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DULCE VENENO - Capítulo 92

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  4. Capítulo 92 - 92 El silencio de la cicatriz
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92: El silencio de la cicatriz 92: El silencio de la cicatriz Alejandro gritó, un sonido estrangulado que se ahogó en la mordaza.

Su cuerpo se arqueó violentamente, una descarga eléctrica de dolor puro.

La sangre brotó, un hilo oscuro que manchó el muslo pálido.

Kael no vaciló.

Sus caderas se movían en un ritmo lento y constante, cada embestida una punzada de agonía que desgarraba a Alejandro por dentro.

El sonido húmedo y pegajoso de la carne chocando llenó el almacén, mezclándose con los jadeos ahogados de Alejandro y el zumbido distante de la máquina de tatuar.

“Continúa con el tatuaje”, dijo Kael, su voz apenas un murmullo, sus ojos fijos en Rojas.

“Que no pare.” Rojas ascendió, su aguja se acercó al rostro de Alejandro.

La punta zumbó, lista para dejar su marca permanente.

(El sonido de la cremallera de Kael al subirse los pantalones corta el aire como un suspiro final.

No mira atrás.

Su figura, un monumento de músculo y tinta, se desvanece en las sombras del almacén con la misma quietud con la que llegó.

No hay triunfo en su partida, solo la frialdad de una tarea completada.) (Rojas permanece inmóvil un momento más.

El vals ha terminado, dejando un silencio pesado, roto solo por el jadeo entrecortado y ahogado que sale de Alejandro.

Lentamente, Rojas se quita los guantes de látex, manchados de tinta y gotas de sangre ajena.

Los deja caer al suelo, donde yacen como pieles desechadas.) Alejandro ya no llora.

Está postrado en la silla, sus ataduras aún mordiendo su carne.

Su rostro es un mosaico de sufrimiento: la piel enrojecida e inflamada alrededor del nuevo tatuaje —un diseño intrincado y oscuro que se extiende desde la sien hasta la mandíbula, una marca de advertencia eterna—.

Sus ojos están inyectados en sangre, vidriosos, mirando fijamente la nada con una expresión de vacío absoluto.

Un dolor profundo y punzante late en su parte baja, un recordatorio visceral de la violación que acaba de sufrir.

Cada pequeño movimiento le provoca un espasmo de agonía.

Rojas se acerca, sus pasos suaves en el polvo.

Se detiene frente a él, observando su obra y la de Kael.

No hay compasión en su mirada, pero tampoco crueldad.

Es la mirada de un artesano que ha completado un trabajo desagradable pero necesario.

Rojas: (Su voz es baja, plana, como el eco de una losa en una tumba) Está…

tu lección aprendida.

(No es una pregunta.

Es una afirmación.

Una conclusión.

Las palabras no buscan confirmación, solo marcar el final.) Alejandro no responde.

No puede.

Solo un temblor casi imperceptible recorre su cuerpo, una reacción física al dolor y al trauma que lo ha quebrado por completo.

Rojas lo mira por última vez.

No hay nada más que hacer aquí.

Da media vuelta y camina hacia la salida, sus pasos resonando en el vacío del almacén.

La puerta se abre y se cierra detrás de él, dejando a Alejandro sumido en una penumbra solo rota por los haces de luz que se cuelan por el techo roto.

Solo.

Atado.

Marcado.

Violado.

Alejandro cierra los ojos, pero la oscuridad detrás de sus párpados no es más amable que la que lo rodea.

La lección, efectivamente, ha quedado grabada.

En su piel.

En su carne.

En su mente.

Y en el silencio que ahora lo devora.

(La mansión duerme en un silencio profundo, roto solo por el susurro del viento contra los ventanales.

Cristhian cierra la puerta principal sin hacer ruido, despojándose del abrigo que aún lleva el frío de la noche y la violencia del almacén.

Sube la escalera con pasos lentos, deliberados, como un soberano recorriendo su reino en la quietud.

No hay prisa en él, solo la certeza de que lo espera al final.) (La puerta de la habitación principal está entreabierta.

La empuja con la yema de los dedos, sin un sonido.

El interior está bañado por la tenue luz de la luna que se filtra a través de las cortinas de seda.) Y allí está ella.

