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DULCE VENENO - Capítulo 95

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  4. Capítulo 95 - 95 La sed manipuladora
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95: La sed manipuladora 95: La sed manipuladora Estos labios…

(su pulgar roza su labio rojo, manchándolo simbólicamente) que solo deberían saber el sabor de mis besos.

Milagros: (Su respiración se entrecorta) Son empleados, Cristhian.

Solo estaba…

Cristhian: (Apoya su frente contra la de ella, un gesto de intimidad brutal.

Su aliento es frío).

Calla.

No quiero escuchar sus nombres en tu boca.

(Su voz se vuelve un zumbido oscuro y seductor).

Ese disfraz…

esa tentación que vistes…

me vuelve loco.

Pero recuerda, preciosa vampiresa…

(su mano en su cintura se aprieta) la sangre que corre en tus venas es la que yo permito.

La noche que reinas es la que yo te concedo.

(Milagros tiembla, atrapada entre la multitud y la jaula de sus brazos.

La fiesta, la música, todo desaparece.) Cristhian: (Sus labios rozan su oreja, en un susurro que es una promesa y una condena) Disfruta tu reinado, mi oscura reina.

Disfruta estas miradas.

(Se separa solo lo suficiente para clavarle sus ojos llenos de fuego negro).

Porque cuando esto termine…

te llevaré a casa.

Y entonces…

te recordaré, hasta que el último jadeo sea solo para mí, hasta que olvides cualquier otra sonrisa que no sea la que me pertenece.

Tu noche me pertenece, Milagros.

Y tú…

eres mía.

El corsé negro y rojo de Milagros abrazaba su torso, una armadura de seda y hueso que esculpía su figura en una silueta imposible.

Cada curva, cada línea, se realzaba con una precisión brutal, atándola en una estructura bellezada y peligrosa.

La falda corta, un suspiro de tela oscura, se alzaba y caía con el menor movimiento, sus volantes bailando sobre medias de encaje que trepaban por sus muslos como enredaderas prohibidas.

Los zapatos de tacón, agujas afiladas, la elevaban, cada paso un golpe seco en el silencio.

No era ropa; Era una provocación calculada, una declaración de una elegancia gótica que robaba el aliento.

La capa negra, forrada del mismo rojo sangriento que el corsé, ondeaba ligeramente con la brisa helada que se colaba por la ventana, como una criatura viva, hambrienta.

Y sus labios… Cristhian conocía esos labios.

Los había probado, los había mordido, los había adorado.

Ahora, pintados de un rojo intenso, prometían pecado y entrega.

“Ven.” La palabra apenas un susurro, una exhalación caliente que se enredó en el aire entre ellos.

Sus ojos, pozos oscuros, lo fijaron, una promesa tácita brillando en sus profundidades.

Milagros agarró la mano de Cristhian, sus dedos fríos envolviendo los suyos con una fuerza sorprendente.

Lo arrastró sin esfuerzo por el pasillo alfombrado, el taconeo de sus zapatos un ritmo hipnótico, hasta una puerta de madera oscura.

La abrió con un empujón brusco, el interior sumido en una penumbra acogedora, y lo empujó hacia adentro antes de cerrar con un golpe sordo que resonó en el pecho de Cristhian.

El cerrojo giró con un chasquido metálico, vendiéndolos en su propio universo.

Un alarido silencioso se ahogó en su garganta mientras ella se lanzaba sobre él.

Sus labios, ese rojo carmesí, se estrellaron contra los suyos con una ferocidad que le quitó el aire.

Era un beso salvaje, hambriento, sus lenguas bailando una batalla sin cuartel, explorando cada recoveco de su boca.

El sabor a vino tinto ya algo más, algo prohibido, lo embriagó.

Las manos de Milagros se aferraron a su nuca, sus uñas arañando ligeramente su piel, un escalofrío de placer recorriéndole la espalda.

El corsé se presionaba contra él, la seda fría contra su camisa, cada hueso una promesa de dolor y éxtasis.

Cristhian soltó un gemido gutural, sus propias manos aferrándose a su cintura, sintiendo la dureza del corsé bajo sus dedos.

La levantó sin pensarlo, sus piernas rodeando su cadera con una facilidad asombrosa.

La falda se arremangó, revelando el encaje de las medias, la piel pálida de sus muslos.

Con una mano temblorosa, desabrochó su propio cinturón, el sonido metálico ahogado por el jadeo de Milagros.

