DULCE VENENO - Capítulo 86
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
86: El festín de la sumisión 86: El festín de la sumisión Sus ojos oscuros, ahora a solo centímetros de los de ella, ya no miran las fresas.
Miran su sonrisa, su felicidad, como si fueran los frutos más exquisitos que hubiera cosechado.) Cristhian: (Su voz es un susurro cargado de una verdad absoluta y aterradora) Cada latido que sientes aquí…
(presiona una de sus manos húmedas contra su propio pecho, sobre la mano de ella) late por ti.
Cada sonrisa que me regalas…
es mía.
Como estas fresas.
Como el aire que respiras.
(Se inclina, hasta que su aliento mezcla con el de ella).
Un abrazo tuyo vale más que toda la perfección del mundo.
Pero no lo olvides, Milagros…
(Su sonrisa se ensancha, mostrando el filo del depredador que siempre acecha bajo la superficie.) Cristhian: Lo que es mío, yo lo cuido.
Lo protejo.
Y…
lo disfruto.
Ahora, ¿me dejas terminar de lavar tus fresas ?
(Es una orden disfrazada de pregunta.
Un recordatorio envuelto en caricia.
Y Milagros, atrapada en la cálida y húmeda jaula de sus brazos, asiente, porque en este momento, ser su posesión más preciada se siente menos como una prisión y más como un hogar.) (El aire en la cocina sigue cargado de la dulce tensión del abrazo.
Milagros se desprende suavemente de Cristhian, permitiéndole terminar de lavar las fresas, pero la energía entre ellos no se disipa, solo se transforma.
Cristhian, ahora con un delantal de lino impecable sobre su costosa camisa, se sitúa frente a la mesa de preparación.
Sostiene una bolsa de harina, y su mirada, antes suave, ahora tiene un brillo calculador y juguetón.) Cristhian: (Con una sonrisa que es un pacto secreto) Ven aquí, mi amor.
Necesito tu ayuda para medir.
(Milagros se acerca, confiada, con una sonrisa amplia y desprevenida.
Extiende las manos, esperando que él le pase la bolsa o un utensilio.
Pero Cristhian no hace eso.
Con un movimiento rápido y teatral, sacude un poco la bolsa, y un pequeño polvillo de harina flota en el aire, cubriendo las manos de Milagros con un polvo blanco.) Milagros: (Emite una risa genuina, sorprendida, levantando sus manos ahora empolvadas) ¡Cristhian!
¡Qué haces!
(Su risa es música en la cocina, y Cristhian la absorbe con la avidez de un hombre sediento.) Cristhian: (Su sonrisa se ensancha, pero sus ojos oscuros atrapan los de ella con intensidad) Te marco.
(Dice, su voz un susurro seductor y lleno de significado).
Solo un pequeño recordatorio.
Incluso en la diversión…
(Extiende un dedo y roza suavemente la punta de la nariz de ella, dejando una pequeña mancha blanca) …estás cubierta por mí.
(La risa de Milagros se atenúa un poco, pero no desaparece.
Es una mezcla de diversión y esa punzante conciencia de su posesividad.
Él lo ve, y se deleita en ello.) Cristhian: (Toma sus manos empolvadas entre las suyas, sus pulgares acariciando sus nudillos blancos) Tu felicidad es mi obra maestra, Milagros.
Y yo soy el único artista permitido para esculpirla.
(Su tono es suave, pero cada palabra es un eslabón en una cadena invisible).
Me encanta oírte reír.
Pero esa risa…
(aprieta ligeramente sus manos) es mía.
Como el polvo en tu piel.
Como cada latido de ese corazón que late tan fuerte ahora.
(Es una declaración disfrazada de juego.
Una reafirmación de dominio en medio de la harina y las risas.
Milagros mira sus manos en las de él, luego levanta la vista hacia sus ojos, atrapada en la red de su encanto tóxico.) Milagros: (Su voz es más baja, pero aún con un dejo de diversión) Eres insoportable.
Cristhian: (Le lleva una de sus manos a los labios y besa los nudillos cubiertos de harina con una devoción que eriza la piel).
Sí.
Pero soy tu insoportable.
(Sus ojos brillan con una mezcla de amor genuino y una necesidad feroz de control).
