Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 16

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Ecos del reino - El inicio al descenso
  4. Capítulo 16 - 16 14 - La ciudad enferma
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

16: 14 – La ciudad enferma 16: 14 – La ciudad enferma El sol del mediodía golpeaba con fuerza cuando la compañía divisó Norvald a lo lejos.

Desde las colinas que se alzaban en las últimas leguas del camino, la ciudad parecía respirar con un pulso extraño: no había murallas ni portones, como en las fortalezas del centro del reino, pero sí se apreciaba claramente un perímetro armado.

Estacas de madera, empalizadas improvisadas y una línea de vigilancia constante rodeaban la urbe, como un anillo de hierro dispuesto a contener lo que fuera que la amenazaba.

A medida que los jinetes descendían hacia el llano, comenzaron a distinguir las filas de soldados desplegados en torno a la ciudad.

Eran centenares, con armaduras y lanzas clavadas en la tierra, formando un muro vivo.

Algunos vigilaban el horizonte, otros revisaban las caravanas de comerciantes que pedían entrada, y unos más se mantenían en pequeños grupos de patrulla, siempre en movimiento.

—Esto parece más una zona sitiada que una ciudad bajo protección —murmuró Ronan, ajustando la rienda de su caballo.

Aedan observó en silencio.

En efecto, la atmósfera no era la de un pueblo agrícola común, ni la de una plaza de intercambio comercial.

Había tensión en el aire, una sensación de que todo podía desmoronarse en cualquier instante.

Kaelor, al frente de la compañía, levantó la mano para indicar alto.

Un grupo de seis soldados armados con picas avanzó hacia ellos.

—Identifíquense —ordenó el que iba al frente, un hombre con insignias que lo marcaban como oficial subalterno.

—General Kaelor, al servicio de la corona de Eryndor —contestó el comandante, sacando de su alforja un pergamino sellado con la marca real—.

Traemos órdenes directas del rey.

El oficial revisó el documento con suma atención, sus ojos escudriñando cada letra como si buscara un error.

Finalmente asintió y levantó la mano.

Desde los flancos, los demás soldados retrocedieron, abriendo un corredor para dejarlos pasar.

—Bienvenidos a Norvald, general.

El gobernador y el alto mando los esperan.

Atravesaron el perímetro y, poco a poco, se adentraron en la ciudad.

Lo primero que notaron fue el silencio extraño que impregnaba las calles.

Había gente, sí, pero sus pasos eran rápidos, sus miradas esquivas.

Comerciantes apresuraban las ventas, cerrando puestos antes del ocaso; niños corrían bajo la vigilancia nerviosa de sus padres; y en cada esquina, grupos de soldados patrullaban con una disciplina casi marcial.

—¿Notas eso?

—dijo Lyanna en voz baja, acercándose a Aedan—.

Nadie sonríe.

Ni siquiera los niños.

Él asintió.

Su instinto le decía que el miedo se había arraigado tan profundo que ya formaba parte de la vida cotidiana.

Un destacamento de caballería local los condujo hasta el edificio del gobernador, una construcción amplia con un tejado alto y ventanales cubiertos con cortinas pesadas.

Afuera, un par de estandartes ondeaban lentamente al viento.

Allí, dos hombres aguardaban en el salón principal.

El primero, vestido con túnica oscura y rostro marcado por la fatiga, era el gobernador de Norvald.

Sus manos temblaban ligeramente al recibirlos.

A su lado estaba el general Dareth, comandante de las fuerzas en la ciudad: un veterano de aspecto adusto, con la frente atravesada por cicatrices y una mirada que parecía medir cada palabra que escuchaba.

Kaelor fue el primero en hablar.

—Hemos llegado según lo ordenado.

Cuéntenos con exactitud lo que ocurre aquí.

El gobernador suspiró, como si soltar esas palabras fuera un peso insoportable.

—Al inicio… pensé que eran rumores.

Un par de campesinos quejándose de que sus cosechas no crecían, de que el trigo se secaba antes de madurar.

Luego, otros hablaron de animales enfermos.

Pero en cuestión de semanas… se convirtió en esto.

Dareth intervino, golpeando suavemente la mesa con el puño cerrado.

—No son exageraciones.

