DULCE VENENO - Capítulo 83
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83: Restaurante alléno paris – pavillon 83: Restaurante alléno paris – pavillon Hizo el movimiento inverso, entrando en el sedán original.
Las puertas se cerraron.
El semáforo cambió a verde.
El sedán original, ahora con la impostora en el asiento trasero, continuó su camino con total normalidad, girando hacia los bulevares más transitados.
El SUV de los guardias, que se había detenido unos metros atrás, retomó la persecución sin la más mínima sospecha, siguiendo al señuelo.
Mientras tanto, el sedán de Lansky, con la verdadera Milagros ya en su interior, tomó una dirección opuesta, sumergiéndose en el tráfico de la hora punta como una sombra más.
Dentro del coche, Milagros se quitó el pañuelo, jadeando, sus manos aún temblorosas.
Frente a ella, en la penumbra, la figura serena de Lansky la esperaba.
Milagros: (Con voz entrecortada) Lo logramos…
¿Y…
y esa mujer?
Lansky: (Sin alterarse, mirando por la ventanilla mientras su chófer conducía con calma) Cumplirá su función.
Ella sabes lo que tiene que hacer no te preocupes no encontraremos en el restaurante pero nosotros llegaremos primero.
El ambiente era de una elegancia serena y opresiva.
Líneas puras, colores claros y un silencio solo roto por el discreto tintineo de la cristalería.
Lansky y Milagros, sentados en una mesa apartada, formaban un cuadro de sofisticación y tensión contenida.
Milagros, aún pálida por el susto de la fuga, intentaba componerse, pero sus ojos no dejaban de recorrer la sala, buscando sombras familiares y hostiles.
Lansky, en cambio, emanaba una calma glacial.
Bebió un sorbo de agua mineral antes de deslizar el sobre negro con el sello de cera del cráneo sobre el mantel blanco, empujándolo suavemente hacia ella.
Lansky: (Su voz era baja, un rumor entre las paredes acolchadas) Llegó esta mañana.
Un mensajero con…
estilo.
Milagros tomó el sobre.
Sus dedos, enguantados, recorrieron la textura del papel, el damasco sombrío, la cera del cráneo.
Lo abrió con cuidado, extrayendo la tarjeta heráldica.
Sus ojos, llenos de un cansancio antiguo, leyeron el mensaje.
Y entonces, inesperadamente, una sonrisa torcida, cargada de un humor negro y resignado, se dibujó en sus labios.
Milagros: (Con un deje de sarcasmo amargo) Vaya, vaya…
Parece que siguen vivos.
Y nos han citado a Rusia.
En pleno invierno, por supuesto.
No podía ser en la Costa Azul.
Lansky: (Una ceja levemente arqueada) Sí.
La pregunta es…
¿qué será tan importante esta vez?
(Tomó su copa de vino, mirando el líquido tinto a la luz).
La última vez que todos nos vimos…
las cosas se pusieron un poco…
intensas.
Se volvieron locos.
Milagros: (Dejó la tarjeta sobre la mesa, clavando su mirada en Lansky.
La máscara de la damisela asustada cayó por un momento, revelando a la mujer que había sobrevivido a demasiado) No lo sé, Lansky.
Pero si ellos se han tomado la molestia de citarnos de una manera tan…
teatral y peligrosa, debe ser importante.
Algo que no puede comunicarse por los canales habituales.
Algo que requiere nuestra presencia física.
Hizo una pausa, su mirada perdida en el escudo de espadas y rosas de la tarjeta.
Milagros: (Con una voz ahora más firme, decidida) Debemos ir.
Tenemos que ver qué desean.
Después de todo…
(Su sonrisa se volvió aún más sombría) …la familia siempre debe responder a la llamada, ¿no es así?
Por más disfuncional que sea.
Lansky la observó, analizando la transformación.
El miedo había dado paso a una determinación peligrosa.
Asintió lentamente.
Lansky: De acuerdo.
Iremos a Moscú.
A ver qué nuevo juego ha preparado nuestro anfitrión en la sombra.
(Alzó su copa en un brindis mudo).
Por los fantasmas del pasado…
y los peligros que están por venir.
Milagros no alzó la suya.
Solo mantuvo la mirada en la tarjeta, sabiendo que aquella invitación no era un simple reencuentro.
Era el comienzo de algo de lo que, tal vez, no todos saldrían vivos.
La tensión del mensaje se mezclaba ahora con una nostalgia amarga.
