Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 17 - Versículos del porvenir
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19: 17 – Versículos del porvenir 19: 17 – Versículos del porvenir La mañana en Norvald amaneció envuelta en un cielo de tonos apagados, con nubes grises que parecían presagiar lluvia aunque el aire permanecía seco y pesado.
El bullicio de la ciudad se desarrollaba con normalidad aparente: comerciantes en las plazas, artesanos abriendo sus talleres, campesinos entrando y saliendo por los caminos del sur.
Sin embargo, bajo esa fachada de rutina, todos los rincones de la ciudad respiraban un nerviosismo latente, como si la población supiera en silencio que algo se acercaba y que los días por venir no traerían calma.
Ronan y Aedan caminaron sin prisa hacia la parte occidental de la ciudad, donde se encontraba la humilde vivienda de la anciana que los había buscado la jornada anterior.
Habían acordado encontrarse allí temprano, y aunque ambos mantenían un gesto sereno, dentro de sí se debatían entre la curiosidad y la desconfianza.
Aedan, con la mirada fija en el empedrado, pensaba en lo que Keylor les había encargado: ser discretos, no levantar sospechas.
Y sin embargo, estaban a punto de entrar a la casa de una mujer que afirmaba tener en sus manos un libro capaz de anticipar los destinos de reinos y razas enteras.
La puerta de madera, vieja y astillada, se abrió antes de que tocaran.
La anciana, envuelta en un chal raído pero limpio, los recibió con una sonrisa cansada, como si hubiese estado esperando desde mucho antes.
Sus ojos, de un gris claro, tenían esa viveza extraña de quienes parecen ver más allá de lo evidente.
—Pasen, muchachos —dijo con voz firme, aunque sus años se reflejaban en el temblor leve de sus manos—.
Tengo preparado té de hierbas, no es mucho, pero servirá para la mañana.
Dentro de la casa el ambiente era cálido.
Había un aroma tenue a hojas secas y madera quemada.
La estancia principal estaba ordenada, con una mesa baja y varias estanterías repletas de objetos antiguos, frascos, y libros cubiertos por telas para protegerlos del polvo.
Tras una breve plática sobre los asuntos cotidianos —el clima, la tensión en las calles, los precios en el mercado—, Ronan se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.
—Ayer nos habló de un libro… —dijo en tono bajo, casi susurrando—.
Queremos escuchar lo que tenga que decirnos.
La anciana asintió, se levantó con calma y fue hacia una de las estanterías.
Retiró una tela de lino y sacó un volumen pesado, encuadernado en cuero y marcado con símbolos extraños que parecían grabados con fuego.
Lo sostuvo con reverencia, como si aquel objeto no fuera un simple libro, sino algo que pesaba más que el plomo.
—Este libro —empezó, mientras lo depositaba sobre la mesa— ha estado en mi familia por generaciones.
No es un texto común… algunos lo llaman crónica, otros lo llaman escritura sagrada.
Yo lo he leído durante décadas, y aunque no comprendo todo, sus palabras se cumplen de manera inquietante.
Aedan observó el tomo con ceño fruncido.
Parte de él quería creer, otra parte lo rechazaba de plano.
Había visto demasiados embusteros en los caminos, pero había algo en el tono de aquella anciana que le dificultaba descartarla como charlatana.
Ella abrió el libro por una sección marcada con una cinta roja.
Las páginas estaban cubiertas de letras estilizadas, versos que se entrelazaban con símbolos semejantes a runas.
Señaló un párrafo con sus dedos arrugados.
—Aquí fue donde leí lo que les conté ayer… —explicó—.
Habla del surgimiento de imperios en armas, de la manera en que las naciones se alzarán.
Y más adelante, describe que la raza más joven… los humanos… sufrirán como ninguna otra.
Leyó en voz alta, y su tono tenía cadencia solemne, como si recitara un salmo: “Y en los días venideros, cuando los cielos se oscurezcan con humo y las tierras tiemblen bajo acero y fuego, los hijos más jóvenes caerán en multitud.
Sus ciudades serán devoradas, sus voces apagadas.” Aedan tragó saliva, incapaz de ocultar la incomodidad que esas palabras le producían.
Ronan, en cambio, frunció el ceño y preguntó: —¿Y usted cree que esto… se refiere a lo que está ocurriendo en Norvald?
La anciana asintió lentamente.
—No lo sé con certeza, pero siento que las piezas empiezan a encajar.
He vivido lo suficiente para saber que la casualidad rara vez es tan precisa.
El mal que se extiende aquí es solo el comienzo… las señales apuntan a que vendrán guerras, guerras que los humanos no podrán ganar fácilmente.
Pasó varias páginas más adelante y señaló otro fragmento.
Esta vez las frases tenían forma de poema oscuro: “Y los ríos se tornarán amargos, y la tierra fértil dará muerte en lugar de vida.
Entonces los ejércitos se alzarán, y las antiguas razas despertarán con rencor.
Los jóvenes, en su orgullo, serán el trigo de la siega, pues nadie detendrá la guadaña del destino.” Un silencio espeso llenó la habitación.
Ronan miró a Aedan, y en sus ojos había mezcla de preocupación y duda.
Ambos sabían que no podían incluir en un informe oficial algo que pareciera superstición, pero tampoco podían ignorar el peso de lo escuchado.
La anciana cerró el libro con un gesto solemne y los miró con seriedad.
—No vengo a engañarlos ni a asustarlos.
Pero deben entender que esto… lo que vivimos ahora… no es un simple brote, ni un mal pasajero.
Algo mucho más grande se está gestando.
Y esta ciudad… Norvald… no es un lugar seguro.
Debe evacuarse antes de que sea tarde.
Ronan bajó la mirada.
Parte de él quería creerla.
Otra parte recordaba la severidad de Keylor y sabía que basar decisiones en predicciones escritas era peligroso.
Finalmente respondió: —Hablaremos con nuestro general.
No prometemos nada, pero haremos llegar sus palabras.
Ella asintió con un gesto resignado, y luego añadió: —Solo les pediré algo… si han de partir hacia la capital, permítanme ir con ustedes.
Aquí ya no me siento segura.
Aedan, tras un instante de duda, dijo con voz firme: —Por nosotros no habría problema… pero la decisión la tomará el general Keylor.
Esta misma noche le tendremos una respuesta.
La anciana sonrió con gratitud, aunque sus ojos parecían reflejar la sombra de lo inevitable.
Mientras tanto, en el palacio de gobierno, el gobernador y el general Dareth habían sostenido varias discusiones desde temprano.
Ambos sabían que la situación empeoraba día tras día.
Finalmente, llegaron a un acuerdo: si en cuatro días no se hallaba solución, la ciudad sería evacuada.
El gobernador redactó con su propia mano una carta destinada al parlamento en la capital, explicando la gravedad del mal y solicitando recursos, protección y autorización para reubicar a los ciudadanos en una zona provisional cercana a la capital.
El pergamino fue sellado con cera roja y guardado en un cofre, a la espera de que un mensajero lo llevara en cuanto se diera la orden.
Horas después, al caer la tarde, todos los involucrados se reunieron en la sala de audiencias: el gobernador, los generales Keylor y Dareth, los sabios, los curanderos y los oficiales al mando de las patrullas.
Cada grupo presentó sus informes.
Los sabios concluyeron que el mal parecía provenir del extremo norte, y que sería necesario enviar una expedición para investigar tierras desconocidas.
La sola idea despertó murmullos y rostros tensos: nadie sabía qué esperar más allá de las fronteras.
Cuando llegó el turno de Aedan y Ronan, narraron con cautela la conversación con la anciana.
Hablaron del libro, de los fragmentos que parecían profecías, y del aire de verdad inquietante que había en sus palabras.
Aunque admitieron que podía sonar supersticioso, reconocieron que algo en lo escrito parecía ajustarse demasiado a lo que estaban viviendo.
Keylor escuchó en silencio, con el rostro endurecido.
Finalmente, tras unos segundos de reflexión, dijo: —Sea superstición o no, si las palabras de esa anciana los han inquietado, debemos al menos considerarlas.
Y si ella pide acompañarnos a la capital, no veo impedimento.
Viajará con los sabios y curanderos, en su carreta.
Ronan y Aedan intercambiaron una mirada: la decisión estaba tomada.
Ya entrada la noche, el gobernador se reunió en privado con Keylor y Dareth.
Los tres hombres, conscientes de la presión que enfrentaban, concluyeron que la evacuación debía iniciarse en cuatro días si nada cambiaba.
El gobernador entregó la carta ya redactada y pidió que fuese llevada al parlamento tan pronto se confirmara la orden.
En otra parte de la ciudad, Aedan volvió a la casa de la anciana y le transmitió la decisión.
—Se le permitirá acompañarnos —dijo con voz seria—.
Viajaremos pronto.
Prepárese.
Los ojos de la anciana brillaron con alivio.
Esa noche, sola en su casa, comenzó a preparar un bolso pequeño con lo esencial: unas pocas ropas, algunas hierbas medicinales y, por supuesto, el libro.
Afuera, en el establo improvisado, ensilló al caballo que aún conservaba tras haber vendido casi todas sus posesiones.
La anciana, ya con el caballo listo en el establo y el bolso preparado, regresó a su mesa.
Encendió una vela, abrió el pesado libro y lo giró hacia sí con el respeto de quien sostiene la voz de los siglos.
Sus dedos se detuvieron en un pasaje marcado con tinta más oscura que el resto, como si cada palabra hubiese sido grabada con fuego en la historia misma.
Su voz tembló apenas cuando comenzó a leer: “Y en los días de angustia, cuando la tierra clame y los cielos callen, el hombre levantará sus manos a aquellos a quienes llama dioses.
Y dirá: ‘Escuchadnos, vosotros que habitáis en lo alto, socorrednos, pues vuestras estatuas llenaron nuestros templos y vuestros nombres fueron puestos sobre nuestros hijos.’ Pero ellos no oirán, pues su corazón se volvió piedra y su orgullo más duro que el hierro.
Fueron grandes entre las razas, y los hombres los adoraron hasta olvidar su propia voz.
Mas al saberse venerados, se embriagaron de sí mismos, y el eco de su vanidad cerró sus oídos.
No hubo respuesta en sus altares, ni luz en sus cielos, pues no eran más que carne y polvo, aunque más antiguos y fuertes.” El fuego de la vela vaciló, proyectando en la pared las sombras de la anciana y del libro abierto, como si las palabras mismas hubiesen cobrado cuerpo.
Ella cerró los ojos un instante y se estremeció.
Sabía que aquella revelación no sería fácilmente aceptada por los hombres ni por los sabios, pero también sabía que estaba escrita mucho antes de que ella respirara, mucho antes de que las ciudades fueran fundadas.
Cerró el tomo con lentitud y lo abrazó contra su pecho.
En la penumbra de su casa, mientras el caballo resoplaba afuera, la anciana comprendió que el verdadero peso de esas palabras aún estaba por revelarse, y que quizá, en el camino hacia la capital, el libro sería tanto guía como condena.
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