Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

DULCE VENENO - Capítulo 88

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. DULCE VENENO
  4. Capítulo 88 - 88 El teatro de la venganza
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

88: El teatro de la venganza 88: El teatro de la venganza León: (La sonrisa se desvanece.

Su voz se aplana, como el acero).

Las disculpas, señor Torres, se ofrecen en persona.

El caballero en cuestión es muy…

tradicional en ese sentido.

Y tiene recursos para asegurarse de que la gente asista a sus…

reuniones.

( Ricardo apoya ambas manos en el escritorio, inclinándose hacia adelante.

Su voz es un susurro cargado de amenaza.) Ricardo : Tiene una hija en la universidad, ¿verdad?

Bella joven.

Muy aplicada.

Sería una lástima que…

surgiera algún problema.

Un malentendido con las notas, quizás.

O algo más tangible durante su próximo viaje de estudios.

(Alejandro se desploma en su silla.

La lucha sale de él.

Estos hombres no blanden armas; blanden su vida, su familia.

Sonreían, pero sus ojos prometían una ruina absoluta.) Alejandro: (La voz le falla) ¿Qué…

qué quieren que haga?

León: (Vuelve a sonreír, una mueca desagradable) Solo que nos acompañe.

Ya tiene el traje puesto.

Perfecto.

Es una reunión de etiqueta, después de todo.

(Lo toman del brazo con una firmeza que no es negociable.

Lo guían fuera de su oficina, pasando por la recepción desierta.

No hay fuerza bruta, no hay alboroto.

Solo la manipulación perfecta, utilizando sus mayores miedos y posesiones como palanca.

Han quebrado su voluntad sin romper un solo hueso.

Por ahora.) (El almacén abandonado es una catedral de decadencia y silencio roto.

La luz del atardecer se filtra a través del techo de vidrio agrietado, cortando el polvo en haces dorados y enfermizos que iluminan la destrucción.

El aire huele a óxido, humedad y abandono.

El contenedor rojo con grafitis, con su puerta abierta, parece la boca de una bestia dormida.) (Los faros de dos vehículos iluminan brevemente el interior polvoriento antes de apagarse.

Rojas sale de la furgoneta, su silueta recortada contra la luz moribunda.

Mira hacia la entrada y ve llegar el sedán negro.

Marco y León salen, escoltando a un pálido y tembloroso Alejandro Torres, cuyo traje azul marino parece obscenamente fuera de lugar.) (Rojas se acerca.

Sus pasos hacen eco en el vacío.) Rojas: (A Marco y León, con un gesto de cabeza) Atadlo.

En la silla, junto al otro.

(Del interior de la furgoneta, otro guardia saca a Lucas, el mesero.

El joven apenas puede tenerse en pie, el terror lo ha paralizado.

Sus ojos, desorbitados, buscan en vano algo familiar en este paisaje de pesadilla.) Dentro del almacén, en un claro entre los escombros, dos sillas metálicas, oxidadas pero sólidas, han sido colocadas espalda con espalda.

No hay escape.

No hay consuelo.

Marco y León empujan a Alejandro hacia una de las sillas.

Él no se resiste.

La arrogancia del ejecutivo se ha desvanecido, dejando solo el miedo crudo de un animal acorralado.

Atan sus muñecas y tobillos a los fríos apoyabrazos y patas de la silla con bridas de nylon.

Hacen lo mismo con Lucas en la silla contigua.

Sus sollozos ahogados son el único sonido además del crujir de la gravilla bajo las botas de los guardias.

Rojas camina lentamente frente a ellos, un carcelero en su reino de desolación.

Su mirada fría pasa del rostro sudoroso de Alejandro al de Lucas, marcado por las lágrimas.

Rojas: (Su voz resuena, plana y sin emoción, en el vasto espacio) Bien.

Ahora…

a esperar.

(Se detiene, dejando que el peso de la palabra “esperar” se haga insoportable).

El Jefe está de camino.

(Una esquina de su boca se levanta en algo que no es una sonrisa).

Tengan la seguridad de que tiene toda su atención…

y toda su creatividad, para ustedes.

(Los dos hombres, el poderoso y el común, unidos por el delito de haber mirado a la mujer equivocada, se quedan solos en la penumbra, sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el sonido del viento silbando a través de los vidrios rotos.

El teatro está listo.

Solo falta el director.) (Dentro del almacén, la tensión es tan espesa que se podría cortar.

Solo se escucha la respiración jadeante de Lucas y el intento de Alejandro por controlar la suya.

