DULCE VENENO - Capítulo 80
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80: Imperial group 80: Imperial group El cuerpo de Milagros se convulsionó, una oleada de placer puro y puro la inundó.
Arqueó la espalda violentamente, echó la cabeza hacia atrás, sus ojos giraron hacia atrás, blancos de éxtasis.
Su lengua colgaba, un grito silencioso de liberación.
Sus dedos arañaron el terciopelo, dejando profundas hendiduras.
“¡Aaaahhhh!” gritó ella, con el orgasmo desgarrándola.
Su coño se convulsionó a su alrededor, absorbiendo cada gota de placer.
Sintió su clímax, una serie de espasmos intensos que le apretaban la polla, arrastrándolo hacia sus temblorosas profundidades.
La sensación era demasiado intensa, demasiado placentera.
Un rugido gutural brotó de su garganta mientras se derramaba profundamente en ella, un chorro caliente y palpitante que la llenó hasta rebosar.
“Mmm…”Él gruñó, su cuerpo temblando con su propia liberación.
Se desplomó sobre su espalda, su peso presionándola aún más contra el diván.
Sus respiraciones entrecortadas llenaron el silencio, volviendo lentamente a la normalidad.
Su cuerpo aún temblaba con las réplicas de su orgasmo, su polla aún palpitaba profundamente dentro de ella.
El aire estaba denso con su almizcle, el olor a sudor y sexo, un testimonio del acto crudo y primario que acababan de compartir.
Después de un momento, él se retiró lentamente, un sonido húmedo ” shlick ” llenó el aire cuando su polla se deslizó fuera de sus resbaladizas profundidades.
Un suspiro de satisfacción se le escapó cuando él se apartó, acercándola más y presionando un beso en la nuca.
Su cuerpo, aún vibrando de placer, se relajó contra él, sintiendo el calor de su piel contra la de ella.
El silencio que siguió no fue vacío, sino pleno, preñado de los ecos persistentes de su pasión.
El Bentley negro se deslizó hasta la entrada principal con un susurro casi imperceptible, deteniéndose con precisión milimétrica bajo la marquesina iluminada.
La puerta se abrió y Lansky emergió, una figura de poder y elegancia en el corazón de su imperio.
Su traje italiano, de un azul marino tan oscuro que casi parecía negro, se fundía con la sofisticación del edificio.
La luz dorada de la marquesina se reflejó por un instante en la esfera de su reloj de pulsera, un destello efímero que era como un guiño de lujo.
Alzó la vista hacia la torre central, donde el logotipo de “ML+ Entertainment” brillaba contra el cielo crepuscular.
Una sonrisa leve, casi imperceptible, tocó sus labios.
No era una sonrisa de alegría, sino de posesión.
De dominio.
Sus pasos, firmes y decididos, hicieron eco en el pavimento pulido mientras se dirigía hacia las puertas de vidrio automáticas.
Se abrieron en silencio ante él, como si el propio edificio reconociera a su amo.
El vestíbulo era una catedral de vidrio, acero y mármol.
Un espacio vasto e imponente, iluminado por una luz ambiental que realzaba cada detalle de lujo.
Empleados bien vestidos se apresuraban, bajando la voz y enderezando la postura al verlo pasar.
Su presencia imponía un respeto inmediato, un silencio reverencial que se extendía a su paso.
Sin disminuir la marcha, se dirigió hacia el ascensor privado, cuyas puertas de bronce bruñido reflejaban su imagen distorsionada.
Un guardia de seguridad, impecable en su uniforme, asintió con un mutuo “Sr.
Lansky” y pulsó un botón.
Mientras las puertas se cerraban, aislando el silencio del ascensor, su mirada se perdió en el panorama de la ciudad que se desplegaba a través del vidrio del vestíbulo.
Las puertas se abrieron directamente a su suite ejecutiva, una extensión del lujo del vestíbulo, pero con una vista que dominaba la ciudad.
Su secretario jefe ya estaba allí, esperando con una tableta en la mano.
“Bienvenido, señor.
Tenemos los informes de la reunión de fusiones y los números preliminares del último lanzamiento de ML+.” Lansky dejó su maletín de piel sobre el escritorio de ébano, sin apartar los ojos de la ventana.
“Después,” dijo, su voz calmada pero cargada de una intención inconfundible.
“Primero, quiero un informe completo.
De la Señorita Stefanny.
Donde está, con quién está…
cada movimiento.” El secretario asintió, sin inmutarse.
“Inmediatamente, señor.” Lansky se acercó a la ventana panorámica, poniendo las manos en los bolsillos.
