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DULCE VENENO - Capítulo 81

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  4. Capítulo 81 - 81 Invitación
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81: Invitación 81: Invitación No pudo terminar la frase.

Un mesero, impecable con su delantal negro y gesto serio, se acercó a su mesa.

En sus manos llevaba una hielera de plata con una botella de Dom Pérignon Rosé, cuya etiqueta rosa pálido brillaba bajo la luz de la lámpara.

La colocó con suavidad sobre la mesa.

Stefanny: (Su sonrisa se congeló.

Bajó el resto del éclair al plato) Disculpe…

nosotros no pedimos esto.

Mesero: (Con una leve inclinación) Lo sé, mademoiselle.

Es un obsequio.

De un caballero que prefiere permanecer en el anonimato.

(Luego, con un movimiento igualmente pulcro, colocó un pequeño sobre de papel grueso, blanco, junto a la base de la hielera).

Y esto es para usted, mademoiselle Stefanny.

El corazón de Stefanny, que latía con una calma recuperada, se detuvo y luego arrancó a un ritmo frenético.

Un escalofrío, el mismo que sintió en el avión, le recorrió la espina dorsal.

Sus ojos se encontraron con los de Marilu, que ya habían perdido toda traza de relajación.

Con dedos que empezaban a temblar, Stefanny tomó el sobre.

Lo abrió.

Extrajo la tarjeta.

No había nombre.

Solo una frase, escrita con una caligrafía enérgica y arrogante que le resultó terriblemente familiar.

“Disfruta de los dulces, mariposa.

Pero recuerda quién posee el jardín.” El aire escapó de sus pulmones.

La pastelería, antes acogedora, de repente se sintió como una jaula de cristal.

El éclair que había saboreado con tanto placer ahora le sabía a cenizas en la boca.

Su mano fue instintivamente hacia su cuello, buscando el collar del oso de galaxia escondido bajo la chaqueta.

El talismán ahora se sentía como una argolla.

Stefanny: (Su voz era apenas un hilo quebrado, dirigido a Marilu, pero sin apartar los ojos de la nota) Él…

él está aquí.

O…

o sabe.

Lo sabe todo.

La burbuja de normalidad estalló.

La libertad había sido una ilusión.

Lansky no había ido a buscarla.

Solo había extendido la mano, a través de la ciudad, para recordarle que, sin importar dónde volara, siempre estaría en su jardín.

La paz de la suite ejecutiva, dominada solo por el zumbido casi inaudible del clima artificial y el leve tintineo del hielo en el vaso de Lansky, se quebró de forma violenta.

La puerta se abrió de golpe, sin el anuncio habitual.

El secretario, un hombre cuya imperturbabilidad era tan legendaria como la del propio edificio, irrumpió con el rostro desencajado, la respiración entrecortada.

Su traje, siempre impecable, parecía contener a un hombre tembloroso.

Secretario: (Su voz, por primera vez, temblaba, llevando el sobre con ambas manos como si pesara una losa) Señor…

esto…

llegó para usted.

No por los canales habituales.

Lo dejó un…

mensajero.

Un hombre con una cicatriz.

Dijo que era de “sumo interés”.

Lansky, que estaba de pie junto al bar, giró lentamente.

Sus ojos no mostraron sorpresa, sino una curiosidad aguda y gélida.

Dejó su vaso sobre la barra de granito con un clic seco.

Lansky: Contrólese.

(Su tono era un latigazo calmado).

¿Un mensajero con cicatriz?

Qué melodramático.

Déjemelo.

El secretario se acercó y Lansky tomó el sobre.

Sus dedos, largos y seguros, recorrieron la textura del papel negro mate, sintiendo el relieve del damasco gris y las cruces estilizadas.

Sus ojos se posaron en el sello de cera con el cráneo.

Lansky: (Una ceja se alzó levemente, una sonrisa cruel y apreciativa se dibujó en sus labios) Una obra de arte.

La elegancia como preludio de la amenaza.

Lo clásico nunca pasa de moda.

Con un movimiento preciso, quebró el sello de cera.

El sonido fue un crujido seco que resonó en la habitación silenciosa.

Extrajo el contenido.

Era una tarjeta de invitación, tan elaborada como el sobre.

El negro profundo, el marco dorado, el escudo heráldico con espadas cruzadas y rosas…

un mensaje de una pompa y una oscuridad calculadas.

Sus ojos escanearon el texto, absorbiendo cada palabra impresa en una elegante tipografía blanca.

No hubo cambio en su expresión.

No hubo sorpresa, ni ira.

