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DULCE VENENO - Capítulo 99

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  4. Capítulo 99 - 99 Viaje
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99: Viaje 99: Viaje Stefanny: (Se detuvo, enfrentándolo con los ojos brillantes de confusión y miedo) ¡Porque te tengo miedo!

Me asustas…

y lo que es peor, me asusta lo que yo siento cuando estoy cerca de ti.

Lansky: (Se acercó, despacio, como un depredador que sabe que su presa ya está atrapada.

Alzó una mano y con los nudillos le acarició la línea de la mandíbula, un contacto que le hizo estremecer).

El miedo y el deseo son dos caras de la misma moneda, preciosa.

Y tú…

estás llena de deseo por mí.

Lo veo en tus ojos cada vez que me miras.

Lo sentí en tu boca cuando me besaste.

Stefanny: (Negó con la cabeza, retrocediendo un paso, pero él cerró la distancia) ¡No!

Es una locura.

Esto es…

tóxico.

Eres posesivo, controlas cada movimiento…

Lansky: (La interrumpió, su voz se volvió más oscura, más intensa) No quiero controlar tus pasos, Stefanny.

Quiero poseer cada latido de tu corazón.

Quiero ser el aire que respires y la pesadilla que te impida dormir si alguna vez piensas en huir de mí.

(Su mano se deslizó hasta su nuca, sujetándola con suavidad pero con firmeza).

Lo que sientes no es una locura.

Es la verdad.

Y duele, ¿verdad?

Duele porque es más grande que tú.

Stefanny: (Una lágrima escapó y recorrió su mejilla) ¿Y qué soy para ti?

¿Solo otro trofeo?

¿Otra posesión más en tu colección?

Lansky: (Su mirada se suavizó por un instante, mostrando una chispa de algo genuinamente profundo) Eres la única grieta en mi armadura.

La única persona a la que le daría un arma y le mostraría dónde clavármela.

(Se inclinó, hasta que sus frentes casi se tocaron).

Eres el caos que no sabía que necesitaba.

Y no te soltaré.

Nunca.

Stefanny lo miró, paralizada.

El miedo y la pasión libraban una guerra dentro de ella.

Sus palabras eran una prisión, pero su voz…

su voz sonaba a la libertad más peligrosa que jamás había conocido.

Y en lo más profundo de su alma, asustada y temblorosa, una parte de ella quería rendirse y llamar a esa oscuridad “hogar”.

Stefanny: (Su voz es un susurro quebrado, cargado de la tormenta interna que no se ha calmado) Ya…

ya es muy tarde.

Ya me voy.

Ella espera una réplica, una orden, otra de esas frases que enredan y atrapan.

Pero Lansky solo la mira, con esa calma profunda y un poco triste que a veces la desarma más que su intensidad.

Lansky: (Asiente lentamente, sin apartar sus ojos de los de ella) De acuerdo.

Ve a tu casa y descansa, mi mariposa.

La llama como siempre, pero esta vez el posesivo suena diferente.

No es una jaula, sino casi…

un refugio.

Un lugar al que, a pesar de todo, podría querer volar.

Stefanny da media vuelta, sintiendo su mirada grabándose en su espalda mientras se aleja.

Cada paso es una lucha entre el instinto de correr y el deseo de volverse.

Sabe, con una certeza que la aterra, que este no es un adiós.

Es solo el silencio que precede a la tormenta.

(La mañana siguiente baña la sala principal de la mansión con una luz fría y serena.

Cristhian está sentado en un sofá de cuero, inmóvil, como una estatua tallada en oscuridad y resentimiento.

La elegancia del disfraz vampírico ha sido reemplazada por la severidad impecable de un traje de viaje negro.

Su rostro es una máscara impasible, pero en sus ojos, de una profundidad abismal, hierve una tormenta silenciosa de celos, furia y una punzada de algo que se asemeja al dolor.) (La sirvienta, María, desciende las escaleras con paso cauteloso, llevando el maletín de cuero de Cristhian.

Lo coloca suavemente junto a sus pies.) María: (Con la cabeza ligeramente inclinada, evitando su mirada) Jefe, aquí está su maletín.

La señora…

todavía está dormida.

¿Desea que la despierte?

