DULCE VENENO - Capítulo 70
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70: Jaula vacia 70: Jaula vacia Milagros: (Voz quebrada, ahogada) Él…
él me dijo que si abría la puerta…
pasarían cosas malas.
Que ustedes…
que ustedes sufrirían las consecuencias.
Stefanny: (Agarrándole la mano, con urgencia) Eso es lo que él quiere que creas, Milagros.
Para que te quedes aquí, encerrada.
¡Vamos!
¡Ahora!
Marilu: (Sin apartar la vista de la cámara, su voz era un filo de acero) Tu esposo, Milagros, no es un hombre.
Es un arquitecto de pesadillas.
Y está midiendo nuestra determinación.
Si nos detenemos ahora, esta jaula se cerrará para siempre.
¿Vienes?
Un ruido abajo.
La puerta principal.
La voz de la sirvienta saludando a alguien.
Milagros: (Con un jadeo de pánico) ¡Es ella!
¡Vuelve!
Stefanny: (Tirando de su brazo, desesperada) ¡Milagros, por favor!
Marilu: (Girándose hacia ellas, su expresión era glacial, decisiva) Ya es demasiado tarde para retroceder.
Él ya lo sabe.
Así que corremos.
(Le clava la mirada a Milagros).
¿Prefieres el miedo que conoces…
o la posibilidad de respirar libre otra vez, aunque sea por un minuto?
Algo se quebró en los ojos de Milagros.
Asintió, una lágrima escapándole por la mejilla.
Las tres mujeres salieron disparadas de la habitación, no hacia la escalera principal, sino por un pasillo trasero que llevaba a una salida de servicio, sus pasos apresurados eran los únicos sonidos en el silencio opresivo de la mansión, una mansión que de repente sentía viva, y hambrienta.
( En la enorme y lujosa oficina de Cristhian en lo más alto del edificio.
Piso de mármol, paredes de vidrio polarizado con vista a la ciudad.
Cristhian está sentado tras un escritorio de ébano, pulcro e imponente.
Tres de sus altos ejecutivos—Ricardo, de Finanzas; Elena, de Marketing; y el Sr.
Benítez, un vicepresidente veterano—están de pie frente al escritorio, como cadetes frente a un general.
Cristhian hojea un informe sin levantar la vista.) Cristhian: (Sin mirarlos, su voz es un filo de hielo) Ricardo.
Las cifras del último trimestre son un insulto a mi inteligencia.
¿Crees que dirijo un club de caridad?
Ricardo: (Nervioso, sudando) Señor Cristhian, el mercado europeo ha estado muy volátil, los costos de importación… Cristhian: (Corta el aire con un gesto de su mano, el anillo reluce.
Por fin alza la vista, y sus ojos oscuros barren a Ricardo con desprecio).
Las excusas son el lenguaje de los incompetentes.
No pregunté por tus “peros”.
Pregunté por los resultados que no has entregado.
Tienes 48 horas para presentar un plan que rectifique esta mediocridad.
Si la siguiente cifra no me complace, tu tarjeta de acceso se desactivará.
Y no volverás a pisar un edificio corporativo en esta ciudad.
¿Queda claro?
Ricardo: (Pálido, traga saliva) Sí, señor Cristhian.
Perfectamente.
(Cristhian desvía su mirada hacia Elena, quien se tensa visiblemente.) Cristhian: Elena.
La nueva campaña.
Es basura.
Carece de agresividad.
Carece de mi estándar.
Parece diseñada para vender galletas, no para dominar un mercado.
Elena: (Intentando mantener la compostura) Señor, los estudios de focus group indicaron que un enfoque más empático… Cristhian: (Una sonrisa fría y cruel se dibuja en sus labios) ¿Empatía?
(Dice la palabra como si fuera veneno).
La empatía no construye imperios, Elena.
La obediencia y la superioridad, sí.
Rediseñala.
Quiero una campaña que no le pida el mercado a los consumidores, sino que les exija que compren.
Que sientan que no tener nuestro producto los hace inferiores.
Como tú ahora mismo.
Fuera de mi vista.
(Elena asiente, humillada, y da un paso atrás.
Finalmente, su mirada se clava en el Sr.
Benítez, el más veterano.) Cristhian: Benítez.
Me han llegado rumores.
Rumores de que cuestionaste mi decisión de fusionar las divisiones.
(Se levanta lentamente, apoyando las puntas de los dedos en el escritorio.
Su sola postura es una demostración de poder).
Dime, ¿es cierto que te atreviste a usar la palabra “precipitado” en una de mis reuniones?
Sr.
