Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 11 - Voces en el camino
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13: 11 – Voces en el camino 13: 11 – Voces en el camino El tercer día de marcha amaneció con un cielo pesado y gris, cubierto de nubes bajas que parecían aplastar la llanura.
El aire era fresco, húmedo, y el rocío se pegaba a las crines de los caballos.
El sonido de los cascos contra la tierra mojada se mezclaba con el chirriar constante de las carretas que transportaban provisiones y enseres médicos.
El avance era ordenado.
A la cabeza cabalgaban Kaelor y Aedan, vigilando la disciplina.
Detrás, los soldados mantenían el paso de sus monturas; algunos hablaban en voz baja, otros se mantenían en silencio, atentos a cualquier ruido del bosque que bordeaba el camino.
Nadie bajaba la guardia, aunque la calma de esos días podía engañar fácilmente a cualquiera.
Más atrás, Elianore sujetaba con fuerza las riendas de su caballo.
La yegua, dócil y ligera, parecía sentir su nerviosismo y resoplaba con frecuencia.
Aun así, ella no se soltaba, aunque cada trote más fuerte la sacudía demasiado.
—¿Sabes qué es lo peor de salir por primera vez?
—preguntó de pronto, su voz temblorosa pero sincera—.
Que siento que todos aquí saben exactamente qué hacer… menos yo.
Lyanna, que cabalgaba a su lado, giró la cabeza hacia ella con una media sonrisa.
—¿Crees que la primera vez que salí de las murallas yo tenía idea de qué hacía?
—rió suavemente—.
Tenía tus mismos ojos, grandes y asustados.
—¿De verdad?
—Elianore parecía incrédula.
—Claro.
El miedo es lo único que siempre llevas contigo.
La diferencia es que aprendes a usarlo, no a ignorarlo.
La joven bajó la mirada al cuello de su yegua.
—Yo… ni siquiera sé si quiero usarlo.
Siento que… si me toca enfrentar algo, me quedaré paralizada.
Lyanna no la interrumpió enseguida.
Siguió cabalgando a su lado, el trote de su caballo marcando un compás constante, y finalmente habló: —Entonces recuerda esto: cuando llegue ese momento, no pienses en ganar ni en perder.
Da un solo paso.
Y luego otro.
Aunque tiemble todo tu cuerpo.
Eso fue lo que me salvó a mí.
Elianore respiró hondo, como si tratara de grabar esas palabras en su mente.
—Un paso a la vez —repitió en un murmullo.
La compañía atravesó después un pequeño valle encajonado entre pequeñas montañas.
El eco de los cascos rebotaba en las paredes rocosas, y la humedad hacía que la piedra brillara bajo la luz apagada del día.
Allí los soldados se replegaron más cerca unos de otros, conscientes de que en pasos estrechos una emboscada podía surgir en cualquier instante.
Ronan, siempre atento, cabalgaba junto a un veterano de la guardia de Kaelor.
El hombre, de barba espesa y cicatriz en la mejilla, parecía encantado de compartir viejas anécdotas.
—En Vareth casi nos volamos por los aires —rió el veterano—.
Un grupo de bandidos quiso intimidarnos con una carreta llena de pólvora.
—¿Y qué pasó?
—preguntó Ronan, curioso, ajustando el paso de su caballo.
—Que se les prendió antes de tiempo.
¡Volaron ellos, no nosotros!
—respondió con una carcajada ronca.
Otro soldado que los escuchaba se sumó: —En Brendalin fue peor.
Allí no eran bandidos, eran desertores.
Se movían como soldados, formaciones limpias, señales con humo.
Hasta parecían un destacamento completo.
Ronan frunció el ceño.
—¿Y nunca se reconoció oficialmente?
El guardia negó con la cabeza, escupiendo al suelo.
—El gobierno prefirió llamarlos “forajidos”.
Pero nosotros sabíamos qué eran.
Uno de los sabios, que viajaba en ela carrera cercana, intervino con calma: —La mentira, joven Ronan, es más ligera de cargar que la verdad.
Pero más peligrosa.
Ronan guardó silencio, procesando esas palabras mientras el valle se abría de nuevo en llanuras verdes.
El grupo detuvo su marcha al llegar a un río.
El agua corría rápida y cristalina, golpeando contra las piedras con un murmullo constante.
Kaelor ordenó una breve pausa, y los caballos bebieron con ansia mientras los hombres llenaban sus odres.
Algunos soldados aprovecharon para bromear.
—¿Se acuerdan de Larek?
—dijo uno, riendo—.
Se quedó dormido en medio de un patrullaje, encima del caballo.
—¡Y cayó de cara en el barro!
—rió otro—.
El pobre nunca se sacó el apodo de “Nariz de Lodo”.
Las carcajadas se propagaron como un respiro entre la tensión.
Incluso los más serios esbozaron una sonrisa.
Lyanna, escuchando desde su montura, se inclinó hacia Elianore.
—¿Ves?
Hasta los más duros tienen momentos ridículos.
Nadie es perfecto aquí.
Elianore sonrió tímidamente, como si aquella risa colectiva la envolviera y la hiciera sentir menos fuera de lugar.
La tarde avanzó, y el sol apenas logró romper las nubes para dejar ver un resplandor apagado en el horizonte.
El terreno se volvió más suave, ondulado, con colinas que dejaban ver a lo lejos los bosques espesos que bordeaban el camino.
Ronan se acercó al carro de los curanderos, que hablaban entre ellos mientras trituraban hierbas en pequeños morteros.
—He querido preguntarles algo —dijo, tirando de las riendas para igualar el paso—.
¿Han visto antes una enfermedad que afecte al mismo tiempo a la tierra, al ganado y a la gente?
Uno de ellos, un hombre de mediana edad con las manos verdes de savia, levantó la vista.
—He visto pestes, sí.
Pero siempre vienen de un foco claro: un agua contaminada, un animal portador, un clima inusual.
Lo que describen en Norvald… es extraño.
—Sacudió la cabeza—.
Demasiado extraño.
El sabio mayor, que iba sentado en silencio, añadió: —A veces, lo inexplicable es solo lo que aún no tiene nombre.
Ronan guardó silencio, aunque no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda.
Cuando el sol cayó y el cielo se tiñó de un gris más oscuro, la compañía levantó el campamento en un claro entre colinas.
Encendieron hogueras, distribuyeron las guardias y las conversaciones se dispersaron alrededor de los fuegos.
Aedan se alejó unos pasos de su tienda y se detuvo en lo alto de una pequeña loma.
Desde allí observó las columnas de humo elevándose hacia el cielo.
Escuchaba fragmentos de risas, confesiones y recuerdos.
Poco a poco, los soldados, curanderos y sabios dejaban de ser piezas separadas para formar una compañía más cercana, más viva.
“Es en estas noches donde se forja la lealtad” pensó.
“En la comida compartida, en la risa después del cansancio, en la historia que alguien decide confiarte.” Levantó la mirada hacia el cielo nublado.
Entre las nubes densas apenas se colaban algunas estrellas, como agujeros tímidos en un manto oscuro.
Había paz, sí, pero era una paz engañosa.
Lo sabía en lo más profundo.
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