DULCE VENENO - Capítulo 89
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89: La sinfonía del dolor 89: La sinfonía del dolor Cristhian: (Da un paso al frente, arreglándose los puños de su camisa impecable bajo el abrigo) Por supuesto que accedieron.
(Su tono es orgulloso, casi paternalista).
Al final, todos acceden.
Es la naturaleza de las cosas.
Reconocer la autoridad…
mi autoridad.
(Se detiene y por fin mira a Rojas, sus ojos brillan con una luz interior gélida).
Es bueno que no lo hayan hecho difícil.
Me gusta cuando las piecias encajan sin necesidad de…
fuerza bruta.
Hace el juego más elegante.
(Sin esperar respuesta, Cristhian se dirige hacia el centro del almacén, sus pasos firmes resonando en el silencio.
Su grupo de guardias se mueve con él, un séquito mudo.
Se acerca a las dos sillas, mirando a los hombres atados no con odio, sino con la curiosidad fría de un científico a punto de comenzar un experimento.
Su orgullo no está en la crueldad gratuita, sino en el poder metódico e incuestionable que representa.) Cristhian: (Para los dos hombres, su voz es un susurro cortante que llega hasta los huesos) Buenas tardes, caballeros.
Lamento el lugar…
poco convencional.
Pero es que los asuntos relacionados con mi esposa…
requieren una privacidad absoluta.
(Cristhian está sentado en una silla de metal simple, pero su postura la transforma en un trono.
En el corazón del almacén decadente, bajo la luz espectral que se filtra por el techo roto, es el epicentro absoluto de la atención.
Sus manos, enguantadas de cuero negro, están entrelazadas con calma sobre su regazo.
Sus piernas están cruzadas, el tacón de su zapato impecable apuntando hacia los dos hombres atizados frente a él.
Es la imagen misma del poder sereno y letal.) (Detrás de él, de pie y en un semicírculo perfecto, sus guardias forman un muro viviente de trajes oscuros y rostros deliberadamente borrosos en la penumbra.
No son individuos; son una extensión de su voluntad, un coro mudo de su autoridad.) (Cristhian inclina ligeramente la cabeza, estudiando al mesero, Lucas, que llora en silencio, y luego a Alejandro, que intenta mantener la compostura.) Cristhian: (Su voz rompe el silencio, no con un grito, sino con un tono bajo y venenoso, cargado de una furia tóxica que parece envenenar el aire) ¿Saben por qué están aquí?
(No espera una respuesta.
Su pregunta es un látigo retórico.) Cristhian: No es por el brindis.
No es por la sonrisa de un mesero.
(Desenlaza sus manos y hace un gesto despreciativo).
Es por la mirada.
Esa mirada que se atrevieron a posar en lo que es mío.
(Se levanta de la silla con un movimiento fluido y felino.
Se pasea frente a ellos, sus pasos son el tictac de un reloj contando sus últimos momentos de esperanza.) Cristhian: (Se detiene frente a Alejandro, su voz un susurro de hielo) Tú.
Hombre de negocios.
Acostumbrado a comprar y vender.
¿Pensaste que podías mirar lo que yo más valoro con esos ojos avaros?
¿Pensaste que era una mercancía más para apreciar?
(Sin darle tiempo a responder, se gira hacia Lucas, que se encoge bajo su mirada.) Cristhian: Y tú…
niño.
Con tu sonrisa fácil.
(Su tono se vuelve paternalista y despectivo) ¿Crees que la inocencia te salva?
Tu sonrisa fue un insulto.
Un eco de familiaridad que no te pertenece.
Nada de ella te pertenece.
(Vuelve al centro, frente a ambos, y su enojo estalla, no en volumen, sino en intensidad, en el filo de cada palabra.) Cristhian: (Entrelaza de nuevo sus manos, los nudillos blancos bajo el cuero) Su mera respiración es un aria compuesta para mí.
El latido de su corazón late en un ritmo que solo yo conozco.
(Su voz tiembla con una posesión demente).
Y ustedes…
ustedes…
insectos, pensaron que podían mancillar eso con sus miradas insignificantes.
Que podían robar un fragmento de su luz para sus sueños banales.
(Hace una pausa, dejando que el peso de sus palabras los aplaste.
Su respiración es la única audible, un fuelle controlado de ira.) Cristhian: Esto no es un castigo.
Es una corrección.
Una lección de anatomía.
(Una sonrisa terrible y torcida aparece en sus labios).