(Cristhian no mira a la sirvienta.

Su gaze permanece fijo en algún punto del vacío, en el recuerdo del beso robado y la espalda de Milagros alejándose de él.) Cristhian: (Su voz es plana, carente de su usual tono seductor o dominante.

Es el sonido de un hielo que se ha formado durante la noche) No.

(La palabra es cortante, definitiva).

Déjala que descanse.

(Finalmente, gira la cabeza y sus ojos oscuros se clavan en María, transmitiendo una orden absoluta).

Dígale…

que ya me fui.

(No es solo una instrucción.

Es un castigo.

Una retirada calculada.

Quiere que Milagros despierte y encuentre la casa vacía de su presencia.

Que sienta su ausencia como un eco frío después del calor de su furia.

Que se pregunte, que dude, que sienta el peso de su desaprobación.) María: (Percibe la tensión peligrosa en el aire.

Asiente con rapidez, sumisa) Cómo ordene, jefe.

Que tenga un buen viaje.

(Cristhian se levanta, toma el maletín con un movimiento fluido y se dirige hacia la puerta sin mirar atrás.

Su silueta se recorta en el umbral antes de desaparecer, dejando atrás una mansión sumida en un silencio cargado de preguntas sin respuesta y la fría certeza de que su partida no es un adiós, sino el preludio de un regreso que exigirá cuentas.) Él no se va para olvidar.

Se va para que ella no pueda hacerlo.

Y para que, cuando vuelva, el precio de su atención—y de su perdón—sea más alto que nunca.

(Pasadas unas horas, el silencio de la mansión se rompe con el sonido de unos tacones que descienden con determinación.

Milagros aparece, y no es la mujer que se retiró a dormir.

Es una declaración de independencia vestida de terciopelo burdeos y oro.) Su atuendo es una obra maestra de elegancia bohemia y poder sutil.

El corpiño dorado abraza su torso como una armadura luminosa, mientras que los pantalones acampanados de terciotelo burdeos fluyen con cada paso, las monedas de su cinturón tintineando suavemente.

La chaqueta a juego, la boina, los accesorios meticulosos…

cada detalle ha sido cuidadosamente elegido.

No para él, sino para ella.

Para recordarse a sí misma quién es, más allá de la sombra de Cristhian.) Su rostro está sereno, pero en sus ojos hay un destello de desafío y una herida abierta.

El beso de anoche, la partida silenciosa de él…

han encendido una chispa de rebelión.

Sin titubear, cruza el vestíbulo y sale por la puerta principal.

Un coche negro, siempre a su disposición, espera con el motor en marcha.

El chófer, un hombre de rostro impasible, abre la puerta trasera para ella.

Milagros se desliza en el asiento de cuero, arreglando los pliegues de su chaqueta de terciopelo.

Su voz, cuando habla, es clara y fría, sin dejar espacio a discusión.

Milagros: Llévame al aeropuerto.

El chófer la mira por el espejo retrovisor por una fracción de segundo.

No es la orden habitual.

Pero la entrenada lealtad, o el temor, prevalecen.

Chófer: Como ordene, señora.

(El coche se desliza por el camino de entrada, alejándose de la mansión Tantalean.

Milagros no mira por la ventana trasera.

Saca su teléfono, sus uñas perfectas recorriendo la pantalla.

No está huyendo.

Está tomando el control.

Está moviendo su pieza en el tablero de su matrimonio, y el movimiento es un billete de avión a un destino que solo ella conoce.

La partida de Cristhian fue un mensaje.

El suyo es una respuesta.

Y el juego, de repente, se ha vuelto mucho más peligroso.) (El aeropuerto es un torbellino de luces y sonidos, un lugar de transiciones y despedidas.

Entre la multitud, la figura de Milagros en su atuendo burdeos y oro destaca como un faro de elegancia y determinación.

Y allí, esperándola junto a la ventana de embarque privado, está Lansky.

Su presencia ya no es la del guardaespaldas discreto; ahora hay una complicidad en su mirada, una alianza forjada en el fuego del secreto y la traición.) Milagros se acerca, el tintineo de las monedas de su cinturón marcando su paso firme.

No hay vacilación en ella, solo una resolución fría que ha solidifi

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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