Benítez: (Con algo más de dignidad, pero acobardado) Cristhian, sólo expresé una preocupación, pensando en la estabilidad a largo plazo… Cristhian: (Lo interrumpe, su voz baja pero letal) Tu “preocupación” no me interesa.
Tu “experiencia” es un fósil que tolero por cortesía.
En esta empresa, solo hay una visión: la mía.
Solo hay una voz: la mía.
(Camina alrededor del escritorio y se para frente a Benítez, mirándolo desde arriba).
Eres reemplazable, Benítez.
Como el resto del mobiliario.
Un mueble viejo que, si estorba, se quema.
Una palabra más fuera del guion que yo escribo, y te aseguro que no encontrarás ni siquiera un puesto de conserje.
Tu reputación será…
ceniza.
(Un silencio pesado llena la oficina.
Los tres ejecutivos están paralizados.) Cristhian: (Gira y vuelve a su asiento, despidiéndolos con un despreciable movimiento de mano).
Salgan.
Tienen plazos que cumplir.
Y recuerden: su permanencia aquí es un préstamo.
Un préstamo que yo puedo cobrar en cualquier momento, con un interés de ruina total.
La reunión ha terminado.
(Los ejecutivos salen en silencio, derrotados.
Cristhian se sienta, arregla el puño de su camisa impecablemente y mira por la ventana, dueño absoluto de todo lo que surveya.
Un depredador satisfecho en su guarida).
(La lujosa oficina de Cristhian, de repente, se siente asfixiante.
La luz que entra por las ventanas panorámicas ya no ilumina su reino, sino que acentúa la sombra fría que se cierne sobre él.
Su mirada, antes impasible, ahora se clava en el teléfono con una intensidad obsesiva.) Cristhian: (Para sí mismo, la voz un susurro cargado de posesión) Milagros…
seguro ya está despierta.
Necesito oír su voz.
(Agarra el celular con dedos que, por primera vez, parecen titubear.
Marca su número directo.
El tono de llamada suena una, dos, cinco veces…
hasta perderse en el vacío.
Su mandíbula se tensa.
Una línea de preocupación, tan extraña como peligrosa, surca su frente.
Da un suspiro largo, un rugido contenido de frustración y miedo.
Con movimientos bruscos, marca el número de la mansión.) María: (Al otro lado de la línea, voz sumisa) ¿Dígame, señor?
¿Olvidó algo?
Cristhian: (La voz es un látigo, cortante y lleno de una urgencia mal disimulada) Estoy llamando a Milagros y no contesta.
No ha bajado a tomar desayuno.
¿Aún sigue durmiendo?
María: No, señor.
No ha bajado.
Y nadie la ha molestado, tal y como usted ordenó.
Ha estado completamente sola en la habitación.
(Cristhian escucha, pero las palabras no calman el fuego que le devora el pecho.
La lógica choca contra el instinto visceral de un depredador que siente que su posesión más preciada se le escapa.) Cristhian: (La orden sale baja, cargada de una oscura necesidad) Ve.
Ve a ver si sigue durmiendo.
No cuelgues.
Quiero…
necesito escuchar su voz.
(Del otro lado, se oyen los pasos de María subiendo la escalera.
Cada uno resuena en el auricular como el tictac de una bomba, un eco que se ensancha en el silencio.
La respiración de Cristhian, al otro lado de la línea, es lenta y controlada, pero se puede sentir la tensión, como un alambre de acero a punto de romperse.
Se oye el crujido de la puerta al abrirse.) (Un silencio prolongado.
Demasiado largo.) Cristhian: (Su voz estalla, rompiendo el frágil control, un trueno de ira y pánico contenidos) ¿Qué ocurre?
¡Habla, maldita sea, habla!
(La voz de María llega temblorosa, teñida de un terror absoluto.) María: (Con un hilo de voz) Señor…
Milagros…
no está.
No está en la cama.
(Se oye el ruido de una puerta al abrirse de golpe).
¡Tampoco está en el baño!
Señor…
dejó su celular aquí.
(El mundo de Cristhian, perfectamente construido sobre cimientos de control y dominio, se resquebraja en ese instante.
El silencio del otro lado de la línea ya no es de impaciencia, sino el vacío helado de una jaula que, de repente, se ha encontrado vacía.) (La línea permanece en silencio por un segundo, un vacío cargado de electricidad mortal.
Cuando Cristhian habla, su voz no es un grito, es un hielo afilado que corta a través de la distancia, tan frío que quema.) Cristhian: (Voz baja, serpenteante y llena de veneno) María.
Dime que
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