Y ahora…
mi obra de arte manchada de harina, ¿me ayudas a hacer la masa?
Quiero tus manos trabajando junto a las mías.
(No es una pregunta.
Es una invitación a seguir siendo la feliz y amada prisionera en su mundo perfectamente orquestado, donde hasta la harina es un instrumento de su posesión.) (Milagros hunde sus manos en el bol de masa, amasando con una concentración que Cristhian observa con adoración absoluta.
Sus ojos no siguen el movimiento de la masa, sino el de sus manos, esas manos que momentos antes estaban marcadas por su harina, ahora trabajando en algo que pronto será parte de ella.
Cada movimiento suyo es un latido más en la sinfonía de control que él dirige.) Cristhian: (Apoyado en la encimera, los brazos cruzados, una sonrisa sutil en los labios) Tus manos…
siempre tan delicadas, incluso revolviendo masa.
Parece un arte.
Mi arte.
(Milagros termina y se limpia las manos en un paño, sonrojándose ligeramente bajo su mirada intensa.
Luego, es él quien toma el control.
Con movimientos seguros y económicos, vierte la masa en la sartén.
El chisporroteo de la masa al cocinarse llena el silencio.
No es solo un panqueque; es una ofrenda que él prepara con sus propias manos, un símbolo de que él puede proveer, puede crear, puede dominar hasta el más mínimo detalle de su existencia.) Cuando el panqueque está dorado y perfecto, lo desliza sobre un plato.
Coloca las fresas que lavó con devoción, las corta con precisión y las dispone sobre la superficie dorada.
Luego, toma la miel y la vierte en un hilo dorado y lento, creando un espiral que se expande, pegajoso y dulce, atrapando las frutas.
Es una metáfora de su amor: intenso, dulce y atrapante.
Cristhian: (Coloca el plato frente a ella con una reverencia casi feudal) Para ti.
Solo para ti.
(Milagros se sienta.
Toma el tenedor, corta un trozo del panqueque, la miel se estira en un hilo resistente.
Se lo lleva a la boca bajo la mirada expectante y ardiente de él.
Sus ojos se cierran un instante al saborear.) Milagros: (Susurrando) Está delicioso…
Cristhian: (Se inclina sobre la mesa, apoyando los nudillos en la superficie.
Su voz es un susurro cargado de promesa y posesión) Es el sabor de mi cuidado, Milagros.
De mi paciencia.
(Su mirada se oscurece, intensa).
Cada bocado que tomas…
es un “sí” que me das.
Es aceptar lo que te doy.
Lo que soy.
(Él no come.
Su banquete es verla a ella, satisfacerla, llenarla.
Porque en ese acto, reafirma su control más absoluto: el control sobre sus necesidades, sus placeres, su bienestar.
Y mientras ella saborea el panqueque perfecto que él ha creado para ella, Milagros siente, una vez más, la dulce y asfixiante seguridad de pertenecerle por completo.) La cálida luz de la cocina se desvanece, reemplazada por la fría penumbra del despacho de Cristhian.
La puerta se cierra detrás de él con un clic sordo, y la máscara de domesticidad se desmorona.
Su rostro, que momentos antes se suavizaba con una sonrisa, ahora es una talla de hielo y furia contenida.
Los ojos, que seguían con adoración cada bocado que Milagros daba, ahora brillan con una luz plana y mortal.
Cristhian: (De pie frente a la ventana panorámica, la ciudad a sus pies no es más que un tablero de juego.
Su voz, cuando habla, no es un susurro, sino una orden cortante y metálica en el silencio de la habitación) Rojas.
(La línea se activa al instante, la voz del jefe de seguridad llega clara y tensa.) Rojas: Señor.
Cristhian: (Sin girarse, su espalda es una línea rígida de ira controlada) Quiero que traigas a esos hombres.
Los de la mesa 9.
El que brindó.
Y el mesero…
el que recibió su sonrisa.
(Hace una pausa, y el aire parece enrarecerse).
Los llevas al lugar de siempre.
(Del otro lado de la línea, Rojas traga en seco.
Sabe lo que “el lugar de siempre” significa.
Es un almacén a las afueras, insonorizado, un teatro privado para la justicia distorsionada de Cristhian.) Cristhian: (Su voz desciende a un tono casi conversacional, lo que lo hace infinitamente más
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com