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Ecos del reino - El inicio al descenso - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 2 - Los pasos del deber
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2: 2 – Los pasos del deber 2: 2 – Los pasos del deber La mañana en Eryndor comenzaba con el repicar de las campanas en las torres.

El olor a pan recién horneado llenaba las calles, y el bullicio de comerciantes instalando sus puestos se mezclaba con el sonido metálico de espadas entrenando en los patios de los cuarteles.

Para la mayoría de los ciudadanos era un día más; para Aedan, Ronan y Lyanna, era el inicio de algo distinto.

Esa jornada habían sido convocados para presentarse en los patios de instrucción de la Guardia Real, donde se aplicarían las pruebas de aptitud y resistencia para los nuevos reclutas.

No significaba aún convertirse en soldados, pero sí el primer paso para ingresar al servicio de la Corona.

La familia de Lyanna La casa de los Drevan, la familia de Lyanna, se levantaba en uno de los barrios altos de la ciudad, donde vivían militares retirados, burócratas y comerciantes prósperos.

Era una construcción de piedra firme, con un pequeño jardín interior y una biblioteca que mostraba el estatus de su padre.

Su padre, Lord Caled Drevan, era un militar con rango de comandante, respetado por su disciplina y sus campañas en las fronteras, aunque hacía años que no veía una verdadera guerra.

Su rango le daba influencia en la ciudad, pero no al punto de codearse con la nobleza más alta.

Su hermano mayor, Marcus, seguía la tradición familiar: un soldado aplicado, aunque todavía lejos del rango de su padre.

El segundo, Julian, se dedicaba a la política en los círculos menores del consejo de la ciudad, y el tercero, Darius, comerciaba con telas y especias.

Lyanna, la cuarta y única hija, había crecido rodeada de expectativas y vigilancia.

Aquella mañana, mientras se ajustaba la correa de cuero en su pecho, su padre la observaba desde la galería.

Lord Caled: —Hoy no serás solo mi hija, Lyanna.

Hoy estarás frente a los ojos de la Corona.

No olvides quién eres ni de dónde vienes.

Lyanna: —Lo sé, padre.

Pero no necesito tu nombre para pasar las pruebas.

El hombre la miró con seriedad, y tras un largo silencio, asintió.

Lord Caled: —Lo sé.

Pero mi nombre abrirá la puerta; lo demás dependerá de ti.

Lyanna bajó la mirada.

Sus hermanos la observaban en silencio, cada uno con su opinión.

Marcus le dedicó una sonrisa breve, mezcla de orgullo y advertencia.

Julian, siempre cínico, murmuró: Julian: —Ya veremos si la Corona está lista para una Drevan con más lengua que espada.

Lyanna: —La Corona siempre necesita más cerebro que lengua, hermano.

La tensión se disipó con una carcajada de Darius.

Lyanna tomó su espada de práctica y salió, ignorando el murmullo de orgullo y duda que quedaba atrás.

La familia de Aedan A pocos barrios de allí, en una zona más humilde, vivía la familia de Aedan.

Su padre, Thoren Valem, era un comerciante de cerámica y alfarería.

No tenía rango militar ni conexiones en el consejo, pero era un hombre trabajador y honesto.

Su madre, Selene, gestionaba la tienda familiar y mantenía un orden firme en la casa.

Aedan tenía dos hermanos: el mayor, Edrik, que ayudaba en el taller y estaba destinado a heredar el negocio, y una hermana pequeña, Mira, que apenas tenía ocho años y seguía a Aedan como su sombra.

Esa mañana, mientras se ajustaba la túnica y practicaba con una espada de madera, Mira lo observaba con ojos brillantes.

Mira: —¿De verdad te van a dejar luchar con una espada de verdad hoy?

Aedan: —No todavía, pequeña.

Primero debo demostrar que puedo correr, resistir, pensar rápido… después vendrán las espadas de verdad.

Mira: —Pero tú ya eres fuerte.

Siempre ganas cuando peleas con Ronan.

Thoren: (interviniendo desde la mesa) —La fuerza no basta, Mira.

Un soldado debe tener disciplina, y eso aún es lo que tu hermano debe aprender.

Aedan asintió, aunque sus ojos reflejaban un brillo de ambición.

Aedan: —Lo aprenderé, padre.

Y no seré solo un soldado.

