DULCE VENENO - Capítulo 85
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85: El banquete de una sombra 85: El banquete de una sombra (Rojas sale del despacho, dejando a Cristhian solo con la imagen en el teléfono y el peso silencioso de su venganza pendiente.
La sonrisa de Milagros al mesero y su rubor se han convertido, en su mente, en delitos que exigen un castigo ejemplar.) (El suave chirrido de la puerta del despacho anuncia la entrada de Milagros.
Cristhian está de pie, frente a la ventana panorámica, su espalda ancha y su traje impecable creando una silueta de poder y aislamiento.
Milagros se desliza en silencio, como un fantasma familiar, y se acerca a él.
Sin mediar palabra, extiende sus brazos y lo rodea por la cintura, enterrando su rostro en la espalda de su traje.
Es un gesto de rendición, de hogar, de pertenencia.) (Cristhian no se sobresalta.
Su cuerpo, un instante antes tenso como el acero, se relaja infinitesimalmente bajo su contacto.
Es la única persona en el mundo cuyo tacto no desencadena sus alarmas, sino que las silencia.) Milagros: (Su voz es un murmullo apagado por la tela del traje, dulce y cansada) Amor…
tengo hambre.
(Aprieta su abrazo ligeramente).
¿Me cocinas algo?
Quiero probar tu comida.
(La petición es simple, pero en su mundo, está cargada de significado.
No es el chef de la mansión, no es un restaurante de cinco estrellas.
Es él.
Quiere algo hecho por sus manos, algo que lleve su esencia, su intención.) (Cristhian gira lentamente dentro de su abrazo, hasta quedar frente a ella.
Sus manos se posan en sus caderas, anclándola allí.
La sonrisa que le dirige no es la sonrisa fría y calculadora del empresario, ni la posesiva y peligrosa del amante oscuro.
Es una sonrisa genuina, suave, que llega a atenuar la intensidad de sus ojos oscuros.) Cristhian: (Su voz es una caricia baja, un secreto compartido) De acuerdo, amor.
(Una de sus manos se desprende de su cadera para acariciar su mejilla).
Vayamos a la cocina.
Prepararé algo para ti.
Solo para ti.
(Es una rendición diferente.
Él, que controla imperios, se rinde al simple deseo de alimentarla.
Que ella quiera algo de él, algo tan primal, enciende una chispa de humanidad en la oscuridad de su obsesión.
En este momento, no es el psicópata que vigila cada sonrisa que ella regala.
Es el hombre que cocinará para la mujer que ama, poseyendo cada bocado que lleve a sus labios de una manera más íntima y profunda que cualquier vigilancia.) (Toma su mano y la guía fuera del despacho, dejando atrás los informes y las sombras, dirigiéndose a la cocina, donde su dominio se ejercerá en el crepitar de la mantequilla y el aroma de los ingredientes, creando un hechizo mucho más poderoso que cualquier jaula de lujo: el hechizo de una normalidad fabricada solo para los dos.) (La cocina de la mansión, usualmente territorio de empleados, se ha transformado en un santuario íntimo.
La luz es cálida, centrada en la isla central donde Cristhian, con las mangas de su fina camisa remangadas hasta los codos, maneja el cuchillo con una precisión quirúrgica.
El tap-tap-tap contra la tabla de cortar es el único ritmo en el silencio cómplice.
Un pepino se transforma en láminas perfectas, translúcidas, bajo sus manos.
No es la tarea de un cocinero, es el ritual de un hombre obsesivo, incluso en lo mundano.) (Milagros está sentada en la encimera de mármol, balanceando suavemente una pierna.
Su vestido se arremolina alrededor de sus muslos.
No ayuda, solo observa.
Su mirada, suave pero intensa, no se despega de él.
No mira sus manos, mira su concentración, el leve ceño fruncido, la manera en que su mandíbula se tensa ligeramente.
Esa mirada lo desnuda más que cualquier caricia.) Cristhian: (Sintiendo el peso de su atención como una caricia física, habla sin levantar la vista del cuchillo, su voz más suave de lo habitual) Esa mirada, Milagros, es más peligrosa que cualquier arma.
Me desarma por completo.
(Una sonrisa se dibuja en los labios de ella, un espectadora satisfecha.) Milagros: Es que me gusta verte así.
Concentrado.
