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DULCE VENENO - Capítulo 87

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  4. Capítulo 87 - 87 Órdenes en las sombras
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87: Órdenes en las sombras 87: Órdenes en las sombras Cristhian: (Su voz desciende a un tono casi conversacional, lo que lo hace infinitamente más aterrador) Y Rojas…

esta vez, tráeme unos accesorios especiales.

(Los labios de Cristhian se curvan en una sonrisa desprovista de calor).

Algunas herramientas nuevas para…

jugar con ellos.

Quiero enseñarles la etiqueta correcta.

La que se usa cuando se está en presencia de lo que es mío.

(La palabra “mío” resuena como un disparo en la habitación.

No hay rastro del hombre que cocinaba panqueques.

Este es el psicópata, el depredador cuyo territorio ha sido marcado con una mirada y una sonrisa, ofensas capitales en su ley warped.) Rojas: (La voz es un hilo de sumisión y temor) Entendido, señor Cristhian.

Se hará.

(Cristhian corta la comunicación.

Se queda mirando su propio reflejo en el cristal de la ventana, una silueta oscura contra el brillo de la ciudad.

La paz de la cocina, el sabor de las fresas y la miel…

todo fue un interludio.

Ahora vuelve a su verdadera naturaleza: el arquitecto del castigo, el guardián de una obsesión que no conoce límites y que, esta noche, exigirá su tributo de dolor.) (Una furgoneta negra, sin marcas, estacionada en un callejón a varias cuadras del restaurante Ledoyen.

El interior es austero, solo iluminado por la tenue luz de una tablet.

Rojas, con el rostro tallado en una expresión impasible, observa las fotos en la pantalla.

Otros dos guardias, de contextura sólida y miradas igual de vacías, lo observan desde los asientos delanteros.) Rojas: (Desliza dos imágenes en la pantalla.

La primera es el hombre del traje azul marino de la mesa 9, sonriendo con confianza.

La segunda, el joven mesero rubio).

Aquí están.

Los objetivos.

(Uno de los guardias, un tipo llamado Marco, asiente con la cabeza.) Marco: El de la mesa 9 parece un pez gordo.

El mesero…

sólo un niño con suerte.

Rojas: (Alza la mirada, y sus ojos fríos se clavan en Marco.

Su voz es un susurro serio y cargado de urgencia) No importa quiénes fueran antes.

Ahora son un encargo del Jefe.

(Golpea la pantalla con un dedo duro).

Y la orden es clara: tráiganlos sanos y salvos.

(El énfasis en esas últimas palabras hace que el otro guardia, León, se ajuste inconscientemente el guante negro.) León: “Sanos y salvos” para…

¿el almacén?

Rojas: (Asiente lentamente, guardando la tablet en un compartimento interno de su chaqueta).

Al almacén.

(Abre la puerta de la furgoneta, la luz de la calle baña brevemente su perfil duro).

El Jefe tiene…

accesorios especiales esperando.

Quiere encargarse personalmente de su educación.

(Un silencio pesado cae dentro del vehículo.

Los tres hombres saben exactamente lo que eso significa.

“Sanos y salvos” no es un acto de misericordia.

Es una garantía de que estarán en condiciones óptimas para soportar lo que Cristhian tiene planeado.) Rojas: (Bajando de la furgoneta, se gira una última vez hacia ellos, su voz es un filo de acero) Rápido.

Limpio.

Sin testigos.

El reloj ya está corriendo.

Y el Jefe no tolera retrasos en su…

juego.

(La puerta se cierra.

El motor de la furgoneta ruge suavemente antes de deslizarse fuera del callejón, dos depredadores más saliendo de caza, siguiendo las órdenes de la bestia más grande que los controla a todos.) (El departamento del mesero, Lucas, huele a café barato y a ropa recién lavada.

Es pequeño, modesto, pero acogedor.

Lucas, aún con la camisa del restaurante, revisa su teléfono en el sofá, una sonrisa tonta en el rostro al recordar la sonrisa de aquella mujer hermosa y elegante en el Ledoyen.

Un golpe seco y autoritario en la puerta lo saca de su ensueño.) Lucas: (Se levanta, con desconfianza) ¿Quién es?

Voz desde fuera (Rojas, serena e impostada): Servicio de entrega, señor.

Tiene un paquete de un admirador.

(La vanidad pudo más que la precaución.

Lucas abre la puerta, una sonrisa expectante en los labios.

La sonrisa se congela y se desvanece.

Tres hombres de negro llenan el marco de la puerta.

Rojas al frente, con una sonrisa fría y profesional.

