Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 8 - La compañía de norvald
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10: 8 – La compañía de norvald 10: 8 – La compañía de norvald La vela se iluminaba sobre la mesa de roble, dejando un círculo de luz tembloroso que apenas lograba desplazar la penumbra del aposento.
Aedan permanecía sentado, los codos apoyados en la madera, la pluma entre los dedos.
Delante de él, el pergamino en blanco parecía pesar más que cualquier espada que hubiese empuñado en su vida.
El silencio lo envolvía todo, roto solo por el lejano rumor de pasos de guardias en el pasillo y el ocasional relincho de caballos en los establos.
Aquella quietud no era paz: era el preludio de una responsabilidad que podía costar vidas.
Aedan apoyó la punta de la pluma en el papel.
“¿Quiénes?
¿A quién condeno y a quién salvo?
¿A quién llamo y a quién dejo atrás?” Trazó el primer nombre con firmeza: Ronan.
No había duda alguna.
Su lealtad, su temple en batalla y su juicio frío lo hacían indispensable.
El siguiente fue inevitable: Lyanna.
No solo por sus habilidades, sino porque la conocía demasiado bien como para saber que, aunque intentara dejarla fuera, ella encontraría la manera de colarse en la misión.
Continuó con veteranos de confianza: Alaric, curtido en campañas contra bandidos en las colinas del este; Soren, arquero de puntería implacable.
Después añadió dos curanderos militares con experiencia en heridas de guerra y fiebres de pantano.
Cada nombre caía sobre el pergamino como un peso añadido sobre sus hombros.
Pero entonces la pluma se detuvo.
Había un nombre que rondaba su mente, que parecía querer salir, y él lo mantenía a raya con toda su voluntad: Elianore.
Se quedó inmóvil, el corazón palpitándole con fuerza contenida.
“No.
Ella no.
No está lista.
No es un juego de entrenamiento ni un desfile.
Esto puede acabar en fosas comunes, en cuerpos destrozados, en voces apagadas.
No puedo llevarla allí.” La pluma quedó apoyada en el borde del tintero.
Fue entonces cuando alguien golpeó la puerta suavemente.
—¿Puedo pasar?
—la voz de Lyanna, firme, sin titubeos.
Aedan suspiró.
—Adelante.
La puerta se abrió con un crujido y Lyanna entró, aún con la armadura ligera puesta, como si acabara de salir del patio de prácticas.
Su cabello recogido dejaba algunos mechones sueltos, y el brillo del sudor hablaba de que había estado entrenando hasta tarde.
Su mirada se posó de inmediato sobre la mesa.
—Ya lo estás haciendo.
—No fue una pregunta, sino una afirmación.
Aedan asintió, ladeando apenas la cabeza.
Lyanna se acercó y, sin pedir permiso, tomó el pergamino para leer los nombres.
—Ronan, claro… Alaric, Soren, los curanderos y algunos otros más… —Su voz se fue apagando hasta que notó la ausencia—.
Falta alguien.
Aedan cerró los ojos un instante.
—No.
No falta nadie.
Lyanna lo miró con un gesto que combinaba paciencia y reproche.
—Elianore.
Él apretó los labios.
—No la pondré en la lista.
No está preparada.
—¿Y cuándo lo estará?
—replicó ella de inmediato—.
¿Acaso lo estuviste tú cuando saliste a tu primera campaña?
—Eso es distinto.
—¿Distinto?
—Lyanna arqueó una ceja, cruzándose de brazos—.
Yo estaba allí.
Te recuerdo temblando la primera vez que un enemigo cayó frente a ti.
Y nadie te dejó fuera.
El recuerdo punzó a Aedan como una espina vieja.
Apartó la vista hacia la vela, como buscando en su parpadeo una excusa para no responder.
—No es lo mismo, Lyanna.
Ella… ella es torpe.
Se tropieza en cada ejercicio.
No aguantaría el ritmo.
Lyanna dio un paso al frente, bajando la voz, casi como si confesara un secreto: —No hablo de fuerza.
Hablo de voluntad.
Elianore no falta a un solo entrenamiento.
Ha recibido más golpes que nadie, y siempre se levanta.
Nunca he visto en ella esa chispa de rendirse.
—La voluntad no la salvará de una lanza atravesándole el pecho —respondió él con dureza.
Lyanna lo sostuvo con la mirada, desafiante, y entonces suavizó el gesto.
—Por eso estaré yo.
Si ella cae, caerá conmigo.
Las palabras calaron hondo.
Aedan se quedó en silencio, escuchando el eco de su propia respiración.
Tomó la pluma otra vez, y la sostuvo sobre el pergamino.
“Si la incluyo, la pongo en peligro.
Si la dejo fuera, tal vez nunca despierte lo que lleva dentro.
¿Qué es peor?” Finalmente escribió: Elianore.
La tinta fresca brilló un instante bajo la luz de la vela.
Lyanna, que lo observaba en silencio, asintió con un leve gesto, casi imperceptible.
—Has tomado la decisión correcta.
Aedan la miró con un dejo de cansancio.
—Espero que no nos cueste demasiado.
La mañana siguiente, el cuartel estaba envuelto en un bullicio distinto, como si la ciudad entera supiera que algo importante estaba por comenzar.
En el patio, los convocados aguardaban, algunos ajustando las cinchas de los caballos, otros revisando armas con manos nerviosas.
Ronan se mantenía en pie junto a la entrada, los brazos cruzados, observando todo con esa calma que parecía inquebrantable.
Alaric hablaba en voz baja con Soren, discutiendo sobre rutas y posibles emboscadas.
Los curanderos acomodaban sus bolsas de hierbas y frascos como si fueran su único tesoro.
Y allí estaba Elianore.
La joven mantenía la espalda recta, aunque sus manos temblaban sobre el mango de la espada.
Su respiración era rápida, pero sus ojos, clavados en Aedan, brillaban con una determinación inesperada.
Aedan recorrió con la mirada a cada uno de ellos, sintiendo en el pecho la pesada certeza de que no todos volverían.
—Han sido escogidos por orden del general y del rey —dijo con voz firme, proyectando sus palabras sobre el murmullo del patio—.
Nuestra misión es acompañar a los sabios y curanderos hacia Norvald, descubrir qué ocurre allí y regresar con respuestas.
Será un viaje peligroso, y quiero que todos lo tengán claro.
Quien dude, aún puede dar media vuelta.
El silencio fue absoluto.
Nadie se movió.
Lyanna miró de reojo a Elianore, como evaluando si resistiría.
La muchacha tragó saliva, apretó los dientes y se mantuvo en su sitio.
—Bien —concluyó Aedan—.
Partiremos al amanecer.
Que cada uno se despida, se prepare y descanse lo que pueda.
Mañana no habrá tregua.
La noche se llenó de despedidas.
Algunos soldados compartieron abrazos con sus familias, otros buscaron una última jarra de vino para templar los nervios.
Elianore permaneció en silencio, practicando movimientos en un rincón, como si cada estocada la acercara un poco más a la mujer que deseaba ser.
Lyanna la observó un momento, y pensó: “Un paso más, solo un paso más.
Eso es lo que necesita.” Aedan, en su aposento, apenas probó bocado.
Sentado frente a la ventana, miraba el perfil de la ciudad bajo las estrellas.
“Mañana los conduzco.
Y de mí dependerá que regresen.” Cuando la primera campanada del alba resonó, el portón principal del cuartel se abrió.
Los caballos piafaban, los cascos golpeaban el suelo de piedra, y los primeros rayos del sol bañaron las armaduras como un presagio.
La compañía estaba lista.
Norvald los esperaba.
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