Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 16 - Rastros hacia el norte
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18: 16 – Rastros hacia el norte 18: 16 – Rastros hacia el norte La investigación en Norvald no había terminado.
Los sabios y curanderos retomaron sus labores a primera hora, exactamente donde se habían quedado el día anterior: en la franja norte de la ciudad, donde las huellas del deterioro parecían concentrarse con mayor claridad.
El aire, más frío que en el sur, traía consigo un olor penetrante a tierra húmeda mezclada con podredumbre.
Aquellos hombres de conocimiento avanzaban acompañados de sus escoltas, atentos a cada gesto de la población, a cada terreno marchito, a cada animal enfermo que encontraban.
Caminaron entre huertos desolados y corrales vacíos, hasta notar que cuanto más se acercaban a la frontera, mayor era la sensación de que la ciudad se hallaba cercada por un mal silencioso.
Desde el sur hasta el oeste, la podredumbre se extendía como si fuese un círculo que iba cerrándose.
Uno de los sabios más experimentados, un hombre de barba blanca y ceño adusto, murmuró casi para sí mismo: —Esto no es azar… la forma en que se esparce parece obedecer a un patrón.
Como si alguien hubiera trazado un mapa invisible bajo nuestros pies.
Los demás no respondieron, pero en sus rostros se reflejaba la misma sospecha.
Cuando alcanzaron el límite fronterizo, se toparon con algo que los inquietó aún más: más allá de la línea que separaba las tierras de Eryndor con las tierras internacionales, el mismo fenómeno se extendía.
Los campos del otro lado mostraban la misma decadencia, la misma hierba ennegrecida y los mismos animales consumidos por enfermedades extrañas.
Fue entonces que el más joven de los curanderos, acompañado por dos soldados de la escolta, pidió permiso para avanzar más allá de la frontera y observar de cerca.
Los demás aceptaron, con la condición de que no se alejara demasiado.
Avanzaron durante más de una hora a caballo, siguiendo el rastro de los campos enfermos, hasta que de pronto se toparon con un bosque.
A simple vista, los árboles estaban verdes, sanos, llenos de vida.
El contraste resultaba inquietante: era como si aquel lugar fuese un refugio en medio de la desolación.
El joven detuvo su caballo en seco.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No había cantos de aves, ni crujidos de ramas, ni siquiera el zumbido de insectos.
Todo estaba demasiado quieto.
El silencio no era natural.
—Algo no está bien aquí —dijo en voz baja, mirando la espesura.
Los soldados intercambiaron miradas.
Ninguno quiso avanzar.
Después de unos instantes que parecieron eternos, el curandero tomó la decisión de regresar.
Sabía que no podía internarse más sin poner en riesgo a todos.
Cuando volvió con los otros sabios y explicó lo sucedido, el desconcierto fue total.
¿Por qué aquel bosque parecía intacto, ajeno a la corrupción que devoraba los campos?
¿Qué ocultaba en su interior?
Nadie tenía respuestas.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Aedan y Ronan llevaban a cabo su investigación de forma distinta.
Ambos habían dejado sus armaduras en el cuartel improvisado y vestían como simples civiles.
Aedan llevaba un jubón oscuro y un manto ligero; Ronan, una capa marrón que lo hacía pasar por un viajero común.
Sabían que para moverse por los mercados, plazas y tabernas necesitaban parecer parte de la multitud.
Avanzaron por las calles empedradas, atestadas de comerciantes, campesinos y familias que cargaban con canastas de alimento en mal estado.
La tensión era palpable: se notaba en los rostros cansados, en las conversaciones murmuradas, en la mirada de los soldados que patrullaban constantemente.
—Mira sus ojos —susurró Ronan mientras observaban a un grupo de mujeres en la plaza—.
No hablan, apenas intercambian palabras.
El miedo los consume.
Aedan asintió, con gesto severo.
Caminaban despacio, fingiendo interés por los puestos del mercado.
Escuchaban conversaciones, cazaban rumores, intentaban descifrar la verdad entre las voces quebradas de la gente.
Algunos decían que se trataba de una plaga enviada por los dioses; otros aseguraban que era castigo por el exceso de la ciudad.
Unos pocos, más atrevidos, murmuraban que tal vez otro reino había lanzado un hechizo o veneno contra ellos.
Sin embargo, nada sonaba convincente.
Todo eran especulaciones, miedo disfrazado de certezas.
Al caer la tarde, Aedan y Ronan entraron a una taberna en la parte central de la ciudad.
El ambiente estaba cargado de humo y olor a cerveza rancia.
La multitud hablaba en voz alta, pero bastaba afinar el oído para notar las conversaciones más bajas, aquellas que buscaban pasar desapercibidas.
Los dos capitanes se sentaron en una mesa apartada, pidiendo solo una jarra para no levantar sospechas.
Fingían beber mientras escuchaban.
En un rincón, un grupo de hombres discutía sobre ganado muerto.
En otro, comerciantes hablaban de pérdidas en sus huertos.