Haciendo algo…
normal.
Para mí.
(Su voz es un susurro deliberado).
Es excitante.
(La palabra “excitante” flota en el aire, cargada de doble sentido.
Cristhian detiene el cuchillo por un segundo.
Sus nudillos se blanquean alrededor del mango.
No es la furia posesiva de siempre; es una ola de calor, de emoción cruda, que le sube por el cuello y le tiñe las puntas de las orejas de un rojo traicionero.
Él, que enfrenta a tiburones en juntas directivas sin pestañear, se sonroja por una simple palabra de ella.) Cristhian: (Finalmente la mira, y sus ojos oscuros, usualmente impenetrables, brillan con una luz vulnerable y ardiente).
“Normal”…
(Deja el cuchillo y se acerca a ella,colocando las manos a cada lado de sus caderas, en la encimera.
El espacio entre ellos se electriza).
Nada contigo es normal,mi amor.
Cocinar para ti…
(su voz se quiebra ligeramente) se siente más trascendental que cualquier acuerdo de fusión.
Es…
aterrador.
Milagros: (Inclina la cabeza, su sonrisa se vuelve un poco triste, un poco comprensiva) ¿Aterrador?
Cristhian: (Asiente, hundiéndose en su mirada) Porque esto…
este momento sencillo…
es lo que más temo perder.
(Una mano se atreve a acariciar su rodilla).
Es lo que me hace sentir más humano, y por tanto, más frágil.
Y yo…
no sé ser frágil.
(Es la confesión más honesta que le ha hecho.
No surge de la oscuridad, sino de la pequeña luz que ella ha encendido en ella.
Milagros desliza una mano y la entrelaza con la suya, la que aún huele a pepino y a él.) Milagros: Entonces sé frágil conmigo.
Solo conmigo.
(Cristhian exhala, un suspiro que parece llevar el peso de todos sus años de control.
Y por primera vez, permite que la sonrisa que le dirige sea completamente genuina, llena de una emoción tan abrumadora que casi duele.
En la cocina, rodeados de los ingredientes de una cena simple, se sirven el banquete de una intimidad que, para ellos, es el lujo más raro y preciado.) (El suave chorro de agua corre sobre las fresas de un rojo intenso, enjuagando la última huella del mundo exterior.
Cristhian está de pie, inmóvil como una estatua, sus manos expertas limpiando cada fruta con una devoción que trasciende lo doméstico.
No es una tarea, es un ritual de purificación.
Todo lo que llega a ella debe ser perfecto, limpio, suyo.) (Milagros se desliza detrás de él como una suave brisa.
Sus brazos se cierran alrededor de su torso, sus manos planas se aferran a su pecho, justo sobre el latido constante de su corazón.
Apoya la mejilla en la ancha espalda de él, cerrando los ojos.
Es un gesto de total entrega, de buscar refugio en la misma fortaleza que la aprisiona.) Cristhian: (No necesita volverse.
Se endereza ligeramente bajo su peso, un suspiro casi inaudito escapando de sus labios.
Su voz es un zumbido grave que ella siente a través de su espalda).
Así no puedo lavarlas bien, mi amor.
Me distraes.
(No hay reproche en sus palabras.
Hay posesión satisfecha.
Hay el orgullo de un hombre que sabe que su mera presencia es un imán para ella.) Milagros: (Su voz es un murmullo contra la tela de su camisa) Quiero abrazarte.
Tus fresas pueden esperar.
(Una sonrisa lenta, profunda, se dibuja en el rostro de Cristhian.
Es la sonrisa de un rey cuyo territorio más preciado se entrega voluntariamente.) Cristhian: (Deja de lavar.
Apoya sus manos húmedas en el borde del fregadero, inclinándose ligeramente hacia atrás, intoxicándose de su calor).
¿Ah, sí?
¿Y si se empapan?
¿Si pierden su dulzura perfecta por tu capricho?
Milagros: (Aprieta su abrazo, sonriendo también, jugando a un juego que solo ellos entienden) Entonces comeremos fresas menos dulces.
Pero yo tendré mi abrazo.
(Cristhian gira entonces, lento, deliberado, dentro del círculo de sus brazos.
Sus manos, aún frías y húmedas, se posan en su cintura, anclándola.
Sus ojos oscuros, ahora a solo centímetros de los d
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