DULCE VENENO - Capítulo 82
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82: Libertad prestada 82: Libertad prestada Haz una reserva a su nombre en el Alléno Paris, en Kei, en L’Arpège…
en todos los restaurantes que nombró, pero en diferentes mesas y horarios.
Donde se siente la farsante, los hombres de Cristhian enfocarán su atención.
Secretario: (Asintiendo, ya visualizando el plan) Creará un patrón de ruido.
Confusión.
No sabrán a cuál seguir.
Lansky: Exactamente.
Y prepara dos carros.
Idénticos.
Negros, lunas tintadas.
El primero debe estacionarse en la calle Tantaléan, a una manzana de la mansión.
Visible.
El segundo, en la rue de Morétand, la paralela.
Cuando Milagros salga y suba al primero, ambos carros se cruzarán en la intersección de Léon Blanc.
En ese cruce, con la visibilidad reducida por un instante, ella bajará y subirá al segundo.
El primero seguirá su ruta, llevando a los seguidores de Cristhian de paseo por París.
Se inclinó sobre el escritorio, sus ojos eran dos fragmentos de hielo.
Lansky: No debe haber errores.
Un segundo de retraso, un movimiento en falso, y Cristhian no solo tendrá a su esposa de vuelta…
tendrá un cadáver que culpar.
Y nosotros…
habremos perdido nuestra flor para el baile en Moscú.
El secretario asintió una última vez, su rostro era una máscara de determinación absoluta.
La partida de ajedrez había comenzado, y las piezas se movían en la oscuridad.
(El despacho de Cristhian está sumido en su habitual silencio imponente, roto solo por el suave crujir del cuero de su sillón.
La puerta se abre sin ruido y Milagros aparece en el marco, una visión de elegancia doméstica.
Cristhian levanta la mirada de sus documentos, y sus ojos oscuros, siempre calculadores, se suavizan al instante, aunque la intensidad en ellos no disminuye.) Cristhian: (Su voz es una caricia grave que llena la estancia) Amor.
Ven.
¿Qué ocurre?
(Milagros se acerca a la mesa, moviéndose con esa gracia que solo ella tiene.
Él, sin levantarse, extiende los brazos y la atrae hacia sí, rodeando su cintura con un gesto posesivo que es a la vez protector y dominante.
Sus manos se posan en las curvas de sus caderas, dibujando círculos invisibles.) Milagros: (Dejándose acunar por su abrazo, apoya las manos en sus hombros) Amor, saldré un momento.
Iré al restaurante Alléno Paris – Pavillon Ledoyen.
(Una sonrisa pequeña, casi tímida, juega en sus labios).
Hay un nuevo platillo y quiero probarlo.
(La sonrisa de Cristhian no llega a sus ojos.
Se congela por una fracción de segundo antes de volverse más afilada.) Cristhian: (Su tono es suave, pero no deja espacio para la discusión) Entonces iré contigo y disfrutaré el plato contigo.
(Una de sus manos se desliza desde su cadera hasta su trasero, apretándolo con una familiaridad íntima y un poco amenazante).
No hay nada que tú pruebes que yo no quiera saborear en tus labios.
(Milagros se sonroja, la mezcla de placer y incomodidad pintando sus mejillas.) Milagros: (Su voz es un susurro, lleno de una dulce terquedad) Me encantaría mucho, amor, pero…
quiero ir sola.
(El silencio que cae es más elocuente que cualquier reproche.
Los dedos de Cristhian se tensan ligeramente contra la tela de su vestido.
Puede sentir la batalla interna en su mirada: el deseo de encerrarla contra su pecho y el conocimiento de que hasta los pájaros más preciados necesitan una ilusión de cielo.) Cristhian: (Finalmente habla, y cada palabra es una cadena forjada en seda) Está bien.
Ve.
(La suelta, pero su mirada no lo hace).
Pero irás con los guardias.
(No es una sugerencia).
Quiero saber cada bocado que des, cada sorbo que tomes.
Que sean mis ojos donde yo no puedo estar.
(Milagros asiente, una chispa de triunfo en sus ojos que él nota y archiva mentalmente.
Se inclina y le planta un beso apasionado en los labios, un sello de fuego y despedida.) Milagros: De acuerdo.
Te veo más tarde.
(Y luego se da la vuelta, y sale del despacho, la falda ondeando como una bandera de una libertad temporal y vigilada.