Milagros dejó que su mirada se perdiera un momento en el reflejo de su cuchara, antes de alzarla hacia Lansky con una curiosidad genuina y un deje de tristeza.
Milagros: (Su voz más suave, casi un susurro nostálgico) Y dime…
¿cómo está **** ?
No lo he visto en mucho tiempo.
Lansky: (Tomó un sorbo de vino, su expresión se volvió impenetrable, un velo cayendo sobre cualquier emoción real) Yo tampoco.
La última vez supe de él, estaba en Japón.
Disfrutando de la vida, supongo.
Ya sabes cómo es él.
Un fantasma con gustos caros.
Milagros: (Un suspiro escapó de sus labios, cargado de un peso familiar) Sí, lo sé…
(Jugó distraídamente con el borde de su mantel, bajando la voz aún más) Pero me hubiese gustado…
Que el día de mi boda, que estuviera ahí.
Que me diera el brazo, aunque fuera por unos minutos.
Pero Cristhian…
Cristhian no sabe de qué familia vengo.
Cree que soy la hija única y bien educada de unos diplomáticos fallecidos.
Lansky: (Una sonrisa fría, casi un guiño de complicidad lúgubre, se dibujó en su rostro) ****** …
tenemos secretos que enterrarían a la mayoría de los hombres.
Y eso, querida Milagros, es lo único que hace que esta vida no sea insoportablemente aburrida.
Cristhian juega a ser un tiburón en su pecera.
Ni siquiera sospecha que está casado con una hija de la tempestad.
Milagros miró a su ******* , y por un instante, la mujer atrapada y aterrorizada desapareció.
En sus ojos brilló el mismo hierro frío que en los de Lansky.
Una herencia compartida.
Milagros: (Asintiendo lentamente) Tienes razón.
Los secretos son nuestra verdadera herencia.
(Su mirada volvió a la tarjeta negra sobre la mesa).
Y parece que es hora de sacar algunos a la luz.
Comenzando por averiguar quién más en Moscú conoce nuestro apellido.
El aire entre ellos cambió.
Ya no eran solo dos conspiradores forzados por las circunstancias.
Eran ****** de sangre, atados por un linaje oscuro y secretos que ahora, una invitación con un cráneo de cera, amenazaba con desenterrar.
Mientras Lansky y Milagros mantenían su tensa conversación en su mesa apartada, la atmósfera del restaurante adquirió una capa adicional de peligro.
La puerta principal se abrió y entró la impostora.
Vestida con la misma elegancia discreta y el mismo pañuelo que Milagros llevaba al salir de la mansión, caminó con una calma estudiada hacia una mesa en el centro del salón, no demasiado lejos de la entrada, pero lo suficiente para parecer una cliente más.
Se sentó con espalda recta, pidió un té a un mesero y sacó un libro, fingiendo una absoluta normalidad.
Minutos más tarde, el restaurante recibió a otros tres “clientes”.
Un hombre de negocios solitario que eligió una mesa junto a la ventana con vista a la mesa de la impostora.
Una pareja aparentemente enamorada que se sentó en un sofé cercano, más interesados en escanear la sala que en susurrarse al oído.
Un cuarto hombre, robusto y con un traje que le quedaba un poco ajustado, tomó asiento en la barra, bebiendo un whisky con lentitud exagerada.
Eran los guardias de Cristhian.
Se habían dispersado con profesionalidad, mezclándose con la clientela adinerada del lugar.
Sus miradas, sin embargo, trazaban patrones invisibles en el aire, convergiendo una y otra vez en la figura solitaria de la mujer del pañuelo.
No intercambiaban palabras, solo breves y casi imperceptibles gestos: un ajuste de corbata, un sorbo de agua.
Eran la jaula perfecta, invisible para cualquiera que no supiera lo que estaba buscando.
Desde su mesa en la penumbra, Lansky observó la escena sin inmutarse.
Un leve brillo de satisfacción cruel cruzó sus ojos.
El señuelo funcionaba a la perfección.
Mientras los sabuesos de Cristhian vigilaban a la falsa Milagros, creyendo tener el control, la presa real estaba justo frente a él, planeando una jugada mucho más audaz.
Milagros, siguiendo la mirada de su **** , contuvo el aliento un instante al ver a los guardias.
Pero al notar que sus miradas nunca se desviaban hacia ella, sino que se clavaban en la impostora, un suspiro de alivio silencioso escapó de sus labios.
Milagros: (En un murmullo casi inaudible para
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