La tela de su ropa interior se deslizó por sus muslos, cayendo al suelo con un suspiro.

Su pene, ya duro y palpitante, buscaba la entrada, la desesperación creciendo con cada roca.

“Ahora”Milagros siseó contra sus labios, su voz ronca, casi irreconocible.

Sus caderas se arquearon, una invitación descartada.

Cristhian no esperaba más.

Con un empuje poderoso y sin contemplaciones, guio su pene, la cabeza ya lubricada con su propio pre-cum y la humedad de ella, hacia la entrada de su coño.

Un grito ahogado escapó de los labios de Milagros mientras él se abría paso.

La estrechez era casi dolorosa, el calor envolviéndolo, apretándolo.

Sus caderas se encontraron con un golpe húmedo, un ” squelch” audible en la quietud de la habitación.

La punta de su polla se abrió paso, estirando su coño, la carne húmeda cediendo con un gemido largo y gutural.

Sus paredes vaginales se contrajeron alrededor de él, succionándolo más adentro.

Ella se tensó, sus uñas se hundieron en su espalda, un bramido escapando de su garganta.

“¡Ah!” Su voz era un hilo de placer y dolor, una melodía salvaje que ascendía aún más a Cristhian.

Él se hundió más profundo, sus cojones golpeando su coño con cada empuje, el sonido húmedo y rítmico llenando el aire.

Sus cuerpos se movían al unísono, un baile primitivo y sin inhibiciones.

El olor a sexo, a sudor y perfume dulce, inundaba sus sentidos.

Los labios de Milagros se separaron, sus dientes mordiendo su hombro, dejando una marca roja.

Él no la sintió, solo el placer puro que lo invadía.

Cada embestida era más profunda, más fuerte, su polla rozando su cérvix, haciéndola temblar.

El “shlick-shlick” de sus cuerpos chocando era la única música, un crescendo hacia el clímax.

El coño de Milagros se apretaba y aflojaba a su alrededor, ordeñándolo.

Sus pezones, duros bajo el corsé, se frotaban contra su pecho, una fricción deliciosa.

El vello púbico de ella, suave y húmedo, se enredaba con el suyo.

“Más… ¡Dios, Cristhian, más!” Su voz era un gemido desgarrador, sus caderas se alzaban para encontrarse con cada embestida.

La humedad se escurría por sus muslos, pegajosa y caliente, mezclándose con el sudor que perlaba sus cuerpos.

La respiración de Cristhian era entrecortada, sus músculos tensos.

El placer era una ola que lo arrastraba, ineludible.

El corsé chirrió ligeramente con sus movimientos, una banda de restricción que solo aumentaba la sensación de liberación.

Sus manos se aferraron a sus nalgas, apretándolas, elevándola más, forzando la penetración más profunda.

El ” slap “de sus culos chocando resonó en la habitación, un sonido obsceno y perfecto.

Ella se arqueó, sus ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, un hilo de saliva escapando de la comisura de sus labios.

Él sintió la presión final de su coño, los espasmos que anunciaban su propio orgasmo.

Sus testículos se tensaron, el semen brotando con una fuerza explosiva, llenando su interior.

Un grito gutural se escapó de sus labios mientras se vaciaba dentro de ella, la sensación de su semen caliente inundando su coño, una liberación total.

(La música y las risas de la fiesta son un eco lejano, ahogado por el sonido de la respiración entrecortada y el roce de la tela.

Cristhian, con movimientos precisos y dominantes, se ajusta su propio pantalón, la mirada fija en Milagros con una intensidad que quema.

Luego, sus manos, aún enguantadas, se posan en ella para arreglar su disfraz, enderezando el corsé, alisando la falda.

Es un gesto de posesión disfrazado de cuidado, reclamando el derecho a tocar, a moldear, a corregir.) Sin darle tiempo a reaccionar, la atrae hacia sí y captura sus labios en un beso salvaje y devorador.

No es un beso de amor, sino de marca, de castigo y de reclamación.

Su lengua invade, su mano se hunde en su trasero, apretando con una fuerza que bordea el dolor, asegurándose de que cada fibra de su cuerpo sienta su dominio.) (Cuando rompe el beso, ambos jadean.

Milagros está desorientada, el sabor de él y la ferocidad del acto nublando sus pensamientos.

Cristhian apoya su frente en l

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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