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DULCE VENENO - Capítulo 77

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77: Sobre 77: Sobre Su mirada recorre el cuerpo del chef como si estuviera evaluando cómo despedazarlo).

¿Crees que tu “intención” me importa?

Lo único que importa es el resultado.

Y el resultado…

es que mi mujer está llorando.

Por tu culpa.

(Señala el plato con la torta helada con un desprecio absoluto.) Cristhian: Ese asco…

es lo último que cocinarás bajo mi techo.

(Gira la cabeza hacia la puerta, donde dos guardias esperan, inmóviles).

Saquen a esta escoria de mi casa.

Asegúrense de que ningún restaurante en esta ciudad…

en este país…

vuelva a darle un cuchillo.

Su carrera ha terminado.

Chef: (Suplicante, derrumbándose) ¡Por favor, señor Cristhian!

¡Tengo familia!

Cristhian: (Se inclina, hasta que su boca está cerca del oído del hombre, y sus palabras son solo para él, un susurro de perdición).

Deberías haber pensado en ellos…

antes de hacer llorar a lo único que me importa en este mundo.

Ahora…

desaparece de mi vista antes de que decida cobrarme tu error con algo más que tu empleo.

(Los guardias se abalanzan y arrastran al chef que grita, suplicando.

Cristhian permanece de pie, mirando la silla vacía de Milagros.

Su furia no ha disminuido; es una bestia negra y satisfecha, pero hambrienta de más.

Cada lágrima de ella exige un precio en sangre, y él está más que dispuesto a cobrarlo.) (La habitación está en penumbra.

Cristhian encuentra a Milagros en medio de la cama grande, reducida a una figura frágil que abraza una almohada como si fuera un salvavidas.

Sus hombros se estremecen con cada sollozo silencioso.

El corazón de Cristhian, usualmente de piedra, da un vuelco violento, no de piedad, sino de una posesión más profunda, más visceral.

Se acerca, y su voz, por una vez, no es una orden, sino una caricia áspera.) Cristhian: (Se sienta a su lado, el colchón cediendo bajo su peso.

Su mano, grande y capaz de una crueldad infinita, se posa sobre su espalda con una ternura que sorprende incluso a él).

Amor…

¿qué ocurre?

Vamos, dime.

(Su pulgar traza círculos lentos entre sus omóplatos).

No quiero verte así.

Tus lágrimas son mías, y no permitiré que nadie, ni siquiera un recuerdo, te las robe.

(Milagros levanta el rostro bañado en lágrimas.

Sus ojos, enormes y doloridos, se clavan en los de él.

Hay una vulnerabilidad allí que lo desarma y, a la vez, enciende su oscuridad.

Quiere devorar ese dolor, hacerlo suyo, poseer hasta sus fantasmas.) Milagros: (Con la voz quebrada por los sollozos) Es que…

le tengo un trauma.

Cristhian: (Su mano se detiene en su espalda.

Su mirada se intensifica, absorbiendo cada palabra.

No es curiosidad lo que lo mueve, es la necesidad de conocer cada grieta de su alma para poder sellarla como suya).

Vamos, dime.

Quiero saber.

(Su voz es un susurro insistente, hipnótico).

Dime, mi vida.

Entrega me tu dolor.

(Milagros, bajo la influencia de esa orden disfrazada de súplica, exhala el recuerdo envenenado.) Milagros: Cuando cumplí mis 25 años…

mi papá compró dos tortas heladas.

Me llamó, tan feliz, para cantar “Feliz Cumpleaños”…

pero mi mamá estaba furiosa.

(Un escalofrío recorre su cuerpo).

Me gritó que trajera los fósforos…

y yo no quise.

Le supliqué…

“mejor corte la torta”, le dije…

(Cristhian permanece inmóvil, escuchando, pero sus ojos oscuros empiezan a arder con una luz siniestra.

Cada palabra de ella pinta una imagen que él juzga con la severidad de un dios vengativo.) Milagros: Ella…

agarró la vela encendida y la tiró.

Luego cortó la torta con rabia, destrozándola.

Yo…

solo agarré mi pedazo de pastel y me encerré en mi habitación…

y me puse a llorar.

(Esconde el rostro en la almohada, el cuerpo sacudido por el llanto).

Era mi día…

y lo arruinó.

(Hay un silencio pesado.

Cristhian no la abraza.

No murmura palabras vacías.

