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Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 1 - El eco de los juegos
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1: 1 – El eco de los juegos 1: 1 – El eco de los juegos El sol caía sobre las murallas de Eryndor, la ciudad más grande del Reino, y sus torres de piedra proyectaban sombras alargadas sobre los barrios interiores.

En las calles adoquinadas, los comerciantes cerraban puestos, los niños corrían entre callejones y las campanas del templo anunciaban el final de la jornada.

El bullicio era parte del día a día: gritos de vendedores, cascos de caballos en patrullas de guardias, olor a pan recién horneado mezclado con el de hierro de las fraguas.

En medio de aquel corazón vivo del Reino, tres jóvenes se habían reunido en un patio de entrenamiento, un espacio abierto donde aprendices y guardias solían practicar con espadas de madera.

Para ellos era un refugio, un lugar donde podían jugar, competir y, en secreto, soñar con un futuro más grande que el que les esperaba.

Aedan, de quince años, sostenía su espada de madera con firmeza.

Su cabello oscuro caía desordenado sobre su frente, y sus ojos reflejaban la determinación de quien nunca aceptaba rendirse.

Frente a él, Ronan —un año mayor— giraba su arma improvisada con la confianza de quien se sentía invencible.

Aedan: —Te lo advertí, Ronan.

Si bajas la guardia otra vez, acabarás en el suelo.

Ronan: —Bah, ¿y desde cuándo temes una derrota?

Las cicatrices cuentan historias, hermano.

Y yo pienso tener más historias que nadie.

Con una sonrisa arrogante, Ronan lanzó un ataque rápido, pero Aedan lo esquivó con un giro y lo empujó con el hombro.

El golpe lo hizo trastabillar hacia atrás, cayendo sobre la arena del patio.

Desde un muro bajo, Lyanna, de quince años, aplaudió suavemente con una sonrisa burlona.

Su cabello trenzado brillaba bajo la luz anaranjada, y su mirada siempre parecía calculadora, como si analizara cada movimiento más allá del juego.

Lyanna: —Te lo dije, Ronan.

Aedan siempre piensa antes de moverse.

Tú solo atacas como un toro ciego.

Ronan: —¿Y qué tendría de malo ser un toro ciego?

—replicó levantándose con polvo en la ropa—.

Al menos un toro impone respeto.

Lyanna: —Sí… hasta que termina en la mesa de un banquete.

Ronan frunció el ceño, mientras Aedan reía.

Aedan: —Vamos, no te enfades.

Si de verdad quieres respeto, deberías escuchar más a Lyanna.

Ronan: —¡Jamás!

El día que escuche a Lyanna será porque ella se convirtió en reina.

Lyanna: —Pues prepárate, porque cuando eso pase, tú serás el bufón de la corte.

El intercambio de burlas hizo eco en el patio vacío, y los tres rieron juntos.

Aunque no eran hijos de nobles ni de campesinos pobres, sus familias llevaban una vida modesta y estable en la ciudad.

Sus padres eran comerciantes menores, artesanos o guardias retirados: no les faltaba comida ni techo, pero tampoco tenían lujos.

Crecieron viendo el esplendor de Eryndor sin poder tocarlo del todo, siempre al margen de los salones dorados de la nobleza.

Después del entrenamiento, caminaron hacia las calles centrales.

El mercado estaba casi vacío, pero todavía había puestos iluminados con antorchas, donde se ofrecían especias, panecillos dulces y vino barato.

El murmullo de los últimos clientes se mezclaba con la música lejana de un juglar en la plaza mayor.

Aedan: —Miren eso… cada día parece que la ciudad es más grande.

No entiendo cómo alguien puede vivir toda su vida sin querer conocer qué hay más allá de estas murallas.

Ronan: —Porque no todos sueñan con batallas y aventuras como tú.

Algunos solo quieren una taberna caliente y una jarra de cerveza.

Lyanna: —Y otros quieren más que batallas.

Un nombre.

Un propósito.

Un futuro que valga la pena recordar.

Aedan la miró, sorprendido por la seriedad en su tono.

Ronan sonrió, levantando un brazo como si proclamara una profecía.

Ronan: —Pues que quede escrito: Ronan, el indomable, temido por sus enemigos, amado por las doncellas y celebrado en todas las tabernas del Reino.

Lyanna: —Más probable que seas temido por los taberneros por beber de más.

Los tres estallaron en carcajadas mientras avanzaban entre la multitud.

Pero cuando llegaron a la plaza mayor, un silencio repentino pareció envolver el lugar.

Aedan se detuvo, mirando hacia la estatua central del rey fundador, donde las antorchas crepitaban suavemente.

Creyó escuchar algo.

Un murmullo.

Un eco que no venía de ninguna boca visible.

Aedan: —¿Lo escucharon?

Ronan: —¿Qué cosa?

Aedan: —Un susurro… como una voz.

Lyanna: —Seguro es el viento entre las piedras.

No empieces con tus fantasías.

Ronan: —Sí, porque si hay fantasmas, ¡que vengan ya!

Ronan, el invencible, los mandará de regreso al infierno.

Los tres rieron otra vez, pero Aedan no pudo evitar girar la cabeza hacia la oscura calle lateral que conectaba con los barrios bajos.

El eco parecía haber salido de allí.

Por un instante, sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero lo disimuló.

El bullicio volvió a la plaza, y la vida de la ciudad siguió su curso como si nada hubiera pasado.

Mientras se dirigían a sus casas, entre las luces cálidas que iluminaban las ventanas, ninguno de los tres sabía que aquel pequeño murmullo sería la primera señal de un destino mucho más grande y oscuro que todo lo que habían imaginado en sus sueños de juventud.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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