DULCE VENENO - Capítulo 94
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94: El señor de la noche 94: El señor de la noche Pero lo que más quiero ver es cómo saldrán Milagros y Cristhian.
¿Te imagina?
(Su ojos brillan con picardía).
Y claro que vine, tonta.
Eres mi amiga.
Obvio que siempre, siempre estaré para ti.
Stefanny: (Aprieta el conejo de peluche contra su pecho, emocionada) Con ustedes a mi lado, esta noche es perfecta.
¡Prometemos divertirnos como nunca!
Marilu: (Ofreciéndole el brazo con una exagerada reverencia de Sombrerero Loco) ¡Eso está hecho, Alicia!
¡Que comience el té más loco…
digo, la fiesta más loca!
¡Por nosotras!
Ambas se ríen, el sonido llenando el vestíbulo decorado, sellando con alegría y complicidad el comienzo de una noche que prometía ser mágica.
(Cristhian desciende por la majestuosa escalera de la mansión.
Cada paso suyo es una declaración de poder, el tacón de sus botines negros resonando con autoridad en el mármol.
La elegancia oscura de su disfraz lo transforma en una figura sacada de una pesadilla gótica: la capa negra forrada de rojo sangre ondea a su espalda como las alas de un murciélago, los detalles plateados brillan con un destino siniestro.
La camisa blanca de volantes y el traje impecable contrastan con la palidez calculada de su rostro, las orejas levemente puntiagudas y las uñas negras que completan la ilusión de un vampiro aristocrático, un depredador vestido de etiqueta.) Abajo, en el gran vestíbulo, lo esperan Stefanny y Marilú.
Stefanny, vestida como Alicia en un país de las maravillas, con su vestido azul y el delantal blanco, parece una frágil criatura de cuento perdida en la guarida de una bestia.
Marilú, con su extravagante disfraz del Sombrerero Loco, sonríe con nerviosismo, su sombrero alto y colorido parece una burla involuntaria a la solemnidad del lugar.
Stefanny: (Sus ojos se abren ligeramente al verlo, una mezcla de admiración y temor en su mirada) Papá…
te ves…
Cristhian: (Interrumpe con una sonrisa fría que no llega a sus ojos.
Su voz es un susurro sedoso que corta el aire) Peligroso, querida.
La palabra es peligroso.
(Su mirada, cargada de una intensidad abrumadora, se posa en Marilú, evaluando su disfraz con desdén).
Y tú, Marilú…
pareces lista para servir el té en un manicomio.
Adecúado.
Marilú: (Se ajusta el sombrero, forcejeando una sonrisa) Es…
el estilo, señor Cristhian.
Cristhian: (Da un paso final, plantándose frente a ellas.
Su capa se acomoda a su alrededor como un manto de oscuridad viviente).
El estilo es una extensión del poder, niña.
(Extiende un brazo, la manga de su capa cayendo dramáticamente).
Mi estilo dice que tomo lo que quiero.
Que la noche me pertenece.
(Sus ojos se clavan en Stefanny, posesivos).
Y que lo que es mío…
está bajo mi protección absoluta.
Sin excepciones.
Stefanny: (Baja la mirada, jugueteando con el borde de su delantal) Lo sabemos, papá.
Cristhian: (Alarga una mano y levanta suavemente la barbilla de Stefanny con un dedo de uña negra).
Entonces asegúrate de que tu…
aventura de cuento de hadas…
no te haga olvidar dónde está tu verdadero hogar.
(Su tono es suave, pero cada palabra es un filo).
Y con quién.
(Suelta su barbilla y se dirige hacia la puerta principal, la capa agitándose a sus espaldas.) Cristhian: (Sin volverse) Vamos.
La noche no espera.
Y yo…
tampoco.
(Stefanny y Marilú se miran, una comprensión silenciosa pasando entre ellas.
Salen detrás de él, dos figuras de un mundo de fantasía siguiendo a la oscuridad personificada hacia la fiesta que awaits.
Cristhian camina seguro, sabiendo que, sin importar los disfraces, él es siempre el depredador más letal en cualquier habitación.) (El centro de la ciudad es un torbellino de color y ruido, una explosión de disfraces y risas bajo la luz de la luna.
Pero para Cristhian, el mundo entero se desenfoca, reduciéndose a un solo punto: ella.) Milagros.