Los graneros enteros se han echado a perder, como si algo pudriera el grano desde dentro.

Varios establos tuvieron que ser quemados porque las reses morían a montones, apestando hasta el aire.

Y en los últimos días, hasta la gente ha comenzado a enfermar: fiebres repentinas, vómitos, debilidad.

Algunos mueren en menos de una semana.

Un silencio recorrió la sala.

Ronan fue el primero en romperlo.

—¿Han detectado rastros de veneno?

¿Alguna sustancia envenenando los campos o los pozos?

El general negó con la cabeza.

—Nuestros sabios han revisado todo lo que han podido.

El agua, la tierra, los alimentos.

Nada fuera de lo normal.

Es como si la podredumbre no tuviera origen físico.

Lyanna entrecerró los ojos.

—¿Y en la gente?

¿Algún patrón en los enfermos?

El gobernador bajó la voz, casi avergonzado.

—Cualquiera puede caer.

Ricos, pobres, soldados, campesinos.

No distingue a nadie.

Kaelor se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre la mesa.

—Necesitamos acceso a todos sus registros.

Censos de enfermos, informes de los sabios, cualquier detalle.

Si vamos a encontrar la causa, será a partir de eso.

El gobernador asintió débilmente.

Dareth, en cambio, lo hizo con firmeza.

—Ya hemos preparado copias de todo.

Se los entregaremos de inmediato.

Tras la reunión, Kaelor reunió a la compañía en el patio del edificio.

Su voz, firme y grave, resonó entre los hombres.

—Escucharon lo que ocurre.

Esto no es un simple brote, ni una casualidad.

Quiero que trabajemos con disciplina.

Los curanderos y sabios empezarán mañana mismo: cada grupo será escoltado por soldados.

Revisarán campos, establos y almacenes.

Ningún detalle es pequeño.

Se volvió hacia Aedan y Ronan.

—Ustedes dos tendrán otra tarea.

Hablen con la gente en las calles.

Escuchen rumores, indaguen con discreción.

Si alguien está detrás de esto, si hay manos humanas empeorando la situación, debemos saberlo.

Pero que no se note que investigan.

Si hay gente infiltrada no quiero que se den cuenta .

—Entendido —dijo Aedan con un gesto de respeto, golpeándose el pecho.

Ronan asintió también, aunque en su interior una voz le susurraba que aquella ciudad ya vivía sumida en un miedo que no se apagaría con simples palabras.

Esa tarde, mientras los soldados de la compañía se instalaban en un campamento improvisado en las afueras de la plaza central, Aedan observaba a los habitantes de Norvald.

Se fijaba en sus gestos, en cómo evitaban cruzar miradas con los soldados, en la forma en que cerraban las puertas con demasiada prisa.

“No es solo enfermedad,” pensó.

“La gente cree que hay algo más.

Algo que los acecha en la sombra.” Lyanna se sentó a su lado, afilando con calma su espada.

—¿Qué piensas?

—preguntó sin levantar la vista.

—Que el miedo aquí se respira como humo —respondió él—.

Y lo peor del miedo es que no siempre nace de lo que se ve, sino de lo que no se entiende.

Ella asintió, y por un momento ninguno de los dos habló más.

El fuego crepitaba frente a ellos, y las nubes comenzaban a cubrir el cielo, ocultando la claridad del día que ya declinaba.

El gobernador, mientras tanto, observaba desde su ventana el campamento de los recién llegados.

Su hijo menor entró en la sala, con gesto preocupado.

—¿De verdad cree que ellos podrán detenerlo, padre?

El hombre cerró los ojos, cansado.

—No lo sé.

Pero si no lo intentan ellos, nadie más podrá hacerlo.

El silencio llenó la estancia, y la sombra de la noche se fue apoderando lentamente de Norvald.

La primera jornada de la compañía en la ciudad había terminado.

Pero en el aire quedaba la duda, suspendida como un presagio oscuro: ¿era aquello una enfermedad de la naturaleza, o el inicio de algo mucho más profundo?

Y Aedan, mientras se acomodaba para descansar, no podía dejar de pensar en una sola frase que le golpeaba la mente una y otra vez: “Si la tierra está muriendo… ¿qué vendrá después?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo