DULCE VENENO - Capítulo 91
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
91: La Sombra del Verdugo 91: La Sombra del Verdugo De él surge no el heavy metal que uno esperaría, sino un vals lento y elegante, una melodía de cuerdas que flota en el aire cargado de polvo y miedo.
La música choca grotescamente con la realidad del lugar, creando una atmósfera aún más inquietante.) Rojas: (Coloca una silla plegable frente a Alejandro, quien forcejea contra sus ataduras, sus gritos ahora desgarradores y continuos) La calma es parte del proceso.
(Su voz es un murmullo ronco, casi arrullador, mientras saca una máquina de tatuar profesional y pequeños frascos de tinta negra).
A más te muevas, más dolerá.
Y quedará peor.
(Alejandro no escucha.
El terror lo posee.
“¡NO!
¡POR FAVOR!
¡NO ME HAGAS ESTO!” Sus gritos son agudos, desesperados, un contrapunto cacofónico al vals sereno.) Rojas enciende la máquina.
El zzzzumbido bajo y constante se convierte en el latido de la habitación, un sonido mecánico que promete dolor.
Se pone guantes de látex, la imagen del profesionalismo en medio del horror.
Rojas: (Se inclina sobre Alejandro, quien arquea la espalda, tratando en vano de alejarse) Esto no es personal.
Es un mensaje.
Y yo solo soy el mensajero.
(La aguja se hunde en la piel de la mejilla de Alejandro, justo debajo del pómulo.) Alejandro: (Un grito nuevo, más agudo, perfora el aire.
Es el sonido del dolor puro, físico y psicológico, mezclado con la humillación absoluta).
¡IIAAAAHHH!
¡ALTO!
¡TE LO SUPLICO!
(Las lágrimas y el sudor le bañan el rostro.
Su cuerpo se convulsiona, pero las ataduras y las manos firmes de otro guardia lo mantienen inmovilizado.) Rojas trabaja con una concentración metódica.
Su mano es firme, el trazo seguro.
No mira a los ojos suplicantes de Alejandro.
Sigue el diseño que solo él y Cristhian conocen.
Cada vibración de la aguja es una sílaba más del mensaje que quedará grabado a fuego y tinta.
Alejandro: (Los gritos se transforman en llanto entrecortado, en sollozos que sacuden su cuerpo atado.
El dolor es una aguja incansable, el zumbido un tormento constante, la música clásica una burla sádica).
¡No…
no por favor…
basta…!
(Rojas no responde.
Solo trabaja.
El vals continúa, sus giros elegantes acompañando el trazo de cada línea de tinta negra que se expande sobre la piel de Alejandro, marcándolo no como un hombre, sino como una advertencia ambulante.
Un recordatorio eterno de que alguna vez miró a quien no debía.) La escena es un tableau viviente de tortura moderna: el verdugo concentrado, la víctima retorciéndose en su silla, y la música de salón sonando como el soundtrack de su condena eterna.
(El zumbido de la máquina de tatuar se detiene de golpe.
Rojas gira la cabeza lentamente, sus dedos aún manchados de tinta y sangre.
Allí, en la penumbra del almacén, una figura emerge de entre las sombras más densas.
No hizo ruido al entrar.
Es como si el mismo silencio lo hubiera materializado.) Es Kael.
Su torso desnudo es un lienzo de piel pálida y músculo puro, cubierto por una red de tatuajes intrincados y oscuros que parecen moverse con cada contracción de su formidable complexión.
Sus abdominales están tan marcados que parecen tallados en mármol, sus brazos son columnas de fuerza viva.
Lleva solo pantalones negros, y su cabello oscuro cae sobre unos ojos que no reflejan la tenue luz, sino que parecen absorberla.
Su expresión es serena, pero en esa serenidad hay una promesa de violencia absoluta.) (Rojas siente un escalofrío que nada tiene que ver con el frío del almacén.
Kael no viene a menos que sea para lo peor.
Es el instrumento final de Cristhian, la solución definitiva a problemas que requieren más que advertencias.) Rojas: (Baja la máquina de tatuar.
Su voz, por primera vez en la noche, pierde su tono profesional y muestra un dejo de respeto y cautela).
Kael.
(Es todo lo que dice.
Es todo lo que necesita decir).
Kael: (Su voz es profunda, áspera, como piedras rozándose.
No mueve los labios excesivamente).
El jefe me envió.
(No es una pregunta.
Es un hecho.