En cambio, su mano se desliza desde su espalda hasta su nuca, sujetándola con una firmeza que es a la vez un dominio y un anclaje.) Cristhian: (Su voz es baja, grave, y cada palabra es un juramento tallado en piedra) Escúchame, Milagros.

Escúchame bien.

(La obliga suavemente a levantar la cabeza para mirarlo).

Esa mujer…

esa persona que debería haber protegido tu felicidad…

no merece ni el polvo de tus zapatos.

Tu dolor…

es mío ahora.

Tus cumpleaños rotos…

son míos.

(Se inclina, hasta que su frente casi roza la de ella, su aliento es una promesa caliente).

Yo jamás dejaré que nadie apague tus velas.

Al contrario, prenderé tantas que iluminarán esta ciudad entera, solo para verte sonreír.

Y si alguien…

alguien…

vuelve a hacerte llorar así, lo borraré de la existencia.

Tu pasado te hizo llorar.

Tu presente…

y todos tus futuros…

me pertenecen a mí.

Y yo solo te daré felicidad, incluso si para ello tengo que arrasar con todo lo demás.

(Sus palabras no son un consuelo, son una cadena forjada en el fuego de su obsesión.

Le está ofreciendo un refugio dentro de su propia locura, un trato en el que él será su verdugo y su protector, el dueño de sus lágrimas y sus sonrisas.) (Milagros despierta, sus ojos aún pesados por el llanto y el sueño, y la primera bocanada de aire no trae el vacío de la mañana, sino una embriagadora fragancia dulce y profunda.

Parpadea, confundida, mientras la imagen se enfoca: su habitación, su santuario, se ha transformado.

No es la habitación de ayer, ni la de ningún día anterior.

Es un jardín nocturno e íntimo, un sueño gótico hecho realidad.) A su alrededor, un mar de rosas.

No son las rosas pálidas e inocentes que uno podría imaginar.

Son rojas, de un rojo tan profundo y aterciopelado que parece sangre bajo la luna.

Y son negras, unas de un terciopelo tan oscuro que absorben la luz, misteriosas y prohibidas.

Están por todas partes, dispuestas con una precisión obsesiva.

Algunas, sueltas, coronan un banco blanco etéreo colocado al pie de la cama, como un altar.

Otras yacen en el suelo, creando un sendero de pétalos y capullos.

Los ramos más grandes, imponentes y esculturales, están envueltos en papel negro lujoso, atados con cintas de seda roja que caen como heridas elegantes.

Es una declaración.

No de amor convencional, sino de una posesión estética y absoluta.

Es la belleza melancólica y peligrosa que define a Cristhian.

Su mirada, aún nublada por la emoción, encuentra un sobre negro apoyado en la almohada junto a la suya.

Lo abre con dedos que tiemblan ligeramente.

La letra de Cristhian es firme, elegante, una caligrafía que es un mandato disfrazado de poesía.

“Puede que los cumpleaños pasados no hayan brillado, pero hoy, mi amor, encendemos una luz que borrará cualquier sombra.

Este es el comienzo de recuerdos hermosos, tejidos solo para ti.

Feliz cumpleaños, mi corazón.” (Las palabras se clavan en ella más profundamente que cualquier reproche.

No es un simple “feliz cumpleaños”.

Es una reescritura.

Una promesa de que él no solo consolará su dolor, sino que lo erradicará, reemplazando cada memoria amarga con un recuerdo creado por él, controlado por él.

Es aterrador y, de una manera retorcida, profundamente conmovedor.) Milagros deja caer la nota de seda.

No llora.

Una sensación extraña, un calor mezclado con un escalofrío, la recorre.

Se desliza fuera de la cama, sus pies descalzos se hunden en la suave alfombra entre los pétalos dispersos.

Se acerca al banco blanco, a la explosión de rojo y negro.

Se inclina sobre uno de los ramos más grandes, envuelto en su mortaja de papel negro.

Cierra los ojos y hunde su rostro en las flores.

La fragancia es abrumadora; dulce como el recuerdo de un amor ideal, pero con un matiz terroso, casi fúnebre, que le recuerda la oscuridad de la que brota esta belleza.

Es el olor de Cristhian.

Es el olor de su perdición y su devoción.

En ese instante, rodeada por el silencioso ejército de flores que él ha desplegado, Milagros no piensa en escapar.

Piensa en la luz que promete encender, una luz

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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