Milagros.

Dormida.

Arrebujada entre las sábanas de lino blanco, pero con un detalle que hace que su corazón, ese órgano frío y calculador, dé un vuelco brutal: abraza con ambas manos su almohada, la de él, hundiendo el rostro en la tela como si buscara en ella su respiración, su esencia, su olor.

(Cristhian se queda inmóvil en el umbral, observando.

La furia, la posesividad, la oscuridad que lo definen, se transforman en algo más complejo, más profundo.

Una ola de satisfacción absoluta, tóxica y manipuladora, lo inunda.) Cristhian: (Se acerca a la cama, sus pasos son fantasmas en la alfombra.

Se inclina sobre ella, sin tocarla aún.

Su voz es un susurro ronco, apenas audible, cargado de una emoción que es a la vez devoción y dominio) Mira tú…

Mi esposa.

Mi vida.

(Extiende una mano y con los nudillos acaricia suavemente la curva de su mejilla, luego se desliza hacia la almohada que ella abraza con tanta fuerza).

¿Buscándome en mis sueños, preciosa?

¿O buscando mi olor para poder dormir?

(Milagros se estremece levemente en su sueño, como si su subconsciente reconociera la presencia que llena la habitación.) Cristhian: (Su sonrisa es posesiva, triunfal.

Se sienta en el borde de la cama, su peso hundiendo el colchón.

Su mano se cierra sobre la que ella tiene en la almohada, no para quitársela, sino para entrelazar sus dedos con los de ella, claimándola incluso en su sueño).

Esto…

esto es lo que eres.

Mía.

Hasta en tu inconsciencia me perteneces.

Abrazas lo mío porque es parte de ti, como yo soy parte de ti.

(Se inclina más, hasta que sus labios rozan su sien, inhalando profundamente.) Cristhian: (En un murmullo que es una promesa y una maldición) Duerme, mi amor.

Duerme sabiendo que cada suspiro que das me pertenece.

Que este gesto…

este abrazo a lo que es mío…

solo confirma lo que ya sabes.

(Su voz se vuelve aún más baja, seductora y llena de una verdad retorcida).

Eres el aire en mis pulmones, Milagros.

Y yo…

yo soy el suelo bajo tus pies.

Sin mí, caes al vacío.

Por eso me abrazas, incluso dormida.

Porque tu alma…

sabe que es mía.

(Permanece allí, vigilante, observándola dormir, intoxicándose de su dependencia, de esta muestra involuntaria de posesión que ella misma le ofrece.

Para él, este es el mayor triunfo: no solo controlar sus acciones, sino habitar hasta sus sueños más profundos.) (Bajo la luz plateada de la luna, Cristhian se desliza entre las sábanas con la sigilosa elegancia de un depredador que, por fin, regresa a su guarida.

El colchón cede bajo su peso, un susurro de plumas y resortes que no logra perturbar el sueño de Milagros.

Con movimientos calculados para no despertarla, levanta la colcha de seda y se introduce en el espacio que ella, incluso dormida, ha dejado para él.) Se acuesta de lado, moldeando su cuerpo contra la curva de su espalda.

Su pecho ancho se aplasta contra su delgada espalda, un muro de calor y posesión.

Un brazo se desliza bajo su cuello, encontrando el lugar exacto donde su nuca se une a los hombros.

El otro brazo rodea su cintura, su mano plana se abre sobre su bajo vientre, presionándola ligeramente contra él, reclamando cada centímetro de contacto.

Y entonces, las piernas.

Sus muslos, fuertes y definidos, se entrelazan con los de ella, enredándose en un nudo de piel y seda.

No hay espacio para el aire, para el vacío.

Solo la plenitud asfixiante de dos cuerpos convertidos en uno solo en la oscuridad.

Cristhian entierra su rostro en la nube de su cabello, inhalando su esencia, mezclándola con la suya.

Un suspiro profundo y satisfecho le huye del pecho, un sonido que es la antítesis de toda la crueldad que dejó atrás en el almacén.

Cristhian: (Un murmullo pastoso, ya en los límites del sueño, contra su cuello) Mía…

Es la última palabra antes de que el silencio lo reclame.

Su respiración se vuelve lenta y profunda, sincronizándose co

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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