Solo una aceptación profunda, como si una pieza esperada de un juego mortal hubiera encajado finalmente en su lugar.

Lansky: (Leyendo en voz alta, su voz era un susurro aterciopelado y peligroso) “Ven con Milagros.

Los estaremos esperando en el restaurante Beluga en Moscú.” (Alzó la mirada, y sus ojos, ahora brillantes con una luz fría y predatoria, se clavaron en el secretario, que aún palidecía).

“Los estaremos esperando”.

Qué encantadoramente siniestro.

Secretario: (Tragando saliva con dificultad) Señor…

¿Quién…?

¿Es una trampa?

¿Debo alertar a seguridad?

¿Llamar a las autoridades?

Lansky: (Soltó una carcajada baja, un sonido que no tenía nada de alegre) ¿Las autoridades?

Para tratar con fantasmas que usan heráldica y cráneos de cera?

No.

Esto no es para la policía.

Esto es…

una invitación a un baile.

Un baile muy, muy oscuro.

Se acercó a su escritorio, colocando la tarjeta sobre el ébano pulido como si fuera un mapa de batalla.

Lansky: (Su voz recuperó toda su frialdad ejecutiva) Cancele todas mis citas para los próximos días.

Reserve el jet.

Ruta: París a Moscú.

Y envíe un mensaje, a través de los nuestros canales.

Que no usen sobre.

Una simple nota, en papel blanco, sin remitente.

Secretario: (Ya recuperando parte de su compostura, sacando su tableta) ¿El mensaje, señor?

Lansky miró por la ventana panorámica, hacia el este, hacia donde estaría Moscú.

Una sonrisa de anticipación cruel se dibujó en su rostro.

Lansky: Díganles esto, exactamente: “El jardinero acepta la invitación.

Preparen la mesa.

Traeré a …….

su flor.” El secretario asintió, comprendiendo la magnitud del movimiento.

Esto ya no era un juego de sombras y mensajes dulces.

Era una declaración de guerra en un lenguaje que solo ellos entenderían.

Lansky tomó de nuevo su vaso, brindando hacia la nada.

Lansky: (Para sí mismo, en un murmullo) Moscú en invierno.

Qué escenario perfecto para un reencuentro…

familiar.

El silencio de la suite era pesado, cargado con la amenaza de la invitación a Moscú que aún reposaba sobre el escritorio.

Lansky permanecía de pie, inmóvil, sus ojos fijos en el horizonte urbano.

Finalmente, rompió el silencio, su voz un corte limpio y frío en el aire acondicionado.

Lansky: Trae mi celular.

El rojo.

El secretario, ya recuperada su compostura de acero, asintió con un “Inmediatamente, señor”.

Se dirigió a una caja fuerte discreta empotrada en la pared, introdujo un código y extrajo un teléfono móvil de un rojo intenso, un modelo sencillo pero impenetrable, destinado a una sola cosa: comunicaciones que no debían ser rastreadas.

Lansky lo tomó.

Sus dedos marcaron el número de memoria con precisión quirúrgica.

Puso el altavoz.

El tono sonó una, dos veces…

Milagros: (Su voz surgió del aparato, tensa, un susurro cargado de miedo y exasperación) Te dije que no me llames a este número.

Él revisa todas las líneas…

Lansky: (Cortándola, su tono era implacable, sin espacio para objeciones) Milagros, tenemos que vernos.

Es importante.

Milagros: (Un silencio corto, cargado de pánico.

Luego, con una resignación rápida y práctica) Está bien.

Pero no aquí.

Te veo…

(Su voz se volvió aún más baja, como si estuviera leyendo algo escondido) …en el restaurante Alléno Paris – Pavillon Ledoyen.

O en Kei.

O en L’Arpège.

O incluso en ese…

Baumanière 1850 en Courchevel.

(La lista era una cacofonía deliberada, un código).

Y haz que me espere un chófer cerca de la mansión.

Para…

engañar a los guardias de Cristhian.

Lansky: (Sin inmutarse, como si ella hubiera sugerido tomar un café) De acuerdo.

La llamada se cortó.

Lansky dejó el teléfono rojo sobre el escritorio, junto a la tarjeta negra.

Su mirada se encontró con la de su secretario.

No había necesidad de explicaciones.

Ambos habían descifrado el código real de Milagros: la ubicación era lo de menos; la urgencia y la necesidad de un plan de fuga eran el mensaje verdadero.

Lansky: (Su voz era ahora la de un estratega militar) Necesitamos un señuelo.

Busca una mujer que se parezca a Milagros.

Complexión, altura, color de pelo.

Una farsante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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