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DULCE VENENO - Capítulo 78

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78: Regalos 78: Regalos Piensa en la luz que promete encender, una luz que, sabe, iluminará solo el camino que él ha elegido para ella.

Y, por primera vez desde que escapó, se pregunta si la paz, incluso una paz tan frágil y envenenada como esta, podría valer el precio de su libertad.

(Milagros alza la vista, su mirada aún impregnada por la embriagadora fragancia de las rosas, y entonces lo ve.

En el centro mismo de aquel jardín de sombras y pasión, erguido sobre un maniquí negro, descansa la pieza central de la ofrenda de Cristhian.) El vestido no es simplemente una prenda; es una declaración.

Un diseño de noche que grita elegancia lúgubre y poder sofisticado.

Sin hombros, dejando sus clavículas al descubierto como un territorio conquistado.

Pero es la espalda la verdadera obra maestra: un lazo enorme, extravagante y teatral, que ataría no solo el vestido, sino su voluntad, a su espalda como un sello de su pertenencia.

La falda, que se ensancha sutilmente, está compuesta por capas de tul negro donde destellos brillantes, como estrellas atrapadas en la noche, capturan la luz.

Es la oscuridad hecha lujo.

La sumisión convertida en alta costura.

A un lado, descansan los accesorios: pendientes de metal con gélidos diamantes que prometen brillar como lágrimas congeladas, y unos zapatos de tacón alto rojo Christian Louboutin, la suela escarlata un guiño de peligro y pasión prohibida que solo él y ella conocerían bajo la mesa.

Durante un largo minuto, Milagros solo contempla la creación.

Es la jaula más hermosa que jamás le hayan ofrecido.

Finalmente, un suspiro tembloroso se escapa de sus labios.

No es de resignación, sino de una extraña y turbia aceptación.

Se da un baño lento, como un ritual, lavando no solo el sueño sino también los últimos vestigios de su resistencia.

El agua caliente arrastra las dudas, dejando la piel limpia y vulnerable para recibir su nueva piel: el vestido.

Se viste con cuidado.

La tela negra se ajusta a su cuerpo como una segunda piel, fría al principio, pero que pronto adopta su calor.

Su largo cabello rojo, ondulado y salvaje, crea un contraste violento y hermoso contra la oscuridad del tul.

Se maquilla con suavidad, realzando sus rasgos sin ocultarlos, porque él no querría que escondiera nada.

Él querría verla, a su obra de arte, en todo su esplendor.

Cuando se mira al espejo, la mujer que la devuelve la mirada no es la esposa aterrorizada de la víspera, ni la joven que lloró por un cumpleaños arruinado.

Es una figura de una elegancia gótica y desgarradora, una reina de un reino de sombras, vestida con los colores y las ataduras de su rey.

El lazo en su espalda no es solo un adorno; es el nudo que la une a él, y por primera vez, ella no siente el impulso de desatarlo.

Está lista.

Lista para la luz que él ha prometido encender.

Una luz que, sabe, solo iluminará la prisión que él ha decorado exclusivamente para ella.

(Milagros abre lentamente la puerta de su habitación, aún sintiendo la seda del vestido rozar su piel.

La escena que se despliega ante ella en el pasillo le quita el aliento.

No es solo un regalo, es una invasión de lujo, una avalancha calculada de opulencia.) El pasillo, antes sereno y minimalista, ha sido transformado en una especie de boutique fantasma.

El característico naranja de Hermès domina el espacio, un color que grita exclusividad y un precio exorbitante.

A su izquierda, una torre irregular de cajas de cartón rígido, algunas redondas como sombrereras, otras cuadradas y profundas, prometen secretos en su interior.

Cada una está atada con una cinta oscura y satinada, un detalle macabro y elegante que recuerda a los ramos de rosas negras.

A su derecha, una fila impecable y casi militar de bolsas de compras Hermès se alinea contra la pared.

Pero su mirada, abrumada, salta de una marca a otra.

El logotipo sport de Nike junto al dorado de Louis Vuitton.