Los otros dos guardias, Marco y León, flanqueándolo como sombras sólidas.) Lucas: (Con voz temblorosa) ¿Qué…

qué quieren?

Rojas: (Da un paso al frente, invadiendo el espacio sin tocarlo.

Su voz es un susurro manipulative y controlador) Sólo necesitamos un momento de tu tiempo, Lucas.

(Usa su nombre, un detalle calculado para infundir más miedo).

Es sobre la clienta del restaurante esta noche.

La de la sonrisa tan…

especial.

Lucas: (Palidece, el recuerdo ya no es dulce, sino aterrador) Yo…

yo no hice nada.

Sólo fui amable.

Rojas: (Asiente, como si entendiera.

Su sonrisa se ensancha, pero no llega a sus ojos).

La amabilidad a veces se malinterpreta, muchacho.

Y al esposo de la señora…

(hace una pausa dramática) no le gustan las interpretaciones erróneas.

Cree que fuiste…

inapropiado.

Lucas: (Retrocede, chocando contra la pared) ¡No!

¡Les juro que no!

Marco: (Desde atrás de Rojas, su voz es un gruñido sordo) El jefe solo quiere una charla.

Para aclarar el…

malentendido.

Rojas: (Extiende una mano, no para agarrarlo, sino en un gesto falso de tranquilidad).

Ven voluntariamente.

Es más fácil.

(Su mirada se endurece, la máscara de cortesía se agrieta mostrando el acero beneath).

La alternativa es desagradable.

Para ti.

Y para tu linda y anciana madre que vive en el quinto piso, ¿verdad?

(La mención de su madre le quita el último aliento de resistencia.

Lucas se desploma contra la pared, las lágrimas llenándole los ojos.

Rojas no sonríe, pero hay una chispa de satisfacción en su mirada.) Rojas: (Señala con la cabeza hacia la puerta) Buen chico.

Sabía que serías razonable.

(Se aparta para dejar pasar a Marco y León, que toman a Lucas de los brazos con una firmeza que no permite discusión).

Vamos.

Tenemos una cita.

Y el hombre con el que vas a hablar…

(su voz se convierte en un susurro siniestro) valora mucho la puntualidad.

(Sacan a Lucas, tembloroso y derrotado, de su apartamento.

Rojas cierra la puerta con cuidado, dejando atrás la vida normal que el joven mesero acaba de perder para siempre.

La manipulación ha sido perfecta.

El control, absoluto.) (La oficina de Alejandro Torres, el hombre del traje azul marino, huele a cuero caro y café de especialidad.

Es tarde, pero él aún revisa contratos en su escritorio de caoba.

Es un hombre acostumbrado al poder, a la comodidad de su posición.

Un suave timbre en la puerta de su suite de oficinas lo distrae.) Alejandro: (Sin levantar la vista) Pase.

(La puerta se abre.

No es su asistente.

Dos hombres con trajes impecables pero cortados para ocultar musculatura, Ricardo y León, entran con una calma que resulta inmediatamente amenazante.

Cierran la puerta detrás de ellos.) Alejandro: (Frunce el ceño, irritado.

Su tono es de autoridad) ¿Quiénes son ustedes?

¿Cómo se atreven a entrar así?

Llamaré a seguridad.

Ricardo: (Habla con una voz sorprendentemente suave, casi meliflua) No será necesario, señor Torres.

Solo hemos venido a extenderle una invitación.

Alejandro: (Se levanta, inflando el pecho) No estoy interesado en lo que vendan.

Salgan de inmediato.

León: (Da un paso al frente.

No es un movimiento agresivo, pero su sola presencia física es abrumadora.

Sonríe, una expresión fría y vacía).

No se trata de vender nada, don Alejandro.

Se trata de una cena.

En el Ledoyen, esta noche.

Una mujer muy especial.

(El rostro de Alejandro se congela por un instante.

La confianza se agrieta.) Alejandro: No sé de qué hablan.

Ricardo: (Se acerca lentamente al escritorio, deslizando un dedo por el borde pulido) Oh, creemos que sí.

La señora de rojo…

o más bien, de negro.

La que recibió su…

¿brindis?

El esposo de la dama se sintió…

intrigado por su gesto.

Quiere conocerlo.

Personalmente.

Alejandro: (El color abandona su rostro.

Ahora entiende.

Este no es un asunto de negocios.

Es algo mucho más peligroso).

Miren, fue un malentendido.

Un simple gesto de cortesía.

Disculpen…

díganle al caballero que lo siento.

León: (La sonrisa se desva

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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