Rojas se aparta unos metros, la luz que cae de un ventanal rojo ilumina su perfil con una tonalidad sangrienta.

Sacia su teléfono, un objeto moderno y frío en medio de tanta decadencia.) (La línea suena solo una vez antes de ser contestada.

No hay saludo.) Cristhian: (Voz al otro lado, serena, casi distraída, como si interrumpiera una cena) Habla.

Rojas: (Su voz es un eco bajo y respetuoso en la inmensidad vacía) Señor.

Los paquetes están en la ubicación.

Están listos para su…

inspección.

(Un silencio breve y calculador del otro lado.

Se puede casi escuchar el crujir de los engranajes en la mente de Cristhian.) Cristhian: (Su tono no cambia, pero adquiere una cualidad más oscura, más íntima) ¿Están cómodos?

Rojas: (Sus ojos se deslizan hacia las dos figuras atadas a las sillas, pálidas y sudorosas) Sí, señor.

Aseguré su comodidad personal.

Están…

expectantes.

(Una suave y prolongada exhalación se escucha al otro lado, casi un suspiro de placer.) Cristhian: Excelente.

No me gusta recibir visitas incómodas.

(Hay un crujido de fondo, como si se levantara de un sillón de cuero).

Dile a mis…

invitados…

que me disculpe la demora.

Estaba terminando de cenar con mi esposa.

(Una pausa cargada de significado).

Los postres hoy estaban particularmente dulces.

(La indirecta es clara y cruel.

Rojas asiente, aunque Cristhian no puede verlo.) Rojas: Entendido, señor.

Les transmitiré el mensaje.

Cristhian: (Su voz se vuelve un susurro suave y letal) Ya voy para allá, Rojas.

Manten la línea abierta.

Quiero oír…

el ambiente.

(La comunicación no se corta.

Rojas baja el teléfono, pero no lo guarda.

Lo sostiene en su mano, el micrófono abierto, transmitiendo el silbido del viento, el crujido de una bota sobre la gravilla, el jadeo ahogado de Lucas.

Cada sonido es un aperitivo para la sed de venganza de Cristhian.) Rojas: (Se acerca a los dos hombres atados.

Su sombra cae sobre ellos.

Habla con una calma aterradora) El señor Cristhian les envía sus disculpas.

Se ha retrasado ligeramente.

(Hace una pausa, dejando que el miedo se profundice).

Estaba disfrutando del postre con su esposa.

(Las lágrimas ruedan libremente por el rostro de Lucas.

Alejandro cierra los ojos con fuerza, un estremecimiento recorriendo su cuerpo atado.

Saben que el hombre que viene no es un hombre.

Es una tormenta.

Y ellos están atados a su epicentro.) (El runrún de un motor potente se apaga fuera del almacén.

Momentos después, la gran puerta metálica se abre con un chirrido fantasmal que rasga el silencio.

La figura de Cristhian se recorta en el vano, vestido de luto riguroso, su abrigo largo oscuro ondeando ligeramente con el viento que se cuela desde fuera.

Tras él, como una extensión de su propia sombra, varios hombres de traje oscuro y rostros impasibles completan el cuadro de poder absoluto.) (Rojas se separa de las sombras del interior y se acerca, inclinando levemente la cabeza en un gesto de respeto y sumisión.) Rojas: Jefe.

Ellos están allá adentro.

(Cristhian no mira a Rojas.

Sus ojos, adaptándose a la penumbra, ya se han posado en las dos figuras inmóviles atadas a las sillas en el centro del espacio vacío.

Una sonrisa fría y satisfecha se dibuja en sus labios.) Cristhian: (Su voz es suave, pero lleva una carga de dominio que llena el espacio) ¿Pusieron resistencia?

¿O vinieron fácilmente?

(Pregunta por el placer de oírlo, por la confirmación de su control incluso a distancia.) Rojas: (Manteniendo la mirada baja) Vinieron fácilmente.

(Hace una pausa calculada, añadiendo un matiz que sabe que Cristhian apreciará).

Pusieron un poco de resistencia al principio, sobre todo el mayor…

pero después accedieron.

Rápidamente.

(La sonrisa de Cristhian se ensancha.

No es una sonrisa de alegría, sino la expresión de un coleccionista que acaba de verificar la autenticidad de una pieza rara.

La “resistencia” inicial es el condimento que hace la sumisión final más sabrosa.) Cristhian: (Da un paso al frente, arreglándose los puños de su camisa impecable bajo el a REFLEXIONES DE LOS CREADORES ATIRAS34 Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo