Dylan tyler - Capítulo 38
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Capítulo 38: Minerva
Despierto, viendo un techo desconocido, el cual tiene arena cayendo. Me levanté de lo que parecía una cama, pero era un trabajo de tela, con unas sogas atándola.
—Es una hamaca—. Me dijo Tinki.
—Oh en-…espera, ¡puedes hablar! —. Dije.
—Si por alguna razón, cuando entramos, tuvimos la capacidad de comunicarnos—. Dijo Mirio.
—¿No es genial? —. Dijo Taika con cierto entusiasmo.
—Si…bueno—, dije mirando mis alrededores.
La habitación era pequeña, pero tenía una hamaca, una mesa de noche, un estante y una lámpara.
—Vamos a salir—. Dije cargando a Tinki.
Abrí la puerta, sólo para ser impactado contra algo, una chica, más o menos de mi edad, que vestía nada más una camisa que parecía brasier, y unos shorts muy pequeños, con el pelo azul, piel pálida , ojos escarlata roja, y para terminar, me restregaba sus grandes pechos en la cara.
—Amor, amor, despertaste, cierto es tú nuevo cuerpo, ya se me había olvidado—, dijo la chica.
Ella se echó para atrás.
—Bienvenido a casa—. Dijo.
—…Perdón, pero yo no te conozco—, dije amablemente.
—…Jajajaja, amor no digas tonterías—, dijo la chica—. O mierda, cierto era descendencia, no reencarnación.
Ella tomó aire y dijo:
—Bienvenido al santuario de los recuerdos y alma, yo soy la administradora Minerva Welkin.
—…Entonces…tú manejas el lugar—, dije.
—Exactamente—. Dijo Minerva—, pero me sorprende que vinieras por mí.
—…
—Dylan no vino porque quiso una vieja loca—, dijo Tinki.
—¡Tinki! —, dije en tono de regaño.
—Tranquilo mi amor—. Dijo Minerva—, las evo como ella solo son molestias.
—Ok, cálmense—, dije.
Ambas voltearon a ver otros lados, con clara molestia en sus caras.
—En fín, ¿dónde están los demás? —, pregunté.
—Arriba subiendo las escaleras—, respondió Minerva.
Entonces subí las escaleras, el pasillo, y demás estaba como el de mi casa…bueno, como la casa de Dylan Tyler.
Cuando subí, entré en una habitación, la cual tenía una lámpara en el techo, y una mesa gigante de madera redonda.
—Hola—. Dije.
La conversación se detuvo, y todos posaron su mirada en mi.
—Oh, Dylan, gracias a Odín—. Dijo Carla abrazándome.
—¿No es: Gracias a Dios? —. Pregunté.
—No, en este mundo es así—. Dijo Carla.
Minerva saltó hasta mi cabeza, y me hizo cargarla de hombros.
—Hola a todos, mi amorcito despertó—. Dijo Minerva.
—…Hijo, no la escuches—. Dijo Roberto/mi padre.
—No, tranquilo, yo sé—, dije.
—…Oye, deja a mí novio—. Dijo Carla.
—No es tuyo, ¡ES MIO! —. Dijo Minerva.
—Jeje, las mujeres mayores, no son su gusto—, dijo Carla.
—¿Celosa? —, dijo Minerva.
—No, porque puedo hacer esto—. Dijo Carla.
Carla me jaló, y Minerva cayó atrás de mí, mientras recibía el beso. Sus labios eran suaves, esponjosos, dulces.
Hubo un breve silencio hasta que Elizabeth dijo:
—Antes de cualquier cosa debemos hablar sobre-
—No sin mí.
Una voz desconocida irrumpió en la habitación.
—…
Guarde silencio durante un momento, mientras giraba mi cabeza, en dirección a la voz. Él era un tipo alto de pelo blanco, ojos azabache, usando una armadura de plata, estaba mirando a la habitación, con cierto desdén.
—…¿Qué hacen ustedes aquí?—, preguntó el sujeto.
—A pues…vinimos a recuperar mis recuerdos—. Dije nervioso.
—…
El sujeto se rasco la cabeza confundido.
Todos entonaron su mirada hacía mí, no sé lo que dije está mal, pero…¿que más se podía hacer?.
—Entonces, ¿dónde está tu esclavo?—, dijo el sujeto.
—¿Qué?—, dije.
—Tch, eres igual a un maricon que conozco, oh espera…—, el sujeto se quedó viendo el techo.
Luego de unos segundos, puso su mirada de nuevo en mí, para luego apuntarme con el dedo.
—A ti te llamaré, mierdecilla—, dijo.
—Oye, ¿acaso eres así de grosero con todos?—, pregunté molestó.
—Cállate, mierdecilla, necesito pensar—, dijo el sujeto—. Bueno, soy Excalibur.
Hubo un breve silencio después.
—Aquella persona que se convertirá en espada—, dijo Excalibur.
—¿Y?, ¿acaso eras tan débil que te dejaron aquí?—, dijo Tinki.
—¡Tinki!—, dijeron Taika y Mirio—. No le hables así a la espada más importante.
—No, tinki tiene razón—, dijo Roberto/Mi padre.
—Aunque sea una espada legendaria, no le da el derecho a hablarnos de esa manera—, dijo Elizabeth.
—A tí te llamaré putita—, dijo Excalibur, apuntando su dedo a Elizabeth.
Elías y Lancelot, habían desenvainado sus espadas, manteniendo las en el cuello de Excalibur.
—..Vaya, vaya, el putito y el pulmón de papel maché, quieren un duelo—, dijo Excalibur.
La habitación quedó en silencio.
—Si, yo acepto—, dijo Elías cortando el silencio.
Excalibur, agarró una hoja de pergamino, que tenía Elizabeth en sus manos.
—Bueno, pues vamos afuera—, dijo Excalibur de manera desafiante.
Los dos salieron del cuarto.
—A-amor…no vayas, no vayas, ese tipo es el peor—, dijo Minerva temblando, en todo el rato que estuvo Excalibur en la sala, ella se la pasó temblando, y gimiendo de miedo.
Cómo poco me importaba, lo que está mujer tenía para decirme. Así que salí a ver la pelea.
—¿que?
El ambiente, era el de un bosque, el olor a pino, y el aire eran frescos, el cielo azul, se teñía de rojo y naranja.
—Iniciemos—, dijo Excalibur.
Todo pasó tan rápido, el aire se cortó, mi piel se erizó, mientras que de pronto, la hoja atravesó el viento, y el sonido. Siquiera, pude escuchar, mi vista nunca lo captó, el viento volvió, un estallido en mis oídos me aturde por unos cuantos segundos. Cerré los ojos, para luego abrirlos.
La desesperación me invadió, fui rápido a ver. Elías estaba en el piso, sangrando, con golpes en todos lados.
—Jajaja—, se reía Excalibur.
Ayude a Elías, lo cargue en mi espalda, para llevarlo a curar.
Este es Excalibur, y se ha ganado mi odio.
Excalibur es un poco grosero, ¿no crees?
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