Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 12 - Cartas bajo las sombras
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14: 12 – Cartas bajo las sombras 14: 12 – Cartas bajo las sombras Las campanas del castillo resonaban en un eco grave que recorría los pasillos de piedra.
El día había comenzado en Eryndor, pero en la sala del consejo el aire se sentía espeso, como si las noticias que aguardaban hubiesen llegado antes que los hombres que las portaban.
El emisario de Valdren entró escoltado por soldados ceremoniales.
Su jubón azul oscuro, con el emblema de su reino bordado en plata, reflejaba el respeto de una nación que hasta entonces había compartido lazos diplomáticos, comerciales y de amistad con Eryndor.
En sus manos llevaba un cofre sellado con lacre rojo.
Fue recibido en la mesa del parlamento.
El canciller rompió el sello y, en silencio solemne, desplegó la carta.
La caligrafía era firme, elegante y grave.
Su voz llenó el recinto: “A Su Majestad el Rey de Eryndor, y al digno parlamento que custodia el bien de su pueblo: El consejo de Valdren les saluda con la amistad de reinos hermanos.
Nos vemos en la necesidad de comunicarles sucesos que hieren nuestro ánimo y nuestra tierra.
En los campos de Valdren las cosechas mueren, los rebaños enferman y el pueblo vive en creciente temor.
Nuestros rastreadores e investigadores han hallado señales de este mal extendiéndose más allá de nuestras tierras, incluso en territorios colindantes con vuestro reino.
Creemos que esta desgracia no reconoce fronteras ni coronas, pues lo hemos visto avanzar hacia tierras sin dueño, lo que podría presagiar una amenaza mayor.
Solicitamos saber si en vuestro reino habéis presenciado lo mismo y si contáis con investigaciones en curso.
Ofrecemos cooperación, y esperamos vuestra respuesta con la certeza de que la alianza que une nuestras coronas guiará también este tiempo oscuro.
Por mandato del Consejo de Valdren,Lord Cedrik Tharel, Primer Consejero.” El silencio fue profundo.
Solo el crepitar de las antorchas acompañaba las respiraciones contenidas.
El canciller enrolló el pergamino y lo sostuvo en la mano.
—No somos los únicos —murmuró, mirando a los consejeros—.
Lo que ocurre en Norvald… ocurre también en Valdren.
Algunos hombres golpearon suavemente la mesa, otros intercambiaron miradas sombrías.
—Si lo que dicen es cierto, el mal ya está en nuestra frontera noreste —dijo un consejero de voz ronca—.
Y nosotros sin habernos percatado.
Otro, más joven, no pudo contener la inquietud:—¿Cómo es posible?
¿Acaso nuestros hombres en la frontera no han visto nada?
El mariscal de fronteras, presente en la sesión, se adelantó con rigidez.—Mis hombres han informado de anomalías pequeñas, nada que pareciera grave: un par de animales muertos, pastos secos en medio de praderas verdes.
Pensamos que eran casos aislados.
El canciller suspiró, mirando el mensaje todavía en su mano.—Ya no podemos ignorarlo.
Enviaremos una respuesta formal a Valdren y, de inmediato, ordenaremos a los destacamentos en aquella frontera investigar más a fondo.
Horas después, en una cámara más pequeña, los escribas del reino redactaban la contestación oficial.
Fue leída en voz clara antes de sellarse: “A los honorables representantes del Reino de Valdren: Reciban nuestra gratitud por la franqueza de su mensaje.
Reconocemos en sus palabras la amistad que une a nuestras coronas.
En nuestras tierras hemos comenzado a registrar sucesos semejantes: cosechas podridas, ganado enfermo, y un pueblo que observa con temor lo que antes parecía inconcebible.
Hemos desplegado ya una compañía de hombres hacia el noroeste, con la misión de investigar lo sucedido.
Su regreso está previsto en cuatro días, momento en el cual compartiremos nuestros hallazgos.
Entre tanto, agradecemos la disposición a cooperar y quedamos a la espera de coordinar esfuerzos, si así lo dictan las circunstancias.
Que la prudencia y la unión guíen a nuestros pueblos.
Por mandato del Parlamento de Eryndor,Lord Kaedric Rynel, Canciller del Reino.” El emisario de Valdren inclinó la cabeza con respeto, tomó el documento sellado y partió con prisa de regreso a su reino.
No había pasado una hora desde su partida cuando el canciller convocó a los capitanes de frontera.
Se redactó una orden urgente y se colocó en la pata de un ave mensajera, un halcón entrenado con plumas plateadas que parecían brillar a la luz de las antorchas.
El halcón alzó vuelo, perdiéndose entre nubes que oscurecían el cielo.
La espera fue pesada.
Pasaron dos días hasta que el mismo halcón regresó, exhausto, con la respuesta atada a sus garras.
El canciller la abrió ante los consejeros reunidos.
La letra apresurada del capitán no dejaba lugar a dudas: “A un día de distancia de nuestro puesto, rumbo a la frontera con Valdren, hallamos campos enteros marchitos.
El trigo ennegrecido, las hortalizas reducidas a lodo maloliente.
En un establo, veinte reses yacen muertas con manchas extrañas en el pelaje.
Los hombres describen un aire pesado, difícil de respirar.
Algunos dicen sentir escalofríos como si algo invisible nos observara desde el bosque.
Confirmamos lo que Valdren advirtió: este mal ha cruzado nuestra frontera.” Al leer aquellas palabras, un silencio aún más denso se apoderó de la sala.
—Entonces ya está aquí —susurró un consejero, apretando el pergamino—.
No solo al norte, también al noreste.
El canciller cerró los ojos un instante, como si cargara sobre los hombros todo el peso de esa revelación.
Luego habló con firmeza: —Señores, no hay más dudas.
Esto es mayor de lo que imaginamos.
Preparen las disposiciones.
Enviaremos una delegación para reunirnos con los funcionarios de Valdren.
A partir de hoy, esta investigación será conjunta.
Los hombres del consejo asintieron, algunos con resignación, otros con el rostro endurecido.
Afuera, el viento golpeaba las ventanas del castillo, trayendo consigo un presagio oscuro.
La noche caía, y con ella, la certeza de que lo que se extendía no se detendría en fronteras ni acuerdos.
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