Cristhian la observa marchar, y en la profundidad de su sonrisa, hay una promesa silenciosa: que este pequeño vuelo solo hará que el regreso a sus brazos sea más dulce, y su jaula, más cómoda.) (El despacho de Cristhian.
La puerta se cierra tras Milagros.
La sonrisa en el rostro de Cristhian se congela y se evapora al instante, dejando un vacío gélido.
Sin apartar los ojos de la puerta, extiende una mano y presiona un botón discreto en su escritorio.
Segundos después, el jefe de guardias, Rojas, entra y se cuadra frente al escritorio, la espalda recta, la mirada baja.) Cristhian: (Su voz es un susurro plano, sin emoción, pero cada palabra carga el peso de una losa) Rojas.
Rojas: (Sin levantar la vista) Señor.
Cristhian: Mi esposa irá al Ledoyen.
(Hace una pausa, dejando que el nombre del restaurante cuelgue en el aire como una amenaza).
Quiero tres hombres.
Los mejores.
Dentro del restaurante.
En mesas adyacentes.
No la pierdan de vista.
Ni para parpadear.
Rojas: Entendido, señor.
Discretos.
Cristhian: (Su mirada, fría como el acero, se clava finalmente en Rojas) “Discreto” es que nadie sepa que están allí.
“Eficaz” es que si un mosquito se posa en su brazo, ustedes me traen las alas del insecto.
(Se levanta lentamente, apoyando las palmas de las manos en el escritorio).
Ella pedirá un plato nuevo.
Quiero saber qué es.
Quiero fotos.
De la comida.
Del vino.
(Su tono se vuelve más lento, más peligroso).
Y si alguien se le acerca…
si alguien intenta dirigirle la palabra, un mesero demasiado amable, un admirador cualquiera…
(Cristhian se endereza y camina hacia la ventana, con las manos a la espalda.) Cristhian: No intervengan.
No la alarmen.
Solo tomen nota.
Tomen nombres.
Tomen rostros.
(Gira la cabeza solo lo suficiente para que Rojas vea su perfil cortante).
Después…
yo me encargaré de educar sobre los límites.
Rojas: (Traga saliva, sintiendo el frío que emana de su jefe) Comprendido, señor Cristhian.
Cristhian: (Vuelve a girarse, y ahora hay una chispa de locura lúcida en sus ojos) Ella cree que va a cenar, Rojas.
Pero lo que en realidad está haciendo es…
dar un paseo por mi jardín.
Y a mí me gusta saber cada flor que mira, cada piedra que pisa.
(Su voz cae a un susurro aterrador).
Ahora, salga.
Y no me falle.
Recuerde que su valor para mí se mide en centímetros: la distancia que logra mantener entre ella y cualquier amenaza.
Si esa distancia se acorta a cero…
su utilidad también.
(Rojas asiente con una brusquedad nerviosa y sale del despacho, la puerta cerrándose con un clic suave.
Cristhian permanece de pie, mirando la ciudad a través del cristal, una silueta de obsesión y control absoluto en el crepúsculo.) Calle Tantaléan – Atardecer El portón de hierro forjado de la mansión Tantalean se deslizó con un suave zumbido.
Un sedán negro, discreto y con las lunas tintadas, salió lentamente y giró hacia la avenida.
Dentro, tras los cristales oscuros, la silueta de una mujer con un elegante abrigo y un pañuelo en la cabeza era apenas visible.
A cincuenta metros, desde una furgoneta estacionaria, dos guardias de Cristhian observaron.
Un leve asentimiento entre ellos, y un segundo vehículo, un SUV negro, se desprendió de la acera y comenzó a seguir al sedán a una distancia prudente.
Intersección Léon Blanc El sedán de Milagros se aproximó a la intersección justo cuando el semáforo cambiaba a ámbar.
En ese momento, otro sedán idéntico, el de Lansky, apareció por la calle perpendicular, cruzándose frente a ellos en el momento preciso en que ambos vehículos redujeron la velocidad casi a cero.
Fue cuestión de tres segundos.
Un ballet coreografiado con precisión milimétrica.
Las puertas traseras de ambos coches se abrieron simultáneamente.
Milagros, con el corazón en la garganta, salió de un salto de su coche y se introdujo en el vehículo de Lansky.
Al mismo tiempo, la impostora—una mujer con su misma complexión, vestida idénticamente y con un pañuelo idéntico—hizo el movimiento inverso,
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