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DULCE VENENO - Capítulo 98

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  4. Capítulo 98 - 98 Fuera de la fiesta
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98: Fuera de la fiesta 98: Fuera de la fiesta Un relámpago de celos puro y rabia cruzó su rostro.

No era el celos de un hombre que ve a su esposa mirando a otro, sino el de un dueño que ve a su posesión más valiosa siendo mancillada, contaminada por un contacto que él no autorizó.

Su agarre en la cintura de Milagros se volvión tan férreo que casi le hizo daño.

Milagros: (Su voz era un hiloconstantelado de hielo, cortante y repentino, dirigido a Cristhian sin apartar los ojos del beso) Nos vemos.

Ya me aburrí de estar aquí.

Estoy cansada.

Quiero dormir.

No era una petición.

Era una declaración.

Una retirada estratégica antes de que la tormenta de emociones que rugía dentro de ella—rabia, celos, una inexplicable sensación de traición—estallara para que todos la vieran.

Cristhian: (Su voz era un susurro venenoso, pegado a su oído, lleno de una furia apenas contenida) ¿Qué te pasa?

¿Esa escena te molesta?

¿Te importa quién besa ese maldito pirata?

Milagros: (Por fin lo miró, y sus ojos, normalmente tan sumisos, destellaron con un odio puro y antiguo) Lo único que me molesta es el espectáculo vulgar.

Y tu mano, que me está magullando.

Suéltame.

Ahora.

Arrancó su brazo de su agarre con una sacudida brusca.

Sin mirar atrás, sin importarle la escena que pudiera causar, se abrió paso entre la multitud con la dignidad herida de una reina, dejando a Cristhian plantado, consumido por una rabia silenciosa y los celos que ahora sabía que no solo eran suyos.

El hechizo de la noche se había roto, reemplazado por el veneno familiar de los celos y la posesión.

El ruido de la fiesta se convirtió en un eco lejano y ahogado.

Milagros apenas había cruzado el umbral hacia la relativa quietud del pasillo superior cuando una mano férrea se cerró alrededor de su brazo, deteniéndola en seco con un tirón brusco.

El dolor fue agudo e inmediato.

Cristhian: (Su voz era un silbido cargado de veneno, pegado a su oído) ¿Y eso?

¿Una rabieta repentina?

Explícame.

¿Por qué esa mirada?

¿Por qué ese odio?

(Su agarre se apretó, haciendo que ella contuviera un jadeo).

¿Por qué te importa tanto quién besa?

Milagros intentó zafarse, pero su fuerza no era rival para la suya.

Giró la cabeza, y sus ojos, ahora llameantes de una furia que había estado reprimiendo durante años, se clavaron en los suyos.

Milagros: ¡Suéltame, Cristhian!

¡Me estás haciendo daño!

Cristhian: (Ignorando su súplica, acercando su rostro al de ella.

Su aliento olía a whisky y rabia) El daño te lo harás tú sola con esa actitud.

¿Crees que no lo veo?

No es solo enfado.

Son celos.

(Escupió la palabra como si fuera un insulto).

¿Estás celosa, Milagros?

¿Celosa de que Lansky ponga sus manos, su boca, en otra?

¿O es que querías que fuera a ti a quien besara con esa…

pasión?

Milagros: (Una risa amarga y forzada le escapó) ¿Estás loco?

¡Es mi ***** !

Cristhian: (Le dio una sacudida) ¡No me mientas!

Lo he visto en tus ojos durante años.

La manera en que lo miras.

La forma en que te tensas cuando está cerca.

Es un juego para ti, ¿verdad?

¿Tenernos a los dos atados?

¿A él, obsesionado con proteger a su pequeña, y a mí…

a mí, poseyendo cada centímetro de ti para que él nunca pueda tener lo que realmente quiere?

Su voz era una mezcla de celos enfermizos y una perspicacia brutal que cortaba más profundo que cualquier golpe.

Milagros: (Su respiración era entrecortada, más por la revelación que por el dolor físico) Tú…

eres un monstruo.

Un monstruo paranoico.

Cristhian: (La apretó contra la pared, su cuerpo una jaula de furia) ¡Y tú eres mía!

¡Solo mía!

Cada suspiro, cada mirada, cada pensamiento.

Si ese beso te enfureció tanto, es porque algo en ti todavía le pertenece a él.

Y voy a asegurarme de arrancar ese algo, página por página, hasta que lo único que quede en tu cabeza…

sea yo.

