Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 13 - En los limites de la diplomacia
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15: 13 – En los limites de la diplomacia 15: 13 – En los limites de la diplomacia La mañana apenas había aclarado cuando los pasillos del parlamento de Eryndor se llenaron de actividad inusual.
Heraldos corriendo de salón en salón, escribanos revisando pergaminos con sellos oficiales, consejeros ajustándose túnicas solemnes.
El ambiente no era festivo ni ceremonial, sino grave: esa jornada habían de marchar a la frontera noreste, a reunirse con sus contrapartes de Valdren.
En los patios, cerca de trescientos soldados se habían formado en impecables filas, estandartes alzados, lanzas reluciendo al sol.
La gente miraba desde balcones y esquinas; no era común que tantos funcionarios y militares partieran juntos.
Entre ellos, una joven se detuvo, interrumpida en medio de sus mandados: Znadinka.
Llevaba una cesta de telas y herramientas, pero olvidó su trayecto al ver aquella columna solemne.
Los ministros, con rostros tensos, caminaban entre los guardias como si cargaran con un peso invisible.
—¿A dónde van todos?
—susurró para sí, mirando cómo el polvo de los cascos y cascos de caballo se levantaba en la calle—.
Algo grande está ocurriendo… demasiado grande como para que nadie diga nada.
Su voz se perdió en el bullicio, pero reflejaba la inquietud de muchos.
El viaje a la frontera tomó horas, con carruajes, caballos y escoltas avanzando como dos ríos que iban a encontrarse.
En el valle acordado, entre puestos fronterizos, levantaron un campamento que parecía un ejército en movimiento: grandes pabellones, estandartes ondeando, mesas largas y hogueras rodeadas de guardias.
El pabellón central, una tienda amplia cubierta con telas gruesas y alfombras, fue dispuesto como sala de consejo.
Mapas extendidos, sillas de respaldo alto, escribanos con tinteros listos.
Los valdrenianos llegaron primero, vestidos con túnicas azules bordadas en plata, saludando con inclinaciones medidas.
Los de Eryndor respondieron del mismo modo, sin exceso de cordialidad, pero con la gravedad que exigía el momento.
—En nombre del Reino de Valdren, agradecemos su disposición a este encuentro —abrió el portavoz valdreniano.
—Y en nombre de Eryndor, devolvemos ese agradecimiento —respondió el portavoz eryndoriano.
Las formalidades quedaron atrás.
Los valdrenianos desplegaron sus informes: dibujos, notas, descripciones de lo visto en sus aldeas y campos.
Hablaron de tierras ennegrecidas, cosechas que se pudrían en cuestión de días, arroyos que se volvían espesos y sin vida, y árboles que parecían enfermar sin causa aparente.
—Nuestros rastreadores y sabios —dijo un consejero valdreniano, señalando el pergamino—, no han encontrado huellas de hombres ni señales de fuego.
Nada que indique actividad humana.
Solo tierra muerta, silencio, y una extraña sensación de vacío.
Un murmullo recorrió el consejo de Eryndor.
Los escribanos tomaban nota con rapidez, los generales intercambiaban miradas.
El portavoz eryndoriano habló con voz grave: —Entonces no hay rastros… ni huellas, ni campamentos, ni presencia alguna.
—Ninguna —afirmó el valdreniano.
Fue entonces cuando uno de los ministros de comercio de Eryndor se inclinó hacia adelante: —Si no hay rastros, ¿no podría ser precisamente porque alguien los borra?
¿Un reino vecino, quizá, buscando debilitar nuestras tierras antes de un movimiento mayor?
Otro consejero valdreniano replicó enseguida: —¿Un acto deliberado?
¿Una estrategia para desgastar nuestras fronteras?
Puede ser.
No tenemos pruebas… pero tampoco podemos descartarlo.
El ambiente se tensó.
Las sospechas políticas flotaban en el aire.
Nadie podía señalar a un culpable, pero todos sabían que la desconfianza era la primera arma en diplomacia.
Un consejero de barba gris en Eryndor golpeó suavemente la mesa: —Si este mal no se contiene, no solo perderemos tierras.
Podría abrir grietas entre nosotros y llevarnos a la guerra por un enemigo que quizá ni existe.
Un silencio pesado cayó sobre la tienda.
Finalmente, el representante mayor de Valdren habló: —No podemos esperar.
Debemos actuar.
Si el fenómeno se extiende más allá de nuestras tierras, incluso en territorios sin dueño, entonces lo que enfrentamos es mayor que cualquiera de nuestros reinos.
El portavoz eryndoriano asintió lentamente.
—Entonces lo haremos juntos.
Las discusiones se prolongaron durante horas.
Se habló de posibles causas naturales, de pestes antiguas registradas en crónicas olvidadas, de fuerzas que no podían comprenderse.
Pero el consenso fue claro: había que investigar más allá de sus fronteras.
El acuerdo firmado quedó asentado con sellos de cera: Ambos reinos formarían una operación conjunta de investigación.
Cada reino enviaría entre quince y veinticinco hombres, entre sabios, curanderos y soldados.
La expedición partiría después del regreso de la compañía de Kaelor, para aprovechar su informe previo.
El objetivo sería localizar el punto cero, el origen de la corrupción.
Cuando los pergaminos fueron sellados, la tensión no se disipó.
Afuera, las tropas aguardaban, estandartes firmes, lanzas brillando bajo la luz.
La reunión había terminado, pero todos sabían que aquello era solo el comienzo.
No una negociación comercial, no un pacto político: era un pacto de supervivencia.
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