Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 15 - Las calles de Norvald
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17: 15 – Las calles de Norvald 17: 15 – Las calles de Norvald El sol se encontraba en lo más alto cuando la compañía de Kaelor salió del edificio del gobernador.
El aire estaba cargado de un murmullo inquietante: soldados marchando en formación, campesinos que se apartaban al ver pasar a los hombres de la capital, y comerciantes que, aun entre pregones, no podían ocultar la sombra de la incertidumbre en sus ojos.
El reloj del día marcaba su cenit, pero la ciudad no se sentía viva, sino tensa, como si el tiempo se hubiese ralentizado bajo una expectativa oscura.
Kaelor dio las órdenes precisas: los sabios y curanderos, escoltados por una docena de soldados, investigarían desde el sur de la ciudad hacia el norte; Aedan y Ronan, disfrazados de civiles, recorrerían las calles y tabernas en busca de rumores o señales de sabotaje.
El resto de la compañía permanecería alerta, integrándose a los patrullajes ya organizados por el gobernador y el general local.
La ruta de los sabios y curanderos La comitiva comenzó en las zonas del sur, donde las casas de campesinos se mezclaban con pequeños establos y huertos familiares.
El olor a tierra húmeda y a paja recién cortada se mezclaba con otro menos natural: el hedor penetrante de animales enfermos.
Un anciano granjero, con la piel curtida por el sol, recibió al grupo junto a un corral donde dos vacas rumiaban débilmente.
—No es normal —dijo el hombre, golpeando la cerca con resignación—.
Comían bien, bebían del mismo arroyo de siempre… pero hace días que se niegan a levantarse.
Un curandero se acercó, revisando con manos firmes aunque cautelosas.
Abrió la boca del animal, observó la lengua amoratada, palpó su vientre hinchado.
Finalmente, negó con la cabeza.
—No es una enfermedad común.
No hay fiebre, ni pus, ni heridas visibles.
Pero la debilidad es alarmante… algo está afectando su interior.
El sabio que lo acompañaba, un hombre de barba entrecana y ojos penetrantes, sacó un pequeño cuaderno y anotó con rapidez.
—¿Desde cuándo comenzó esto?
—preguntó.
—Tres días, señor.
Y las cabras igual.
El pasto parece sano, pero algo tiene… algo que no vemos.
El grupo siguió avanzando, encontrando en más de un huerto el mismo patrón: hortalizas podridas en la raíz, hojas ennegrecidas, granos llenos de hongos.
Los campesinos, temerosos, hablaban de un aire maldito, de noches demasiado frías, de sombras que parecían moverse en los límites del bosque.
Uno de los soldados escoltas murmuró en voz baja: —Esto parece cosa de brujería… El sabio lo escuchó y respondió con firmeza: —No hay huellas de manos humanas.
Si fuese veneno o fuego, lo sabríamos.
Aquí hay un patrón que avanza como una ola… y me temo que viene de más allá de estas tierras.
Aedan y Ronan entre la multitud Mientras tanto, Aedan y Ronan habían dejado sus armaduras en un cuartel improvisado.
Vestidos con ropas sencillas, parecían mercaderes o jornaleros.
Aedan no podía evitar sentirse extraño sin el peso de su armadura; se sentía desnudo, vulnerable, pero sabía que era necesario para pasar inadvertido.
—Nunca pensé que volvería a andar así —murmuró, ajustándose el cinturón donde ocultaba una daga—.
Me siento como en mis primeros años de recluta, espiando a contrabandistas en las afueras de la capital.
Ronan sonrió con ironía.
—La diferencia es que ahora sí sabemos lo que hacemos.
El mercado hervía con voces y colores, aunque detrás de cada regateo se escondía un miedo latente.
Aedan y Ronan caminaron despacio, escuchando sin llamar la atención.
—Dicen que los dioses están castigando a Norvald… —susurraba una mujer mientras escogía verduras.
—¡Tonterías!
—replicó otro—.
Esto es cosa de forasteros.
Vi a un grupo de comerciantes extraños hace días, y desde entonces todo va mal.
—Yo escuché que hasta el agua se ennegrece sola, sin razón… —aportó un tercero, con tono tembloroso.
Aedan intercambió una mirada con Ronan.
—Rumores, nada sólido.
Pero… —se quedó pensativo— todos coinciden en algo: creen que esto no es natural.
Investigaciones en el centro Mientras tanto, los sabios y curanderos avanzaban hacia la zona céntrica.
Allí se encontraban los almacenes de grano y los pozos de agua que abastecían a buena parte de la población.
Un curandero extrajo un puñado de trigo de un saco y lo observó bajo la luz.
Los granos parecían sanos, pero al abrirlos, un moho negro se desparramó.
—Miren esto —dijo, mostrándolo a los demás—.
Es un hongo que no reconozco.
No crece así por humedad común.
El sabio de barba entrecana frunció el ceño.
—Y sin embargo, no huele a veneno preparado.
Es… como si la tierra misma hubiese cambiado.
Revisaron pozos.
En algunos, el agua estaba turbia; en otros, parecía normal, aunque un sabor amargo persistía en la boca tras probarla.
Los aldeanos aseguraban que incluso hervida seguía dejando un regusto extraño.
—No es obra de un enemigo tangible —concluyó finalmente el sabio—.
Pero no descartemos aún nada.
La naturaleza misma puede ser tan cruel como cualquier guerra.
Aedan y Ronan en la taberna Las sombras comenzaban a alargarse cuando Aedan y Ronan decidieron entrar en una taberna.
El ambiente era denso: olor a cerveza, humo de leña y conversaciones entrecortadas.
Se sentaron en un rincón, fingiendo ser viajeros cansados.
El bullicio revelaba miedos ocultos.
—Mi primo dice que vio luces en el bosque… —decía un hombre borracho.
—¡Bah!
Tu primo ve luces hasta en su sopa —se rió otro.
—Pues yo escuché que en la capital no les importa lo que nos pase —intervino un tercero—.
Que los nobles solo beben vino mientras aquí enterramos a nuestros animales.
Aedan bebió un sorbo y mantuvo la vista baja, escuchando todo.
Ronan, más inquieto, observaba a un grupo en la esquina: hombres de mirada dura, cuchillos a la cintura, hablando en susurros.
—Podrían ser contrabandistas —dijo en voz baja.
—Sí, pero no parecen tener relación con esto —respondió Aedan—.
Igual los seguiremos un rato.
Al salir, caminaron tras ellos por varias calles.
Los hombres solo se dirigieron a otro local, donde discutieron sobre rutas de comercio y mercancías escondidas.
Nada que vincular con la podredumbre que asolaba la ciudad.
—Son ratas comunes —concluyó Ronan con fastidio—.
No lo que buscamos.
Al norte de la ciudad Los sabios y curanderos, después de horas de recorrido, alcanzaron la parte norte de Norvald.
Allí el panorama era peor: campos arrasados, ganado muerto en las cunetas, agua ennegrecida en canales que antes eran cristalinos.
Uno de los curanderos, joven pero perspicaz, habló con voz grave: —Esto no empezó aquí.
No puede ser.
El sabio mayor asintió lentamente.
—Exacto.
La línea de deterioro sigue un patrón.
Es como si algo hubiera descendido del norte, avanzando día tras día.
El grupo permaneció en silencio un instante, escuchando únicamente el graznido lejano de cuervos y el crujido de ramas en el viento.
No había rastro de manos humanas, ni de veneno preparado.
Solo la naturaleza, torcida de una manera que ninguno podía explicar.
—Debemos regresar —decidió el sabio—.
El sol está cayendo y no conseguiremos más hoy.
Mañana volveremos a seguir este rastro hacia afuera.
Conclusiones del día Aedan y Ronan regresaron al cuartel improvisado sin hallazgos de sabotaje.
Caminaban cansados, pero su conversación era lúgubre.
—Si esto no es obra de un enemigo… ¿qué demonios es?
—preguntó Ronan, con el ceño fruncido.
—Eso es lo que me asusta —respondió Aedan, serio—.
Porque cuando no sabes quién es tu enemigo, no tienes dónde clavar tu espada.
Los sabios y curanderos llegaron poco después.
Expusieron sus notas: patrones de hongo, aguas amargas, animales enfermos.
Y sobre todo, la evidencia de que todo provenía del norte.
La noche cayó sobre Norvald.
Los soldados reforzaban las patrullas, los aldeanos se encerraban en sus casas, y la compañía de Kaelor se preparaba para otro día de incertidumbre.
El misterio no había hecho más que crecer.
Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo pensaban: lo que sea que estuviera corrompiendo la tierra, no había nacido en Norvald… y se acercaba más rápido de lo que cualquiera podía admitir.
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