Su promesa no era de amor, sino de aniquilación.

Y en los ojos de Milagros, junto al miedo, brillaba un odio que juraría vengarse.

La furia de Cristhian era una fuerza palpable que emanaba de él, envenenando el aire a su alrededor.

Sin siquiera mirar a Milagros, cuyos ojos brillaban con lágrimas de rabia e impotencia, levantó una mano.

De las sombras, su guardaespaldas personal, Rojas, un hombre de constitución sólida y rostro impasible, se materializó al instante.

Cristhian: (Su voz era un latigazo frío y cortante, dirigido a Rojas sin apartar la mirada de la pareja que aún se besaba a lo lejos) Rojas.

Mi esposa está indispuesta.

Llévala a la mansión.

(Hizo una pausa, cargando cada palabra con una amenaza).

Y que no salga.

No era una sugerencia.

Era una orden de reclusión.

Milagros: (Intentó plantar resistencia, su voz temblorosa pero llena de desdén) Cristhian, no puedes…

Pero Rojas ya había tomado su brazo con una firmeza profesional que no admitía discusión.

“Por aquí, señora”, dijo con tono neutro, guiándola con fuerza implacable hacia el sedán negro que esperaba con el motor en marcha.

Al ser conducida al coche, Milagros giró la cabeza por última vez.

Su mirada, húmeda y llena de amargura, se cruzó con la escena que le partía el alma: Stefanny y Lansky, ahora separados, pero sonriendo, sus rostros iluminados por los últimos destellos de los fuegos artificiales y por una felicidad que a ella se le negaba.

Era una puñalada de dolor y celos.

Cristhian vio esa mirada.

Un gruñido casi inaudible escapó de su garganta.

Se interpuso físicamente, bloqueando por completo su vista, su espalda ancha erigida como un muro entre ella y el objeto de su tormento.

Su posesividad no solo era física; era visual, era emocional, quería ser el único universo que ella pudiera percibir.

Al subir al coche, la atmósfera era gélida.

Milagros se encogió junto a la ventana, mirando la ciudad que pasaba, sintiéndose más prisionera que nunca.

Fue entonces cuando el teléfono de Cristhian vibró.

Lo sacó, y su ceño fruncido se acentuó al ver el nombre.

Secretario (voz al teléfono): Señor, disculpe la hora.

Tenemos una situación.

Los accionistas de Aethelred Holdings exigen una reunión presencial mañana en Nueva York para firmar el contrato.

El jet debe despegar a las 7:00 AM.

Cristhian no dudó ni un segundo.

Sus planes de vigilar a Milagros de cerca se desvanecían ante un negocio de millones.

Cristhian: (Con tono cortante) Compre el boleto.

Saldré.

Secretario: (Había una leve pausa, sabiendo lo que eso implicaba) ¿Entiendo que viajará solo?

Cristhian: (Su mirada fría se posó en la nuca de Milagros, que no se volvió a mirarlo) Sí.

Milagros se queda.

Secretario: Como ordene.

La llamada se cortó.

Cristhian guardó el teléfono.

El viaje era una oportunidad, pero también un riesgo.

Dejaría a su “tesoro” sin su vigilancia directa, pero las órdenes estaban dadas: ella no saldría de la mansión.

Y él confiaba en que sus jaulas, tanto las de hierro como las de miedo, eran lo suficientemente fuertes.

Sin saber que, al poner océano de por medio, estaba abriendo la jaula para que depredadores mucho más cercanos se acercaran.

La música había cesado, los fuegos artificiales se habían apagado y solo quedaba el susurro del viento nocturno y el lejano zumbido de la ciudad.

Stefanny, todavía con el vestido de Alicia, pero con el corazón latiendo a un ritmo completamente nuevo, caminaba junto a Lansky por los senderos iluminados por la luna.

La euforia del beso había dado paso a un temblor interno que le recorría todo el cuerpo.

Stefanny: (Sus dedos jugueteaban nerviosos con los volantes de su delantal, sin atreverse a mirarlo) No debería…

haber pasado eso.

(Su voz era un hilo tembloroso).

Lansky: (Caminaba con calma, sus manos en los bolsillos del abrigo de pirata.

Su voz era baja, una vibración sedosa en la noche) ¿Por qué?

¿Porque lo sentiste demasiado real?

¿Porque por fin dejaste de fingir?

Stefanny: (Se detuvo, enfrentándolo con los ojo

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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