Stefanny.
Es un coleccionista.
Y Milagros es la pieza central de su vitrina.
La encierra no por celos, sino por miedo a que alguien más admire su trofeo.
Stefanny: (Se llevó la mano al corsé, como si le apretara el pecho) Ayer la oí llorar.
Cuando le pregunté, dijo que era por un dolor de cabeza.
Pero Cristhian estaba ahí, de pie en la puerta, con esa sonrisa tranquila…
esa sonrisa que no llega a los ojos.
Le acarició el pelo y dijo: “Mi amor, ya sabes cómo me pongo cuando no tomas tu medicina”.
¿Su medicina?
¿O es la que él le da para mantenerla dócil?
Marilu: (Se acercó, el crujido de su falda de Gucci era el único sonido.
Bajó la voz aún más) Es más que toxicidad, Stef.
Es una obsesión metódica.
La aísla, la vigila, la medicamenta…
la está borrando poco a poco para que solo quede el hueco que él moldeó.
Él no quiere a Milagros, quiere la idea de ella que tiene en la cabeza.
Una idea que no incluye que ella respire un aire que él no controle.
Stefanny: (Sus ojos brillaban con lágrimas de furia e impotencia) Dijo…
dijo que si ella alguna vez piensa en escapar, recuerde lo frágil que es su familia.
Que los accidentes pasan.
Y él sonrió cuando lo dijo, Marilu.
Sonrió.
Marilu: (Tomó la mano temblorosa de Stefanny.
Su tacto era firme, pero no cálido.
Era una unión conspirativa) Tu padre no ama.
Posee.
Y lo que posee, lo marca para que nadie más lo toque.
Lo que le pasa a Milagros no es un romance oscuro, Stefanny.
Es una sentencia.
Y esa sirvienta no es una empleada, es su carcelera.
Stefanny: (Cerró los puños, las uñas clavándose en sus palmas) No puedo dejarla allí.
No con él.
Se la va a devorar por completo.
Marilu: (Su mirada se volvió penetrante, estratégica) Entonces no se trata de rescatar a una esposa de su marido.
Se trata de arrebatarle un tesoro a un dragón.
Y los dragones…
no sueltan lo que es suyo sin pelear.
Y sin quemar todo a su alrededor.
La mansión estaba en silencio, un silencio pesado y cargado, como si la propia casa contuviera la respiración.
Eran las 10 de la mañana, pero las persianas del ala este permanecían corridas, sumiendo los pasillos en una penumbra perpetua.
Stefanny, con su atuendo de corsé y botas, y Marilu, impecable en su conjunto de lujo, avanzaban con pasos sigilosos sobre la alfombra gruesa.
Stefanny: (En un susurro tenso, pegada a la pared) La sirvienta siempre sale a esta hora a recibir el pedido del mercado.
Tenemos cinco minutos, quizás menos.
Marilu: (Asintiendo, sus ojos escudriñando el pasillo vacío) Él no está.
El guardia salió hace media hora.
Pero esto huele a trampa, Stefanny.
Es demasiado fácil.
Llegaron a la puerta de la suite de Milagros.
Una puerta maciza de roble.
Stefanny sacó una llave que había robado de la mesa de su padre, sus dedos temblorosos intentando encajarla.
Stefanny: (Frustrada) ¡No entra!
¡Mierda!
Marilu: (Fría, observadora) No es la llave.
Mira.
(Señaló una cámara pequeña, casi oculta en un rincón del techo, cuyo pequeño LED rojo parpadeaba de forma intermitente).
Él sabe.
O lo sabrá.
De repente, un ruido metálico.
Un clic suave.
La puerta se abrió desde dentro, unos centímetros.
El pálido rostro de Milagros asomó, sus ojos inyectados en sangre y llenos de un miedo animal.
Milagros: (Voz quebrada, ahogada) Él…
él
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