Una declaración de propósito.
Sus ojos, casi completamente oscuros, se deslizan desde Rojas hacia Alejandro, quien, a pesar de su dolor y confusión, siente un nuevo y más primitivo terror ante la presencia de esta nueva amenaza.
La música de vals suena, grotescamente alegre, en el fondo.) Rojas: (Asiente lentamente, comprendiendo.
El mensaje de Cristhian es claro: la lección no ha terminado.
Solo ha cambiado de instructor).
¿Qué necesita?
Kael: (Da un paso adelante.
La luz tenue acaricia los relieves de su torso tatuado.
Su mirada se clava en Alejandro, quien empieza a temblar de una manera nueva, más profunda, un temblor que nace del alma).
El jefe dijo…
que el tatuaje no era suficiente.
Que la memoria necesita un énfasis más profundo.
(Kael extiende una mano.
No lleva herramientas.
Sus propias manos, grandes, nududosas y cubiertas de cicatrices finas, son sus únicas herramientas.
Rojas entiende.
Esto ya no se trata de marcar la piel.
Se trata de quebrar algo en el interior.) Rojas: (Retrocede un paso, cediento el espacio.
Es un movimiento instintivo, de reconocimiento a una fuerza superior).
Es todo tuyo.
(Kael se acerca a la silla donde Alejandro está atado.
El vals continúa, sus notas elegantes y fluidas creando un contraste aterrador con la realidad que está a punto de desatarse.
La noche aún no ha terminado para Alejandro.
De hecho, la parte más oscura acaba de comenzar.) El aire del almacén abandonado olía a óxido y desesperación, un hedor metálico que se aferraba a la garganta.
Vigas de acero retorcidas se alzaban hacia un techo invisible, sus sombras danzando en la penumbra.
Alejandro, encadenado a un pilar de hormigón, forcejeaba con cada fibra de su ser, la tela áspera de la mordaza ahogando sus gritos.
Sus ojos, hinchados y rojos, barrían la oscuridad, buscando una salida, una esperanza.
Kael se acercó, su figura alta y sombría recortándose contra la tenue luz que se filtraba por las rendijas.
Una sonrisa torcida partió su rostro.
“Mira, Rojas”, dijo Kael, su voz un susurro aterciopelado que helaba la sangre.
“Nuestro amiguito no quiere cooperar.” Rojas, un hombre fornido con brazos cubiertos de tinta, afilaba una aguja con una concentración casi reverente.
La superficie de la mesa chirrió bajo el peso de su equipo: tintas, guantes de látex, una máquina de tatuar zumbando suavemente.
“Le daremos un poco de motivación”, respondió Rojas, sin levantar la vista.
La luz pálida de una lámpara de trabajo reflejaba en el metal pulido de la aguja.
Kael se arrodilló frente a Alejandro, sus movimientos lentos, deliberados.
Desabrochó el cinturón de Alejandro, el sonido de la hebilla metálica resonando en el silencio.
Los pantalones de lona cayeron a sus tobillos, exponiendo sus muslos temblorosos.
Alejandro gimió, un sonido ahogado que apenas se escapó de sus labios.
Cerró los ojos con fuerza, las lágrimas brotando en cascada.
“Abre las piernas”, ordenó Kael, en tono carente de emoción.
Alejandro negó con la cabeza, sus músculos tensos.
Kael no esperaba.
Un tirón brusco, y las piernas de Alejandro se abrieron de par en par, sus rodillas rozando el suelo frío.
El pantalón de Kael se deslizó, revelando la gruesa, palpitante erección que se alzaba, dura como una piedra.
El aire se llenó con el sonido gutural de la tela raspando, un presagio de lo que vendría.
Kael agarró las caderas de Alejandro con una fuerza brutal, sus dedos hundiéndose en la carne.
Alejandro arqueó la espalda, su cuerpo retorciéndose, un intento desesperado por escapar de la prisión de sus manos.
Intentó cerrar las piernas, sus músculos débiles contra la determinación de Kael.
“Quieto”Kael susurró, su aliento caliente en la oreja de Alejandro.
Alineó la punta de su polla con el año de Alejandro, el contacto frío y húmedo enviando un escalofrío de terror por su espina dorsal.
Alejandro sintió la presión, la piel estirándose, cediendo.
Un empuje seco, sin previo aviso.
Alejandro gritó, un sonido estrangulado que se ahogó en la mordaza.
Su cuerpo se arqueó violentamente, una
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com