Su Milagros.
Pero no la esposa dócil que dejó en la mansión.
Esta es una visión sacada directamente de sus fantasías más oscuras.
Un espejo siniestro y seductor de su propia naturaleza vampírica.
El corsé negro y rojo moldea su torso, realzando cada curva, atándola en una belleza estructurada y peligrosa.
La falda corta y los volantes, las medias de encaje, los zapatos de tacón…
cada detalle es una provocación calculada, una declaración de una elegancia gótica que le quita el aliento.
La capa negra, forrada del mismo rojo sangriento que la suya, ondea ligeramente con la brisa, como si estuviera viva.
Y sus labios…
esos labios que conoce tan bien, pintados de un rojo intenso que promete pecado y entrega.
Ella está en el centro de todo, hablando con empleados, gesticulando con elegancia.
La organizadora.
La anfitriona.
La reina de esta noche de locura.
Y cada sonrisa que ofrece, cada palabra que dirige a otra persona, es una daga de celos que se hunde en el pecho de Cristhian.
(Stefanny y Marilú se funden con la multitud, pero Cristhian permanece inmóvil en la periferia, una estatua de oscuridad y posesión herida.
Su disfraz, que antes le daba una sensación de poder, ahora parece una armadura necesaria para contener el torrente de emociones que lo atraviesan.) Cristhian: (Para sí mismo, en un susurro que se pierde entre el bullicio) Mira tú…
lo que has creado.
(No hay admiración en su tono, solo una feroz, devoradora necesidad).
Te vestiste para mí…
pero les estás sonriendo a ellos.
Cada risa que escapa de los labios rojos de Milagros es un latigazo.
Cada gesto de su mano, cada inclinación de su cabeza, es un recordatorio de que, por esta noche, ella no es solo suya.
Es de la fiesta, de la ciudad, de todas las miradas que se posan en ella con admiración y deseo.
Sus manos, dentro de los guantes negros, se aprietan hasta que los nudillos palidecen.
La piedra preciosa roja de su collar parece latir con la misma furia que recorre sus venas.
La ve reír, una carcajada clara y genuina que llega hasta él por encima del ruido, y algo dentro de él se quiebra y se reforma, más oscuro, más posesivo.
Él no se mueve.
No necesita hacerlo.
Solo observa.
Absorbe cada detalle, cada interacción, almacenándola en la biblioteca de su obsesión.
Porque sabe que cuando la fiesta termine, cuando las luces se apaguen y los disfraces se guarden, ella volverá a casa.
Y entonces, él se asegurará de recordarle, con la intensidad de su amor y la sombra de su posesión, para quién era realmente ese disfraz.
Para quién late ese corazón.
Y para quién, siempre, pertenece cada sonrisa.
(Cristhian se desprende de la multitud como un lobo separándose de la manada.
Su avance es silencioso, implacable, la capa negra ondeando a su paso como una advertencia.
La gente, sin saber por qué, se aparta instintivamente de su camino.
Él no ve sus disfraces, no oye sus risas.
Su mundo se ha reducido al espacio entre él y Milagros.) (Milagros está terminando de dar instrucciones a un empleado cuando una presencia familiar, fría e intensa, se cierne a su espalda.
Se da la vuelta y se encuentra con la mirada de Cristhian.
No es la mirada del esposo, ni siquiera la del vampiro elegante.
Es la mirada de un celo hecho persona, oscuro y absoluto.) Cristhian: (Su voz es un susurro áspero, solo para sus oídos, que corta como una daga de hielo) ¿Te gusta jugar a ser la reina de la noche, mi amor?
¿Disfrutas de todas las miradas que se posan en lo que es mío?
(Milagros siente un escalofrío.
No de miedo, sino de esa peligrosa electricidad que solo él puede generar.) Milagros: (Intentando mantener la compostura, aunque su pulso se acelera) Cristhian, es solo una fiesta.
Estoy organizando…
Cristhian: (La interrumpe, acercándose más.
Su mano enguantada se posa en su cintura, sobre el corsé, con una fuerza que es a la vez posesión y castigo) Veo cómo los miras.
Cómo les sonríes.
(Su otro dedo, con la uña negra, traza la línea de su gargantilla).
Esta garganta…
que solo debería gemir mi nombre.
Estos labios…
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