París se extendía a sus pies, un tapiz de luces y posibilidades.
Vuela , mariposa, pensó, su reflejo sonriendo levemente en el cristal.
Pero este cielo…
también es mío.
Escena: Suite Ejecutiva – Imperial Group La puerta del ascensor privado se deslizó en silencio.
El secretario, un hombre de rostro impasible y traje impecable, cruzó la suite con pasos precisos hasta donde Lansky contemplaba el skyline de París desde el ventanal panorámico.
Secretario: (Colocando una tableta delgada sobre el escritorio de ébano) El informe que solicitó, señor.
Lansky no se volvió.
Sus manos, en los bolsillos del traje, permanecían quietas.
El silencio se extendió, cargado de expectación.
Lansky: (Su voz, un susurro sedoso que cortaba el aire) Ilumíname.
Secretario: (Abriendo un archivo en la tableta, su tono era neutro, factual) La Señorita Stefanny se encuentra actualmente en “La Douceur Fantôme”, una pastelería de alta gama en Le Marais.
La acompaña la Señorita Marilu.
Llegaron hace veinte minutos.
Pedieron éclairs de vainilla y té Earl Grey.
Lansky giró lentamente.
Sus ojos, de un azul gélido, se posaron en el secretario.
Una sonrisa casi imperceptible, más una sombra que una expresión real, jugueteó en sus labios.
Lansky: “La Douceur Fantôme”…
La Dulzura Fantasma.
Qué apropiado.
¿Y cómo está mi mariposa?
¿Disfruta de su libertad dulce y efímera?
Secretario: (Deslizando una foto en la tableta.
Era Stefanny, captada con un teleobjetivo, riendo con Marilu.
Llevaba puesta una chaqueta de cuero, pero asomaba un destello plateado en su cuello) Nuestro contacto reporta que parece…
despreocupada.
Animada.
(Una pausa calculada) Aún lleva el collar.
La sonrisa de Lansky se ensanchó, mostrando una hilera perfecta de dientes.
No era una sonrisa cálida.
Era la sonrisa de un hombre que ve todas las piezas del tablero moverse exactamente como había previsto.
Lansky: Por supuesto que lo lleva.
Los osos, incluso los de galaxia, tienen colmillos.
Solo que ella aún no los siente.
(Se acercó al escritorio, apoyando las yemas de los dedos sobre la superficie pulida) ¿Cree que ha escapado, verdad?
Que este paseo, este té con su amiga…
son actos de independencia.
Secretario: Es la impresión, señor.
Lansky: (Un susurro cargado de posesión obscena) Que siga creyéndolo.
Que saboree su pastel y su falsa libertad.
(Levantó la mirada, clavándola en el secretario).
Quiero que en cinco minutos, el chef propietario de “La Douceur Fantôme” reciba una llamada.
De un admirador anónimo que insiste en pagar toda la cuenta de las señoritas…
y enviar a su mesa una botella de nuestro Dom Pérignon Rosé, junto con una nota.
Secretario: (Asintiendo, ya tomando nota mental) El texto de la nota, señor?
Lansky tomó una pluma estilográfica de oro de su bolsillo interno y escribió unas palabras en una fina tarjeta de papel.
La deslizó hacia el secretario.
Lansky: Exactamente eso.
Nada más.
El secretario tomó la tarjeta.
Leyó la breve inscripción.
Su rostro no mostró emoción alguna, pero un leve parpadeo reveló la comprensión del mensaje.
Asintió una vez más.
Secretario: Inmediatamente, señor Lansky.
Mientras el secretario se retiraba, Lansky volvió a la ventana.
Abajo, en la dulce inconsciencia de Le Marais, su mariposa creía volar libre.
Él sonrió, un gesto frío y perfecto.
En la tarjeta, escrita con la elegante caligrafía de Lansky, decía: “Disfruta de los dulces, mariposa.
Pero recuerda quién posee el jardín.” El ambiente en la pastelería era un refugio de luz dorada y aromas a mantequilla y vainilla.
Stefanny y Marilu, en una mesa junto al ventanal, habían creado una burbuja de normalidad.
Por un momento, la tensión de la fuga y la sombra de Cristhian parecían lejanas.
Stefanny: (Mordisqueando su éclair con una sonrisa genuina, la primera en días) Dios, esto es…
celestial.
Creo que me he olvidado de lo que era saborear algo sin sentir que me vigilan.
Marilu: (Sorbiendo su té, con una sonrisa más contenida) Es un buen comienzo.
Pero no bajemos la guardia, Stef.
Tu padre….
No pudo te
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