Voy a asegurarme de que sus ojos…
esos ojos que osaron profanar a mi esposa…
nunca vuelvan a cometer un error así.
(La amenaza cuelga en el aire, más fría y cortante que cualquier cuchillo.
Cristhian se sienta de nuevo, cruzando las piernas, el rey en su tribunal de sombras, listo para dictar sentencia.) (El chirrido metálico de una bandeja al ser colocada en el suelo de cemento resuena como un gong en el silencio del almacén.
Sobre un paño negro, dispuestos con una precisión macabra, descansan los instrumentos.
El frío acero brilla débilmente bajo la tenue luz, cada uno con una forma que promete un tipo específico de agonía.
No son herramientas; son una extensión de la voluntad sádica de Cristhian.) (Cristhian no se ha movido de su silla-trono.
Sus ojos, que han estado recorriendo los rostros pálidos de sus víctimas, se posan ahora en la bandeja con la admiración de un coleccionista.
Una sonrisa serena y desprovista de humanidad se dibuja en sus labios.) Cristhian: (Su voz es suave, conversacional, como si comentara el tiempo) Ah…
mis pequeños ayudantes.
Tan dispuestos…
tan eficaces.
(Su mirada, cargada de una lógica retorcida, se levanta y se clava en Lucas, el mesero.
El joven empieza a temblar incontrolablemente, un gemido ahogado escapando de su garganta).
Rojas.
(Rojas, que ha permanecido inmóvil como una estatua, da un paso al frente.) Cristhian: (Señala con la barbilla hacia Lucas, su tono es de absoluta naturalidad, como dando una orden mundana) A él.
Al que le sonrió a mi esposa.
(Hace una pausa, dejando que el terror se asiente antes de pronunciar la sentencia).
Sácale los dientes.
(Razona con una calma psicópata).
Sin dientes…
no puede sonreír.
Es pura lógica.
Solución permanente a un problema de conducta.
(Las lágrimas ruedan por el rostro de Lucas, manchándole la sucia camisa del restaurante.
Intenta hablar, suplicar, pero solo salen sonidos guturales de puro pánico.) Alejandro, el ejecutivo, vomita secamente, el sonido repugnante mezclándose con los sollozos del mesero.
Cristhian: (Observa la reacción de Alejandro con interés de científico) ¿Náuseas?
Es comprensible.
La primera vez que se presencia una corrección…
puede ser impactante.
(Vuelve su mirada a Rojas, y la máscara de serenidad se agrieta por un instante, mostrando el abismo de sadismo beneath).
Usa los fórceps dentados.
Para empezar.
Quiero oír el…
crujido.
Es importante que el mensaje sea claro.
Para él…
y para el espectador.
(Rojas asiente, su rostro es una máscara de profesionalismo mortal.
Se acerca a la bandeja y selecciona las pinzas de acero, cuyas muescas están diseñadas para agarrar y no soltar.
Se acerca a Lucas, cuyos gritos ahora sí estallan, desgarradores y agudos, llenando el almacén abandonado.) Cristhian se recuesta en su silla, cruzando de nuevo las piernas, preparándose para disfrutar de la sinfonía.
Sus ojos brillan con una luz febril.
Esto no es solo un castigo.
Es un arte.
Y él es el único artista cuya paleta es el dolor humano.
(El aire en el almacén se espesa, cargado ahora con el olor metálico del miedo y el eco desgarrador de los gritos de Lucas.
Rojas, con la impasibilidad de un cirujano en un quirófano siniestro, levanta los fórceps dentados.
El acero brilla con avaricia bajo la luz mortecina.) Lucas: (Forcejeando contra las ataduras, sus ojos desorbitados mirando las pinzas que se acercan) ¡NO!
¡POR FAVOR!
¡NO LO HAGA!
¡FUE SOLO UNA SONRISA!
¡LO SIENTO!
¡LO SIENTO MUCHO!
(Su voz es un chillido agudo, un sonido que ya no parece humano.
Uno de los guardias, Marco, sujeta su cabeza con fuerza, inmovilizándolo contra el respaldo de la silla.
Los dedos de Marco se hunden en sus sienes, ahogando cualquier movimiento.) Cristhian: (Observando desde su silla, su voz un susurro hipnótico y cruel) ssshh, muchacho.
La etiqueta es importante.
Acepta tu corrección con algo de dignidad.
(Rojas se acerca.
La lucha de Lucas es feroz pero inútil.
El metal frío toca sus labios.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ATIRAS34 Su regalo es mi motivación de creación.
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