Las letras entrelazadas de Chanel y Gucci.

La elegancia discreta de Dior y Prada.

La barra dorada de Versace.

Es un arsenal de moda, una declaración de que no hay estilo, ni ocasión, para la que él no la va a vestir.

Y luego están los cosméticos.

Cajas y estuches de Maybelline, MAC, L’Oréal, mezclados sin complejos con la alta gama de Estée Lauder, Fenty Beauty, y los lujosos empaques de Dior, Chanel y Charlotte Tilbury.

Es como si hubiera comprado todo un centro comercial, desde lo más accesible hasta lo más prohibitivo, para demostrar que ningún precio es demasiado alto.

Que puede darle todo, desde lo cotidiano hasta lo sublime.

Milagros permanece inmóvil en el umbral, su vestido negro y el lazo dramático contrastando brutalmente con el alegre y vibrante naranja que inunda el pasillo.

No es felicidad lo que siente, sino una profunda y compleja conmoción.

Cada caja, cada bolsa, es un ladrillo más en el muro de su jaula dorada.

Son herramientas para moldearla a su imagen, para asegurarse de que cada parte de su apariencia, desde sus zapatillas para correr hasta su lápiz labial, lleve el sello de su provisiones, de su control.

Es la materialización de la promesa de la nota: recuerdos hermosos, sí, pero tejidos exclusivamente con los hilos que él elige.

Extiende una mano y toca la cinta de una de las cajas de Hermès.

No la desata.

Solo siente la textura suave bajo sus dedos.

El mensaje es claro: “Todo esto es tuyo.

Y tú…

eres mía”.

(Milagros desciende por la escalera, el susurro del tul de su vestido es el único sonido en la mansión.

Al llegar al umbral de la sala principal, se detiene en seco, su mano agarra con fuerza el pasamano.) La sala se ha transformado.

No es solo una decoración; es un escenario de fantasía oscura y opulenta.

Sus ojos, aún sensibles por el llanto de la víspera, se posan primero en las letras iluminadas: “HAPPY BIRTHDAY”.

Brillan con una intensidad que parece desafiarla, un recordatorio de la nueva narrativa que él está imponiendo sobre su día.

A sus lados, como guardias de honor, se alzan ramos de rosas rojas en jarrones de cristal, sus corolas perfectas y sangrantes.

Globos rojos en forma de corazón flotan, inertes, una representación casi grotesca del amor que la envuelve.

Su mirada desciende al suelo, donde un mar de pétalos de rosa rojos se mezcla con el titilar suave de decenas de velas blancas.

Es romántico, sí, pero de una romanticismo posesivo y fúnebre, como una procesión nupcial en un sueño del que no se puede despertar.

Y luego, los regalos.

Una fortuna en cajas blancas y negras, apiladas como una ofrenda a una diosa caprichosa.

Las icónicas cintas de Chanel coronan muchas de ellas, mientras que las bolsas de Cartier prometen joyas que serían grilletes de diamantes.

No son solo obsequios; son eslabones de la cadena más suave y lujosa jamás forjada.

Detrás de esta montaña de consumo, un enorme arreglo floral de rosas rosadas y moradas estalla en un susurro de colores más suaves, una concesión quizás a una feminidad que él cree que ella debería desear.

Globos rojos, como los de antes, se alzan hacia el techo, atrapados en la altura de la sala.

Milagros permanece en el umbral, la mujer del vestido negro con el lazo gigante en medio de esta explosión de rojo y lujo.

No siente alegría.

Siente el peso de cada pétalo, de cada globo, de cada caja.

Es la culminación de la promesa de Cristhian: borrar cualquier sombra del pasado inundando el presente con una realidad tan abrumadora, tan controlada, que no quede espacio para ningún recuerdo que no lleve su nombre.

Él no está celebrando su nacimiento.

Está celebrando su re-nacimiento… en sus términos.

(Milagros gira la cabeza lentamente, y su mirada es capturada por la pieza central de esta opulenta escenografía: el pastel.

No es un simple postre; es un monumento, una arquitectura de

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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