Más allá, un anciano aseguraba que en la noche había visto sombras recorrer los campos.
—Podrían ser simples supersticiones —murmuró Ronan, apoyando un codo en la mesa.
—O podrían ser pistas —respondió Aedan, sin apartar la mirada del grupo que discutía en voz baja.
Los observaron durante un buen rato.
Los hombres parecían nerviosos, intercambiando palabras rápidas.
Sin embargo, cuando salieron de la taberna y los siguieron con discreción, se dieron cuenta de que no había nada extraño: eran simples campesinos intentando encontrar consuelo entre sí.
Ambos descartaron la sospecha, pero la duda permaneció.
Fue entonces cuando, en medio de una plaza, sucedió algo inesperado.
Una anciana, con un pañuelo cubriéndole el cabello y un andar lento pero firme, se les acercó.
—Ustedes… —dijo, con voz ronca—.
No son de aquí.
Aedan y Ronan intercambiaron una mirada.
—¿Quién lo pregunta?
—respondió Aedan, intentando sonar neutral.
—Yo soy quien debe preguntar —contestó la mujer, con una sonrisa cansada—.
Sé que vienen de la capital.
Sus pasos, su forma de hablar… hasta cómo miran las calles los delata.
Ronan frunció el ceño.
—¿Y qué quiere de nosotros?
La anciana bajó la voz.
—Quiero advertirles.
Esto que ven aquí no es lo peor.
Lo que está por venir será mucho más grave.
Los dos hombres permanecieron en silencio.
Ella los miró con intensidad, como si buscara convencerlos a través de los ojos.
—Tengo un libro —continuó—, un libro que ha estado en mi familia por generaciones.
No es un libro común, ni de cuentos ni de historias.
Habla de lo que ha de ocurrir, de lo que se avecina.
Y créanme… lo que está sucediendo en Norvald es apenas el comienzo.
El corazón de Aedan dio un vuelco.
Ronan respiró hondo, incrédulo.
—¿Está diciendo que todo esto ya estaba escrito?
—preguntó con tono escéptico.
—Sí —respondió ella con firmeza—.
Y ese libro dice que esta ciudad debería ser evacuada cuanto antes.
Si no lo hacen, pronto no quedará nada ni nadie.
El silencio que siguió fue denso, casi insoportable.
Aedan bajó la mirada, pensativo.
No podía llevar algo así a los informes oficiales; no podía basar una decisión en supersticiones.
Pero había algo en la mirada de aquella anciana que lo inquietaba profundamente.
—Lo hablarán conmigo mañana —dijo la mujer al fin—.
Les mostraré el libro, palabra por palabra.
Los dos capitanes asintieron, sin prometer nada.
La vieron alejarse entre la multitud y, aunque intentaron convencerse de que solo eran palabras de una anciana supersticiosa, en el fondo no podían ignorar el peso de su advertencia.
Esa misma noche, los sabios y curanderos se reunieron con Keylor, el gobernador de Norvald y el general encargado de las tropas en la ciudad.
Les contaron sobre el hallazgo en la frontera y el inquietante bosque más allá.
—¿Un bosque intacto?
—repitió el gobernador, incrédulo.
—Sí —confirmó el sabio mayor—.
Intacto… demasiado intacto.
Ningún árbol muerto, ningún animal enfermo, nada.
Pero el silencio era absoluto, y eso no es natural.
El general golpeó la mesa con el puño cerrado.
—Sea lo que sea, no me gusta.
Si el problema se extiende más allá de nuestras fronteras, esto podría arrastrarnos a una catástrofe mayor.
Keylor permaneció pensativo.
Había escuchado todas las teorías, había visto los campos podridos con sus propios ojos.
Pero lo del bosque era nuevo, y lo convertía todo en un rompecabezas aún más difícil de descifrar.
—Debemos informar a la capital de inmediato —declaró al fin—.
Pasado mañana partiremos.
Pero antes… —miró a los sabios— necesito que sus informes sean claros.
Debemos decirles que la situación podría agravarse hasta un punto insostenible.
Uno de los curanderos más jóvenes se atrevió a dar un paso al frente.
—Mi señor… creemos que la ciudad debería ser evacuada.
No ahora, quizás, pero pronto.
Lo que hemos visto no tiene freno.
Si esperamos demasiado, será demasiado tarde.
El silencio llenó la sala.
El gobernador desvió la mirada hacia la ventana, contemplando las calles oscuras, llenas de patrullas.
El general frunció el ceño.
Keylor respiró hondo y cerró los ojos por un instante.
—Lo consideraremos seriamente —dijo, con voz grave—.
Pero no aún.
No hasta tener pruebas irrefutables.
Nadie respondió, pero todos entendieron que la decisión pesaba más de lo que parecía.
La reunión terminó en un ambiente cargado, con la sensación de que cada paso que daban los acercaba más a una verdad que ninguno quería enfrentar.
Y, mientras la noche cubría Norvald, Aedan y Ronan recordaban las palabras de la anciana.
“Esto es solo el comienzo”.
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