Seré alguien de quien puedan hablar con orgullo en toda la ciudad.

Su padre lo miró con mezcla de orgullo y temor, como quien sabe que los sueños grandes traen riesgos grandes.

La familia de Ronan En otra calle, más cerca del puerto, vivía la familia de Ronan.

Su padre, Gareth Hailen, era sastre de alta costura, proveedor de ropajes para burócratas y oficiales menores.

Su madre, Maela, administraba el taller con precisión.

Su vida giraba en torno a telas, agujas y encargos.

Ronan tenía dos hermanas: Alenna, la mayor, que ya ayudaba en el taller familiar y soñaba con abrir su propia tienda algún día, y Ciria, menor que él, que prefería pasar los días en los muelles mirando los barcos partir.

Mientras Ronan ajustaba una vieja espada de madera, su padre lo observaba con desaprobación.

Gareth: —No entiendo tu empeño.

Aquí tienes un oficio seguro.

Las guerras son cosa del pasado, Ronan.

Los que visten los uniformes de la Corona solo marchan en desfiles.

Ronan: —Quizá hoy, padre.

Pero mañana… ¿quién sabe?

Además, yo no quiero quedarme entre agujas e hilos.

Quiero un nombre.

Quiero que me recuerden.

Maela: —Recuerda que un nombre también puede traer desgracias.

Ronan sonrió con esa arrogancia juvenil que lo caracterizaba.

Ronan: —O gloria.

Y yo prefiero arriesgarme a caer en desgracia que vivir una vida sin gloria.

Su madre suspiró, mientras su hermana menor reía por lo bajo.

Las pruebas El patio de instrucción frente al cuartel mayor estaba lleno de jóvenes.

Algunos venían de familias militares, otros de artesanos y comerciantes.

Había nervios, risas y competitividad en el aire.

Oficiales con armaduras pulidas caminaban entre ellos, observándolos como si midieran su valor solo con la mirada.

Los tres amigos se encontraron junto a la entrada.

Ronan: —Bueno, ¿listos para que Ronan, el indomable, deje a todos en vergüenza?

Lyanna: —Si corres como hablas, caerás antes de llegar a la primera prueba.

Aedan: —Concéntrense.

Esto es serio.

Una vez que entremos, no seremos hijos de nuestras familias.

Seremos solo nombres en una lista.

Un capitán de la guardia los llamó a filas.

Las pruebas comenzaron con resistencia: correr vueltas al patio cargando sacos de arena, luego subir muros de madera, sostener armas pesadas durante minutos sin descanso.

Algunos cayeron exhaustos, otros fingieron heridas.

Aedan resistió con determinación férrea, Ronan con un arrojo temerario, y Lyanna con inteligencia, dosificando su energía.

Después vino la parte mental: preguntas de estrategia básica, reconocimiento de símbolos y órdenes simples bajo presión.

Aquí Lyanna brilló, respondiendo con calma.

Ronan casi falla una orden por responder impulsivamente, y Aedan, aunque nervioso, cumplió con precisión.

Un sargento mayor, de cicatriz en la mejilla, los observó atentamente.

Sargento: —Tres jóvenes distintos… uno cabeza dura, otro con cabeza fría, y uno que aún no decide qué lo guía.

Será interesante verlos crecer.

Al final del día Cansados, con las manos temblando y la ropa empapada en sudor, salieron del cuartel mientras la tarde caía.

La ciudad seguía su vida como si nada, indiferente a la ambición de cientos de jóvenes que habían sudado por un lugar en la guardia.

Ronan: —¡Lo ven!

Lo hice mejor que todos.

Estoy seguro de que me llamarán primero.

Lyanna: —Claro, Ronan.

Primero para limpiar las letrinas.

Aedan: —Sea como sea, lo importante es que lo logramos.

Estamos en el camino.

Caminaron juntos hacia el centro de la ciudad, exhaustos pero llenos de un extraño orgullo.

Afuera, la vida cotidiana continuaba: los comerciantes cerraban sus puestos, las campanas sonaban a lo lejos, y los templos alzaban incienso hacia el cielo.

Aún no sabían cuándo serían llamados para servir, ni qué destino les esperaba.

Solo sabían que habían dado el primer paso, y que sus vidas ya no eran solo suyas, sino parte del latido del Reino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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