Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 10 - Sombras en el campamento
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12: 10 – Sombras en el campamento 12: 10 – Sombras en el campamento El sol se ocultaba detrás de las colinas, tiñendo el cielo de rojo y amarillo que pronto dieron paso al gris azulado de la noche.
El campamento se levantaba en medio de una pradera amplia, a la orilla de un pequeño arroyo.
Las hogueras iluminaban los rostros cansados de los hombres, mientras las bestias de carga resoplaban atadas a estacas firmes.
Kaelor había reunido a veinticinco personas en total: diecinueve soldados de élite, dos sabios, dos curanderos, él mismo, y los diez que Aedan había escogido con cuidado.
Entre ambos grupos, la compañía parecía sólida, imponente.
La guardia personal de Kaelor destacaba: hombres de mirada fría, armaduras más pulidas que el resto, y un aire de veteranía que imponía respeto sin necesidad de palabras.
Aedan observaba en silencio mientras asignaba turnos de guardia, repasando los nombres en su mente, asegurándose de que todos tuvieran claros sus horarios.
Era la primera noche, y aunque no había motivos para sospechar peligros cercanos, no quería que la confianza los hiciera bajar la guardia.
La primera guardia transcurrió sin problemas.
Los soldados designados, entre ellos algunos de Kaelor y un par de los elegidos por Aedan, mantuvieron la vigilancia con disciplina.
Lo único que interrumpía la calma eran los sonidos propios de la pradera nocturna: un par de kairons —pequeñas criaturas con cuernos curvos que saltaban entre los arbustos— y el ulular lejano de los dravens, aves nocturnas conocidas por su canto grave.
Nada que preocupara realmente.
Algunos hombres bromeaban en voz baja, otros caminaban atentos con lanza en mano, y los más jóvenes se mantenían serios, como si de ellos dependiera la seguridad de todos.
La segunda guardia comenzó cuando la luna ya estaba alta.
Entre los asignados estaba Elianore.
La muchacha, ya de dieciséis años, parecía más pequeña aún bajo el peso de la armadura ligera y la lanza que llevaba entre manos.
Caminaba despacio, con pasos nerviosos, observando cada sombra con excesiva atención.
El crujir de una rama la hacía girar de golpe; el roce del viento en las lonas de las tiendas le aceleraba el pulso.
“Contrólate, Elianore… es solo tu cabeza jugando contigo”, se repetía, aunque sus dedos apretaban con fuerza el asta de la lanza.
De repente, una voz surgió a su espalda.
—¿Ya piensas en rendirte?
Elianore dio un respingo, a punto de soltar un grito, hasta que reconoció la silueta de Lyanna.
—¡Por los dioses!
—susurró, llevándose la mano al pecho—.
Casi me mata del susto.
Lyanna sonrió apenas, cruzando los brazos.
—Eso demuestra que no estabas tan atenta como creías.
—Estaba… estaba atenta, solo… —balbuceó Elianore, buscando una excusa.
—Solo nerviosa —completó Lyanna con suavidad.
Elianore bajó la mirada, avergonzada.
—Un poco… —admitió.
Lyanna se acercó, caminando a su lado, como si realmente le correspondiera estar en esa guardia.
—No es su turno —dijo Elianore, algo apenada—.
¿No debería descansar?
—Podría.
Pero preferí acompañarte.
—Lyanna la miró de reojo, con una expresión más cálida de lo habitual—.
Te he visto callada, siempre al margen.
Me pregunté si eso era timidez o miedo.
Elianore abrió la boca, pero tardó en responder.
Finalmente, suspiró.
—Nunca había salido más allá de las murallas de la ciudad… —dijo en voz baja—.
Y ahora estoy aquí, en medio de la nada, con personas que apenas conozco.
Todo es… demasiado grande para mí.
Lyanna asintió lentamente, como si entendiera.
—La primera vez siempre lo es.
Hubo un breve silencio, roto por el canto de un draven a lo lejos.
Elianore se abrazó a sí misma, con la lanza apoyada contra el hombro.
—Mis padres me protegieron demasiado.
—Hablaba con un nudo en la garganta—.
Soy la menor de tres hermanos, y… siempre creyeron que no podía valerme por mí misma.
A veces pienso que tenían razón.
Lyanna detuvo el paso, obligando a la muchacha a mirarla.
—No lo creo.
Estás aquí, ¿no?
Pasaste las pruebas, aunque te costara.
Eso significa algo.
Elianore se mordió el labio.
—Lo pasé… porque mi padre tiene influencias en la política.
No quería que nadie se aprovechara de mí, o que me quedara atrás.
No fue por mérito, no del todo.
Lyanna la observó en silencio por unos segundos.
—Quizá te ayudaron a entrar —dijo al fin—, pero nadie puede obligarte a quedarte.
Estás aquí porque lo elegiste, aunque tengas miedo.
Los ojos grises de Elianore brillaron a la luz de la luna.
—¿De verdad cree que… que puedo cambiar?
Lyanna sonrió, por primera vez de manera sincera.
—Claro que sí.
Y estaré cerca para recordártelo.
—Le dio un leve golpe en el hombro con el puño—.
Te consideraré como una hermana menor.
Elianore parpadeó, sorprendida.
—¿Hermana… menor?
—No abuses de la confianza —bromeó Lyanna, y ambas rieron en voz baja.
La guardia transcurrió con mayor ligereza desde entonces.
Elianore todavía se sobresaltaba de vez en cuando, pero con Lyanna al lado se notaba menos tensa.
Hablaron de la familia de Lyanna, de sus hermanos, de la dureza de crecer bajo la sombra de un padre militar.
Elianore escuchaba con atención, a veces riendo tímidamente, otras guardando silencio como si cada palabra la hiciera reflexionar.
Cuando la guardia terminó, ambas regresaron a sus tiendas, situadas juntas.
Antes de meterse bajo la manta, Elianore susurró: —Gracias… de verdad.
Lyanna no respondió de inmediato, pero en la penumbra le dedicó una mirada firme.
—Descansa, pequeña.
Mañana será otro día.
El amanecer llegó frío, con un cielo cubierto de nubes blancas que parecían aplastarse sobre la pradera.
El campamento se puso en movimiento entre bostezos, órdenes y el sonido metálico de las armaduras al ajustarse.
Los caballos fueron ensillados, las tiendas desmontadas.
La compañía se preparaba para continuar el viaje hacia lo desconocido.
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